A primera vista, “Los músicos” (“Les musiciens”) podría confundirse con una película “sobre música”, categoría peligrosa que suele derivar en solemnidad, frases inspiradoras o fábulas de superación que descubren genios ocultos. Sin embargo, el realizador Grégory Magne soslaya los lugares comunes con lucidez y transforma su film en una metáfora del deseo —y, lo más atractivo, en la puesta en escena de ese deseo ejercido como poder. Su película no trata de la música como “elevación espiritual” sino como campo de batalla, un espacio donde chocan egos, herencias, aspiraciones mal resueltas, y una pregunta que atraviesa todo el relato: ¿qué significa “escuchar” hoy, en el sentido más musical y psicoanalítico del término?
Stradivarius, Instagram y el ruido del presente
En "Los músicos", Grégory Magne enfrenta tradición y actualidad sin solemnidad, y convierte el ensayo de un cuarteto en una comedia sobre egos, deseo y visibilidad
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Valérie Donzelli y Frédéric Pierrot en "Los músicos", de Grégory Magne
El disparador es elegante y explosivo. Astrid (Valérie Donzelli), hija de un poderoso industrial fallecido, compra en una subasta un cello Stradivarius por una suma elevadísima, pese a la oposición del directorio de la empresa y de su propio hermano, gerente racional y guardián presupuestario.
El gesto de ella responde a la voluntad paterna: completar un cuarteto de cuerdas con el instrumento a subastarse y los tres Stradivarius —dos violines y una viola— que el padre había reunido obsesivamente a lo largo de los años. Ni siquiera el propio lutier, Antonio Stradivari, llegó a escuchar en vida ese cuarteto.
El hermano introduce un dato que traduce el conflicto a un idioma menos lírico: revela haber recibido una oferta de Taiwán por los instrumentos, una operación que permitiría a la empresa invertir en vialidad, el único rubro que le interesa porque promete un tipo de circulación más confiable que el arte. Ella le retruca que el concierto que planea, a ser transmitido en directo desde una iglesia de Reims —también la preferida de su padre, por su acústica—, dejará un rédito enorme en regalías. La música aparece así ligada al capital, a la herencia y a una forma de poder que sigue operando después de la muerte.
Astrid convoca a tres músicos excepcionales, también elegidos previamente por su padre: el primer violín George (Mathieu Spinosi), cuyo ego desafía tempestades; el segundo, Peter (Daniel Garlitsky), que es ciego, y más moderado, y Lise (Marie Vialle), cellista de fama no menos mundial que la de sus compañeros, y portadora de sus propios traumas personales.
La cuarta integrante, elegida por la propia Astrid, rompe la lógica del conjunto: Apolline (Emma Ravier), una joven violista talentosa, pero sin los antecedentes de elite de los otros, una diferencia no sólo de cucardas sino también cultural. Ella tiene 700 mil seguidores en Instagram y no ve contradicción alguna entre su virtuosismo artístico y subir fotos eróticas mientras habla de su carrera. Ese dato, lejos de ser anecdótico, desata una de las varias tensiones del film.
Los ensayos del cuarteto son todo menos armónicos: la excelencia individual no garantiza la convivencia sonora. Charlie Beaumont (Frédéric Pierrot), el compositor del cuarteto que va a estrenarse en esa iglesia, lo resume con una frase que funciona como axioma: “Cuatro excelentes músicos no forman un excelente cuarteto. Tu padre los eligió —le dice a Astrid— como si formara un equipo de fútbol”.
Messiaen como inspirador
Beaumont, personaje ficcional aunque claramente inspirado en Olivier Messiaen, compositor del "Cuarteto para el fin de los tiempos", vive recluido en el campo, registrando con un micrófono —como hacía Messiaen— los sonidos de los pájaros, y recurriendo casi siempre a metáforas ornitológicas. Pero, como le confiesa a Astrid luego de que ella logra romper su reclusión y convocarlo para los caóticos ensayos, compuso ese cuarteto décadas atrás y ya no le gusta ni se reconoce en él.
Una de las discusiones más interesantes del film enfrenta a Beaumont con George. El tema: Vivaldi. El violinista no puede creer que un compositor como Beaumont admire la gastadísima “Las cuatro estaciones”. Beaumont defiende su técnica de composición, pero añade que debe ser interpretada en instrumentos originales, con cuerdas de tripa; George, en cambio, defiende los modernos. Para uno, cada música exige su materialidad histórica; para el otro, el sonido debe actualizarse. No se trata de un debate musicológico, sino generacional y político: ¿escuchamos el pasado con un oído que ya no poseemos o lo forzamos a hablar en presente, sumidos como estamos en el ruido de las grandes urbes, las autopistas, los aviones?
Pero, como se dijo antes, el circuito del deseo es el auténtico sostén de la película. Y en varios niveles. Peter mantiene una relación rota —artística y amorosa— con Lise. Cuando se separaron, èl abandonó el conjunto que formaba con ella para irse a tocar en la Filarmónica de Viena. Ahora sigue enamorado, pero ella no lo perdona. La ceguera funciona como ironía silenciosa: es quien mejor escucha, pero quien más tarda en comprender el daño que causó.
Más explícita es la violencia de George, quien arma un escándalo contra Apolline por sus fotos en las redes sociales. Su furia se disfraza de purismo artístico, pero el film no tarda en dejarlo en evidencia: lo que le molesta no es la sexualidad, sino perder el control simbólico sobre quién tiene derecho a representar la música “seria”, y bajo qué condiciones de decoro visual. Así, él mismo, que se niega a compartir una selfie, terminará aceptando, halagado, que su propia imagen circule junto a la de ella. También él quiere ser mirado, además de escuchado. El deseo, inclusive en la versión moderna que él tanto defiende, rara vez respeta los principios estéticos que se declaman.
En ese punto, “Los músicos” se revela como lo que realmente es: una comedia con música donde nadie queda a salvo. Ni los genios, ni los herederos, ni los defensores del pasado, ni las influencers del presente. Ni siquiera el “gran padre” ausente fue un mecenas puro: su amor por la música estuvo atravesado por otra pasión que Astrid descubre tardíamente, mientras administra con inocencia ese deseo desplazado, heredado, nunca dicho. El deseo, parece sostener el guión, es siempre el deseo del otro.
Beaumont aporta las frases más lúcidas del film. “Hice música para liberarme de lo pesado del lenguaje”, confiesa también a la manera lacaniana. Magne filma con contención, sin subrayados ni épicas falsas. Tampoco hay mímica en las ejecuciones de los instrumentos: los actores son músicos profesionales.
Visto en perspectiva, “Los músicos” prolonga una preocupación constante en el cine de su director: la de los oficios invisibles, esos trabajos que consisten menos en producir que en intermediar. En “Perfumes” era el olfato —un sentido todavía más abstracto que el oído— el que organizaba una relación de transmisión y aprendizaje; allí también había una figura experta, huraña, enfrentada a un mundo que ya no sabía cómo percibir. En “L’air de la mer rend libre”, el sonido del viento y del mar funcionaba como promesa de liberación y, a la vez, como engaño: escuchar no garantizaba huir. “Los músicos” retoma esa intuición y la vuelve más cruel: escuchar no redime, pero compromete.
Magne filma siempre cuerpos que intentan ajustarse a una sensibilidad que no controlan del todo. Aquí, la música no es refugio ni consuelo, sino un dispositivo que expone deseos desplazados. El oído —como antes el olfato— aparece como un sentido político: define quién manda, quién interpreta, quién queda fuera. Por eso “Los músicos” no es una película sobre la armonía sino sobre su imposibilidad, y sobre la obstinación humana en seguir tocando aun cuando el acuerdo sea frágil. Escuchar al otro no es una virtud moral, es un riesgo.
“Los músicos” (“Les musiciens”, Francia, 2025). Dir.: Grégory Magne. Int.: Valérie Donzelli, Frédéric Pierrot, Mathieu Spinosi. Producción: Pierre-Louis Garnon, Frédéric Jouve.




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