17 de julio 2001 - 00:00

"Soy español, o sea, trágico y cómico"

Eduardo Arroyo
Eduardo Arroyo
(16/07/2001) En la década del cincuenta, el madrileño Eduardo Arroyo (1937) trabajaba en un diario y quería ser escritor. Le atraía el estilo Hemingway. Hoy es una de las más importantes figuras del escenario artístico internacional. Su historia, como la de muchos, es la de aquellos que durante el franquismo eligieron el exilio.

«La mía es una generación que se fue. La clase obrera partió por problemas económicos y los intelectuales porque la situación política era sofocante»
, dice Arroyo y da por finalizado este tema.

Refugiado en París durante años, conoció a Antonio Berni y se hizo amigo de Rómulo Macció, Antonio Seguí y Alberto Grecco. Este es su primer viaje a la Argentina. Llegó para hablar de su obra en el marco de la muestra «De Picasso a Barceló», que se exhibe en estos días en el Museo de Bellas Artes.

En su pintura de grandes planos, los volúmenes no son el producto de la sombra y la perspectiva, sino de una composición virtuosa. La obra es simple y rotunda. Un negro mantón de Manila que se recorta sobre un plano de luz domina el cuadro, sobre esa superficie, apenas unos pocos destellos de color expresan toda la vivacidad de España.

Periodista: ¿Qué implica para usted ver su obra en el contexto de este siglo del arte español que estuvo disgregado durante años por razones políticas?


Eduardo Arroyo
: Siento que todo esto es posible por el cambio político de España, porque desde principios del siglo muchos artistas se fueron del país. Antes de esta muestra hubo algunos intentos de reunirlos. Primero, los italianos expusieron «España libre», y en 1976, «Vanguardia artística y realidad social» que se exhibió en la Bienal de Venecia. Luego, en el Gran Palais se presentó «El siglo de Picasso». Pero ésta es la primera muestra que sale de España, cuando creo que el país está maduro para hacer un balance. Además, cuenta con el patrimonio del Museo Reina Sofía que pudo mandar más de 100 obras, la exportación más importante que ha hecho nunca. Muchas de mis obras tempranas están fuera del país, algunas se han recuperado, pero es recién a partir de los años ochenta que mi trabajo está bien representado en España.

P.: ¿Por qué lo arrestaron en Valencia?

E.A.: Nada, un arresto. Lo he superado totalmente. Me siento integrado a la vida española y ese fue un episodio provocado por la situación política de esa época. Mucha gente ha estado dispersa, como ha ocurrido con la Argentina. Pero el exilio ha pasado al olvido.

• Reacción

P.: ¿El pop español tuvo características especiales?

E.A.:
Es un equívoco llamar pop a mi pintura, debido a que los críticos tienden a simplificar. Mi obra surge como una reacción a esa abstracción tan rigurosa que se hacía en Francia. Rechazaba el informalismo del mismo modo que los norteamericanos la pintura de acción y por eso nació el pop art. Como los ingleses, que hicieron un arte ligado al pop musical, a los Beatles. Pero lo mío era una pintura figurativa. En los años sesenta, con los argentinos como Macció, Lea Lubling o Seguí, estábamos en París en la misma trinchera, no nos interesaba la abstracción.

P.: Pero usted ganó fama con el contenido político de su arte.


E.A.:
Bueno, hasta una cierta época. Estaba obsesionado con la situación de España. Los pintores de diferentes nacionalidades estábamos en París muy politizados, cargados de ideología, éramos combativos y radicales. Yo no he cambiado, pero a partir de cierto momento comencé a hacer una pintura más subjetiva.

P.: ¿Con humor?

E.A.:
Más bien creo que soy el producto de la cultura española, donde se mezcla la tragedia con la comedia. Esto finalmente se refleja en la obra.

P.: ¿Por qué los críticos al hablar de «C a r m e n Amaya friendo sardinas en el Waldorf Astoria», la pintura que ahora se exhibe en Buenos Aires, opinan que usted le brinda jerarquía artística a la anécdota o al relato que cuenta el cuadro?


E.A.:
Cuando el Waldorf Astoria era un hotel de lujo, Carmen Amaya y los que la acompañaban freían sardinas porque no les gustaba la cocina internacional. Los he visto cocinar en el pasillo. Y yo he sufrido mucho la querella entre forma y contenido, aquello de que la pintura debe ser sólo pintura, que no debe ser literaria y no puede contar una anécdota. Creo que no hay reglas, que cada uno tiene derecho a hacer lo que quiere. Sucede que siempre hubo interés de destronar a la pintura, desde Duchamp.

P.: ¿Por qué se la considera una antigüedad?

E.A.:
Muchos lo creen así y cada tanto se decreta el fin de la pintura. Pero esa «cosa» que alguien desde hace siglos crea con una tela, un bastidor, unos pigmentos y un poco de aceite, todavía existe. La muerte no ha llegado nunca. Y yo me considero un pintor. Simplemente. Estoy situado en esa batalla y nadie me va a quitar de allí.

• Cambios

P.: ¿Percibe en los artistas de las nuevas generaciones un nuevo interés por el arte político?

E.A.:
Veo el deseo de la gente joven de interesarse por lo social. Lo hacen con medios que les son propios, con intervenciones, instalaciones, a través de Internet, videos y nuevas tecnologías que no forman parte de mi vida. Pero es positivo, porque estamos viviendo cambios asombrosos y es necesario cuestionarlos.

P.: ¿Es verdad que al rey Juan Carlos le gusta mucho el arte?


E.A.:
No formo parte del entorno del rey, pero he estado a menudo con él y creo que le interesa mucho la pintura. El arte ejerce sobre él cierta fascinación. Esa cosa tan misteriosa, tan extraña y algunas veces incomprensible que es el arte, despierta su curiosidad. Este mundo que pocos entienden cómo funciona es una incógnita interesante para el rey.

P.: Dicen que su primer amor fue la literatura.


E.A.:
Sí. Yo quería escribir y esa influencia llegó justamente desde la Argentina. Nosotros leíamos los libros «Faulkner» o «Dos Passos» que llegaban de la Editorial Losada, los pasábamos de mano en mano porque estaba prohibido leer en España. Hemingway había ingresado en el «Toronto Star» y todos queríamos escribir en un periódico, pensábamos que era la única manera de ser escritor. Así escribí sobre deportes y todas esas locuras. Luego, como dibujaba muy bien me di cuenta que quería ser pintor. Sin embargo, el mundo del libro es lo que más me interesa, y lo cierto es que paso más tiempo en las librerías que en los museos. Por eso quiero quedarme un tiempo más en Buenos Aires, para recorrer sus librerías.

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