Actuación de Soledad. Con J. Calcaterra, A. Arauco, J. López (guitarras), S. López (percusión), A. Trappanoto (batería), J. Castelli (acordeón), P. Santos (bajo, dir. musical), E. Spinassi (piano). Participación especial de N. Pastorutti. Invitados: F. Saravia, L. Pereyra y M. Sosa. (Gran Rex; 7 y 8 de octubre; repite 3/11.)
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Soledad Pastorutti ya no necesita dar exámenes. Ha superado las críticas, ha soportado sus cambios de rumbo -el más fallido, fue aquel que la llevó a grabar a los Estados Unidos bajo las órdenes de Emilio Estefan-, y ha terminado por forjarse un público propio. Ese público de hoy, más parecido al de «Chiquititas» que al de las peñas folklóricas, tiene muchos puntos de contacto con el de cualquier baladista latino.
Y sus clubes de fans cubren bulliciosamente las primeras filas de platea, llenan de papelitos las butacas y los pasillos como en un partido de fútbol y conocen cada una de las canciones del repertorio, aún aquellas que no han sido grabadas. Soledad ya no es una joven promesa. Con diez años de historia pública sobre sus espaldas, se ha transformado en una mujer -cuyo futuro casamiento tiene destino de televisión- que ha crecido muchísimo como cantante en el aspecto técnico, y que ha decidido hacer pie en el estilo que la hizo popular en sus comienzos.
Estos conciertos de festejo por el décimo aniversario, y sin disco nuevo por presentar, están planteando una suerte de popurrí personal. Y en esa mezcla -distinta para cada show- conviven las canciones folklóricas, los temas latinoamericanos y las baladas pop. El objetivo es repasar la historia.
Entonces, no importa esa combinación aparentemente caótica -como la versión de la «Chacarera de un triste» de Yupanqui pegada a dos temas mexicanos acompañados por mariachis-, ni que varias zambas, chacareras y huaynos se entreguen en «mixes» que contradicen la lógica coreográfica, ni que su banda y su propio modo de interpretar conserven un estilo «combativo», todo fuerte, rápido, intenso, aun en canciones que requerirían algo de tranquilidad.
La santafesina se adueña del escenario desde el primer acorde y no lo suelta hasta el final, con brindis de festejo incluido. En el ínterin pasan su hermana Natalia, permanente invitada de lujo; también crecida y muy seductora; una orquesta de mariachis no amplificada y, por lo tanto, más escenográfica que musical, los cantantes Facundo Saravia y Luciano Pereyra o un video, compartido desde el vivo, de Mercedes Sosa, y una introspectiva e impecable versión de la «Canción del jangadero».
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