"Sería maravilloso que Hitler fuera un alien"

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Tras el éxito de público y crítica de «Soldados de Salamina», Javier Cercas vuelve con «La velocidad de la luz», en donde el escritor refuta el mensaje «esperanzador» de su obra anterior y se sumerge en el mal que anida en el corazón humano y en su «infinita capacidad de hacer daño». «La velocidad de la luz» es una historia de amistad entre un joven novelista en ciernes y un enigmático criminal de guerra en la que se mezclan el horror, la estupidez del éxito y la culpa.

Periodista
: ¿Le incomoda que su nueva novela se lea en función de «Soldados de Salamina»?

Javier Cercas: Es inevitable, pero no me parece que sea negativo para el lector. «La velocidad de la luz» tiene y no tiene que ver, al mismo tiempo, con «Soldados de Salamina». Pero también hay elementos de todas mis novelas anteriores.


P.
: En ambas novelas hay una guerra en segundo plano, en la cual el narrador no participa pero que le plantea un problema de orden moral.

J.C.: Tienen elementos comunes, pero el fondo es opuesto. Esta historia me perseguía desde hace muchísimo, desde que estuve en Estados Unidos. Intenté narrarla más de una vez sin resultado. Cuando acabé «Salamina» escribí un primer esbozo, no de esta novela, sino de una historia similar. Después cristalizó de manera muy diferente. No creo que hubiera podido escribirla sin el antecedente de «Salamina» y «El vientre de la ballena». Me he dado cuenta que mis novelas son continuaciones y al tiempo refutaciones de libros anteriores.


P.
: ¿Y aquí qué refuta?

J.C.: En «Salamina» hablaba de que hasta en las situaciones más extremas siempre hay alguien capaz de ser generoso y compasivo. Es una novela esperanzada. Esta es el reverso pesimista, hablo de cómo personas aparentemente generosas, inteligentes e incluso amables son capaces, dadas determinadas circunstancias, de convertirse en monstruos. Rodney, el personaje del veterano, es un tipo normal que se convierte en un monstruo. O la guerra lo convierte en un monstruo. El narrador, en tanto, se vuelve un cretino. Esa diferencia la marca el poema de Bachmann del epígrafe: «El mal, no los errores, perdura». Los errores son perdonables, son cortes de navaja que con el tiempo cicatrizan. El mal es una herida que se reabre cada noche y no se cura. Comprender esta diferencia es lo que salva al narrador.

P.: La novela se lee con fruición, pero al final deja al lector en un profundo desasosiego.

J.C.: Me gustan esas novelas que dejan desconcertado y hay que volver a leer. Esas novelas fáciles de leer y difíciles de entender, como dice Kundera, son mi ideal estético. En la diferencia que plantea está la clave. Comprender y justificar son cosas distintas. Tenemos el deber de comprender a Hitler, el deber de entender que también era un ser humano. Si yo presento a Sánchez Mazas como a un tipo normal y desvalido, perdido en el bosque, nada tiene que ver con la justificación de su ideología. Rodney es una persona normal y corriente, que podría ser un amigo, sin embargo, en un momento determinado se convierte en un monstruo. Está en su naturaleza como está dentro de todos. La única manera de combatir al enemigo es comprendiéndolo, esto vale también para el enemigo que llevamos dentro. Cuando escribía esta novela pensaba en «Lord Jim». El narrador de Conrad reconoce a ese muchacho generoso e idealista como «uno de los nuestros». Sin embargo Lord Jim comete un error atroz para un piloto, abandona el barco y aquí entra en juego el mal, la monstruosidad. Toda la novela intenta purgar esa falta; al final no lo logra.


P.
: Se trata de una cuestión moral, como en su novela...

J.C.: Entender que todos podemos llegar a cometer barbaridades no significa en absoluto justificar al asesino. Se trata de comprender cómo funciona la naturaleza humana. Sería maravilloso que Hitler y su camarilla de paranoicos fueran extraterrestres, aliens, porque estaríamos salvados. Pero no es posible. La enfermedad, como dijo un poeta de la posguerra, no estaba en Alemania, estaba en el alma.


P.:
¿Por qué Vietnam?

J.C.: Yo no voy a Vietnam, es Vietnam que viene a mí. Cuando viví en los Estados Unidos, como el narrador, tuve un compañero de despacho que había estado en Vietnam. Trabé amistad con él y siempre me intrigó su reticencia a hablar sobre la guerra.

P.: ¿Le ha envilecido el éxito como al narrador?

J.C.: El narrador vive más el éxito como catástrofe que como bendición. Mi experiencia es opuesta. Aquí me pregunto qué hubiera pasado si hubiese caído en la tentación de creerme alguien. Cuando se pierde de vista que el éxito es obra del azar y no del méritose está acabado, uno se vuelve un cretino.


P.:
«La velocidad de la luz» se puede leer también como una novela de iniciación.

J.C.: Es una novela de formación en el sentido alemán del Bildungsroman. Casi todas mis novelas implican una maduración. Me interesa mucho esa tradición de la novela de iniciación que arranca en el siglo XIX. El narrador de mi novela descubre que el único asidero que queda es la literatura.


P.
: En última instancia usted narra el proceso de la escritura.

J.C.: Creo que lo hacen todos los escritores, pero mi caso es más visible. Al final me doy cuenta que lo que escribo son novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas.

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