Subastadoras "top" redefinen su papel

Espectáculos

(18/02/02) Mientras desde Londres llegan noticias sobre las exitosas ventas de arte de la casa Christie's que abundan en récords, los analistas de mercado opinan que por altos que sean los precios alcanzados, en términos de rentabilidad, poco hay que festejar. Los números no rinden.

El último ejercicio de Christie's cerró con la considerable suma de 2.300 millones de dólares (contra los 1.900 de Sotheby's). Pero las ganancias, si bien Christie's no las publica, según fuentes bien informadas sólo ascendieron a 30 millones. Aunque los gastos en personal, giras, catálogos y locales glamorosos se han reducido, los costos de montar una subasta son altísimos y las ganancias se esfuman rápidamente.

Hasta aquí, los análisis de los expertos en arte que auguran el inminente fin del esplendoroso mundo de las rematadoras. Sin embargo, para los conocedores de las finanzas empresarias, ese examen de situación es limitado y la situación cambia de modo radical si se observa desde un ángulo más amplio.

Desde que Christie's fue comprada por el francés
Francois Pinault, propietario de las burbujas de Chateaux Latour, las tiendas Printemps-Redoute, la moda y perfumes de Gucci y Saint Laurent, las valijas Samsonite, las zapatillas Converse y un centro de ski en Colorado, el arte ha pasado a ser un rubro más en el negocio global de las marcas de alto vuelo y precios elevados del grupo Artemis, que declaró ganancias de 812,2 millones de dólares y activos de 4.223 millones.

Al cotejar el rendimiento desmesurado que dejan los relojes, vestidos o carteras de marca, los 30 millones que el arte deparó a Christie's podrían considerarse el resultado de un mal negocio. Pero se debe tener en cuenta que ningún objeto, por lujoso, exclusivo y costoso que sea, brinda el status que otorga el arte.

•Potencial

«El potencial de Christie's no está sólo en el negocio, sino que además es un camino para ganar prestigio social y conectarse con los ricos coleccionistas y el mundo financiero» confesó Pinault a Carol Vogel de «The New York Times» en 1997, cuando compró la firma.

El arte o, al menos, el placer espiritual que depara, nada tiene que ver con el holding de negocios del que hoy forma parte, pero el prestigio que emana de un legítimo
Picasso se utiliza como promoción. Fenómeno que advirtió de inmediato el también francés Bernard Arnault, dueño del holding Louis Vuitton-Moet Hennessy, Dom Perignon, Clicquot, Dior, Moet &Chandon, Guerlain, Givenchy, Kenzo y Christian Lacroix.

Arnault
compró Phillips, la tercera rematadora del mundo, e ingresó al negocio dispuesto a perder dinero para escalar posición. Así comenzó a otorgar garantías económicas a los vendedores para quedarse con las obras de mayor calidad. Desde esta perspectiva mercantilista, el aura y el poder fetichista de la obra de arte alimentan la imagen, y ya no importa que los balances sean negativos, se compensa con un imponderable: el plus de la emoción que depara.

Por otra parte, las obras de arte funcionan como estímulos de la reflexión y permiten analizar la realidad desde puntos de vista afines a esta disciplina. Así, el vertiginoso récord de la subasta de contemporáneos,
«Untitled V», una fotografía del alemán Andreas Gursky que figura en la portada del catálogo y estimada en 220.000 dólares se vendió en 611.000, ilustra con asombrosa objetividad la situación descripta.

La imagen reproduce una flamante vidriera cuya extensión se acentúa por el formato apaisado y la alineación serial y ordenada de más un centenar zapatillas, objetos que se exhiben con idéntica disposición a la que el artista utilizó anteriormente para fotografiar la serie de zapatos de la marca Prada. Gursky trabaja con elementos de consumo de la cultura occidental, como Warhol, pero el espíritu de la época marca hoy una enorme diferencia con el Pop: el efecto vidriera.

En este sentido, la fotografías de
Thomas Struth vendidas en 200.000, 194.000 y 143.000 dólares, muestran personas paradas frente a cuadros emblemáticos y deja así al descubierto, justamente, el magnetismo que ejerce el arte en el espectador, su poder de seducción.

También simbólica,
«Kellersfenster», una de las obras más interesantes e intensas de la venta, una tosca salida de aire construida por el joven alemán Gregor Schneider a quien el Gran Jurado de la última Bienal de Venecia otorgó el León de Oro, no alcanzó sin embargo el precio estimado de 100.000 dólares y se vendió en 94.000. Nacido en 1969, Schneider comenzó hace más de una década a transformar su casa de Reydt, una ciudad junto al Rin. Desde entonces trabaja sin interrupción en la construcción y destrucción de la casa que bien podría interpretarse como metáfora de su país.

•Transformación

Para las exposiciones, el artista transforma el ambiente de las salas en las habitaciones de su casa, que vuelve a montar piedra sobre piedra en museos y galerías. Con el paso del tiempo, la casa se tornó más y más opresiva, y cuando la trasladó a Venecia, tenía las características angustiantes de un bunker, con puertas y ventanas trabadas, pasajes ocluidos, puertas que se abrían al abismo y cuartos que provocaban una sensación de claustrofobia que ahora evoca la obra subastada en Christie's. En esa misma tendencia, la de un nuevo arte político, figuran las fotografías de la artista iraní Shirin Neshat, que si bien estudió en Berkeley, se dedica a explorar el mundo de las mujeres y del fundamentalismo religioso en Oriente. Por su parte, Maurizio Cattelan, indaga el tema del racismo con «Spermini», una obra por demás provocativa que se vendió por su base, 80.000 dólares.

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