18 de febrero 2002 - 00:00
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Fotografía de Thomas Struth
•Potencial
El arte o, al menos, el placer espiritual que depara, nada tiene que ver con el holding de negocios del que hoy forma parte, pero el prestigio que emana de un legítimo Picasso se utiliza como promoción. Fenómeno que advirtió de inmediato el también francés Bernard Arnault, dueño del holding Louis Vuitton-Moet Hennessy, Dom Perignon, Clicquot, Dior, Moet &Chandon, Guerlain, Givenchy, Kenzo y Christian Lacroix.
Arnault compró Phillips, la tercera rematadora del mundo, e ingresó al negocio dispuesto a perder dinero para escalar posición. Así comenzó a otorgar garantías económicas a los vendedores para quedarse con las obras de mayor calidad. Desde esta perspectiva mercantilista, el aura y el poder fetichista de la obra de arte alimentan la imagen, y ya no importa que los balances sean negativos, se compensa con un imponderable: el plus de la emoción que depara.
Por otra parte, las obras de arte funcionan como estímulos de la reflexión y permiten analizar la realidad desde puntos de vista afines a esta disciplina. Así, el vertiginoso récord de la subasta de contemporáneos, «Untitled V», una fotografía del alemán Andreas Gursky que figura en la portada del catálogo y estimada en 220.000 dólares se vendió en 611.000, ilustra con asombrosa objetividad la situación descripta.
La imagen reproduce una flamante vidriera cuya extensión se acentúa por el formato apaisado y la alineación serial y ordenada de más un centenar zapatillas, objetos que se exhiben con idéntica disposición a la que el artista utilizó anteriormente para fotografiar la serie de zapatos de la marca Prada. Gursky trabaja con elementos de consumo de la cultura occidental, como Warhol, pero el espíritu de la época marca hoy una enorme diferencia con el Pop: el efecto vidriera.
En este sentido, la fotografías de Thomas Struth vendidas en 200.000, 194.000 y 143.000 dólares, muestran personas paradas frente a cuadros emblemáticos y deja así al descubierto, justamente, el magnetismo que ejerce el arte en el espectador, su poder de seducción.
También simbólica, «Kellersfenster», una de las obras más interesantes e intensas de la venta, una tosca salida de aire construida por el joven alemán Gregor Schneider a quien el Gran Jurado de la última Bienal de Venecia otorgó el León de Oro, no alcanzó sin embargo el precio estimado de 100.000 dólares y se vendió en 94.000. Nacido en 1969, Schneider comenzó hace más de una década a transformar su casa de Reydt, una ciudad junto al Rin. Desde entonces trabaja sin interrupción en la construcción y destrucción de la casa que bien podría interpretarse como metáfora de su país.
•Transformación
Para las exposiciones, el artista transforma el ambiente de las salas en las habitaciones de su casa, que vuelve a montar piedra sobre piedra en museos y galerías. Con el paso del tiempo, la casa se tornó más y más opresiva, y cuando la trasladó a Venecia, tenía las características angustiantes de un bunker, con puertas y ventanas trabadas, pasajes ocluidos, puertas que se abrían al abismo y cuartos que provocaban una sensación de claustrofobia que ahora evoca la obra subastada en Christie's. En esa misma tendencia, la de un nuevo arte político, figuran las fotografías de la artista iraní Shirin Neshat, que si bien estudió en Berkeley, se dedica a explorar el mundo de las mujeres y del fundamentalismo religioso en Oriente. Por su parte, Maurizio Cattelan, indaga el tema del racismo con «Spermini», una obra por demás provocativa que se vendió por su base, 80.000 dólares.




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