3 de octubre 2005 - 00:00

Se van 4 valiosas obras que el Malba no puede mantener

«Agua» (1939), pintura irrecuperable del chileno Matta, de la mejor época y la más buscada,es una de las 4 obras de las que se desprenderá el Malba.
«Agua» (1939), pintura irrecuperable del chileno Matta, de la mejor época y la más buscada, es una de las 4 obras de las que se desprenderá el Malba.
El arte se la pasa celebrando. La semana pasada, una interminable seguidilla de vernissages culminó con «La noche de los museos», que mantuvieron sus puertas abiertas para recibir a miles de personas. Propicia para los tiempos electorales, la bien organizada fiesta dedicada al arte de Buenos Aires, tornó olvidables -al menos, por unos días-, las falencias que padecen algunos museos y sus variados problemas crónicos, como los del Colón.

Luego, tanto la abundancia de premios que -también la semana pasada- otorgó la Asociación de Críticos de Arte, como la apertura de los talleres de la Beca Kuitca en la Universidad de Buenos Aires, que deparó un sorprendente encuentro con el talento de los jóvenes artistas, capaces de demostrar su elevado nivel de excelencia, contribuyeron a incrementar el clima.

Sin embargo, la Argentina es tierra de paradojas. En medio de la fiesta, la plana mayor del Malba, Eduardo Costantini y su hijo Eduardo, los miembros del Consejo Consultivo, Juan Cambiaso y Ricardo Grüneisen, el curador en jefe del Malba, Marcelo Pacheco, el presidente de la Asociación Amigos, Alex Oxenford, y su jefa de prensa, Elizabeth Imas, convocaron a un grupo de críticos de arte para anunciar que van a radicar de modo definitivo en el país 42 obras adquiridas en el exterior, e importadas de modo temporario hasta la fecha. Pero el costo no es bajo.

«Dada la magnitud del impuesto a tributar, 2,5 millones de dólares»
(pues el arte paga 10,5 de IVA como cualquier mercadería), «se optó por vender cuatro obras del patrimonio», anunció Costantini. Es decir, en noviembre se van de la Argentina -que ya perdió uno de los más ricos patrimonios del mundo de pintura europea e impresionista-, un Joaquín Torres García constructivista, dos excelentes obras de los brasileños Emiliano Di Cavalcanti y Maria Martins, «Agua» (1939), una pintura irrecuperable del chileno Matta, de la mejor época y la más buscada, cuando el surrealista ejercía su influencia en la Escuela de Nueva York.

Lo grave del tema es que estas cuatro obras integran la colección pública más importante de arte latinoamericano que existen en el mundo, cuya mayor virtud, más allá de su gestión modelo, es haber convertido a Buenos Aires en ciudad insoslayable para el circuito cada vez más amplio que gira en derredor.

Se debe aclarar que hasta fines de la década del 70, el arte latinoamericano estuvo excluido de la «historia oficial del arte», y que recién ahora comienza a ocupar el lugar que merece. El núcleo de la colección Costantini se formó al ritmo de la integración y el despertar económico de la región, cuando el arte latinoamericano -que aún no ha llegado a su techo-, no tenía soporte teórico ni suscitaba el interés que ahora lo sustenta.

Hoy, desaparecido el prejuicio que lo consideraba una continuación tardía del arte europeo o un exotismo, lo reclaman desde las plataformas académicas. Un buen ejemplo es Mari Carmen Ramírez, curadora del poderoso Museo de Houston, que este año vino a arteBA con algunos miembros de su board y compró la obra de Xul Solar que ilustra la tapa del Museo dedicado al artista argentino, que ahora integra una colección de EE.UU.

Dada la trascendencia de la obra, cabe cuestionar si ese
Xul Solar no formaba parte de nuestro patrimonio, y con qué criterio la Secretaría de Cultura aprobó su exportación. Entonces, ¿la salida de las obra de Matta, Torres García, Di Cavalcanti y Martins será igual de fácil? ¿Es que sólo las volutas de los palacios de principios de siglo se consideran bienes patrimoniales, ya que esa bendición implica una reducción impositiva?

Durante la reunión en el Malba, que sostiene la calidad pese al déficit de 1,8 millón de dólares anuales, se tocaron éstos y otros temas.
Costanti ni señaló que, «para que la venta (y el monto) sea transparente, las obras se subastarán en Sotheby's de Nueva York». Confirmó además el destino público del Malba, pues él y sus herederos firmaron que en el caso de disolverse la Fundación que preside y lleva su nombre, el Museo pasará a formar parte de los bienes del Estado.

Consultado sobre cuál fue la cifra que tuvo que «donar» obligatoriamente al Gobierno de la Ciudad para poder cometer el pecado de abrir el Malba, contestó:
«600.000 dólares». Pacheco no ocultó que las obras que se van son importantes, pero aclaró resignado: «Es un tema muy discutido dentro de Malba y decidido, y en proceso. Todos lo sentimos mucho».

Nadie puede pedir que se deroguen los impuestos a las importaciones de arte, dada la situación económica del país, pero cuando se trata de colecciones públicas, la falta de una política cultural que las resguarde, es alarmante. Sobre todo, porque la Secretaría de Cultura apuesta a convertir la sede del Correo Central en un gran museo, y nadie sabe con qué contenido, mientras prepara las celebraciones del Bicentenario.

Como sostenía
Tristán Tzara, el mundo del arte es una réplica en pequeña escala del poder real, el de la política. Y hasta aquí la fiesta. Porque la política fiscal sirve para alentar o desalentar y la ecuación es simple: si la importación de arte tributa y la exportación es libre, a mediano o largo plazo la balanza determinará el vaciamiento de nuestro patrimonio.

Por otro lado, se debe tener en cuenta que este tributo traba proyectos de colecciones públicas como la de
Amalia Fortabat, que tiene sus tesoros todavía en Nueva York, entre otros que no trascienden, pero que ya tienen ya su bien ganada fama internacional.

Oxenford
cuestionó el escaso espíritu filantrópico argentino con palabras que bien podría haber inspirado Ezequiel Martínez Estrada, cuando radiografiaba nuestra sociedad y atribuía esta carencia a la intención de los « colonizadores, que venían a conseguir dinero(...) a colectar y a partir». Pero nunca como en esta nueva sociedad global, los dichos de Martínez Estrada, («No procuró la grandeza de un país que desconocía y despreciaba, al que jamás había amado y al que miraba con rencor»), habían estado tan vigentes.

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