16 de agosto 2005 - 00:00

Sturua aligera de ideología a Brecht

Fabián Vena es un astuto y sensual Ui (un Hitler en ciernes), pero nunca llega a convertirse en el monstruo que dice ser; y Roberto Carnaghi brinda una de las mejores actuaciones de esta aligerada versión de la obra de Brecht.
Fabián Vena es un astuto y sensual Ui (un Hitler en ciernes), pero nunca llega a convertirse en el monstruo que dice ser; y Roberto Carnaghi brinda una de las mejores actuaciones de esta aligerada versión de la obra de Brecht.
«La resistible ascensión de Arturo Ui» de B. Brecht. Dramaturgia y Dir.: R. Sturua. Int.: Int.: F. Vena, R. Carnaghi,R. Díaz Mourelle, J.P. Reguerraz, T. Lestingi y elenco. Mús.: Hans-Dieter Hosalla y G. Kancheli. Ilum.: A. Le Roux. Vest.: A. Gumá. Esc.: N.Laino. (Sala Martín Coronado TGSM.)

De los tres «Hitler» que pasaron por la Martín Coronado éste es, sin duda, el más sensual, pero también el menos feroz. Una impresión que se acrecienta cuando se lo compara con dos extraordinarios antecedentes: la composición del alemán Martín Wüttke, que pudo verse en el primer Festival Internacional de Teatro de 1997 (su «Arturo Ui» transmitía una siniestra animalidad) y la que ofreció, tres años más tarde, Alejandro Urdapilleta en «Mein Kampf, una farsa» de George Tabori, como un Hitler mucho más paródico.

En la apretada síntesis que realizó Robert Sturua sobre «La resistible ascensión de Arturo Ui», el protagonista conserva los rasgos básicos del original, pero su personalidad ha sido adaptada a los tiempos que corren. El genocida en ciernes que interpreta Fabián Vena navega entre la ambigüedad sexual, la pereza y cierta languidez «cool» que recuerda a la de un consumidor de drogas. Luego se va transformando en ese capo mafia, astuto y manipulador, que Brecht creó -casi sin veladuras- para alertar al mundo sobre los desmanes provocados por el régimen nazi. Sin embargo, el Arturo Ui que compone Vena nunca llega a convertirse en ese monstruo que condensa todo el mal de la humanidad.

El actor tiene encanto y pasa del cinismo al gesto patético con notable versatilidad, pero nunca llega a ser el temible tirano que dice ser. Tal vez no se trate de una falencia actoral sino de una decisión del director Sturua para despegar a la obra de su contexto histórico. La historia original transcurre en Chicago e involucra a gángsters, comerciantes y políticos. El clima de corrupción que impera en el lugar es precisamente lo que va a favorecer la « ascensión» de Ui al poder.

Sturua
, por otra parte, redujo la obra a escasos 120 minutos, impidiendo el desarrollo de muchas de las peripecias que permitirían entender mejor los complicados tejes y manejes de Ui, los intereses de cada sector o las internas dentro de su banda. La lectura de Brecht que ha hecho este prestigioso director georgiano es muy personal. Menos interesado en los contenidos ideológicos de la obra que en el magia de la representación, trabajó cada escena con habilidad artesanal. Su puesta es colorida, alegre y vital (luego de cada muerte y asesinato la ficción se rompe con bailes y música, una pintoresca variante de la famosa técnica de «distanciamiento» postulada por Brecht).

Sturua
extrajo de los actores toda su capacidad de juego, además de un fuerte compromiso corporal que contribuye a dinamizar la puesta. En este sentido se llevan las palmas Roberto Carnaghi (Dogsborough), Cacha Ferreira (su hijo) y Vena, que vuelve a ratificar aquí sus dotes de comediante. También resultan muy interesantes los trabajos de Claudio Da Passano (un matón digno de «La naranja mecánica», que usa los sombreros de sus propias víctimas) y de Ricardo Díaz Mourelle, el actor que le enseña a Ui a moverse y hablar en público (una de las escenas más logradas de la puesta). El resto del elenco también exhibe un gran nivel, marcando una plausible diferencia en relación a las anteriores experiencias de Sturua con actores argentinos, menos afortunadas.

La escenografía de Norberto Laino representa con acierto el caos y la decadencia que impera en la obra, mientras que las luces de Alejandro Le Roux acompañan ajustadamente el clima de show que propuso el director. Sólo resta destacar la estupenda banda sonora que ocupa un lugar protagónico, sobre todo en las escenas de mayor peligro y turbulencia. Por más que la presente versión haya dejado en el camino buena parte de la ideología brechtiana, tiene otros atractivos para ofrecer. Como por ejemplo, su espíritu apasionado y festivo -muy Europa del Este- que recuerda, entre otras cosas, al cine de Kusturica. Pero, eso sí, sin su banda de metales.

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