En estas semanas especialmente agitadas se inauguran las últimas exposiciones de un año que marcó un cambio de rumbo en el quehacer artístico y, sobre todo, en los discursos teóricos. Si la tendencia dominante en los '90 fue un arte en ocasiones decorativo, «light», juguetón, de inspiración privada, gran parte de las muestras que se exhiben en la actualidad expresan un renovado interés por cuestiones políticas y sociales.
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Por un lado, la Argentina remó durante años a contracorriente del mainstream internacional, que desde las dos últimas ediciones de la Documenta de Kassel y la Bienal de Venecia propician un arte ligado a lo social. Por otro lado, a partir del 19 de diciembre de 2001, a los artistas, como al resto de los argentinos, les resulta prácticamente imposible aislarse del convulsionado entorno. En este contexto de incertidumbre creció el afán por revisar el pasado reciente, por retomar los hilos cortados por la ruptura estética de los años '90.
La muestra de la Fundación Proa, «Escenas de los '80, los primeros años», al igual que la reciente «Manos en la masa», explora la década del '80 y pone de vuelta en el candelero el gesto de artistas como Alfredo Prior, Duilio Pierri, Armando Rearte, Martín Reyna, Juan José Cambre, Marcia Schvartz, el grupo Locson y Guillermo Kuitca, entre otros. Pero además, pretende escribir su historia. Una historia acaso demasiado reciente para profundizar en el análisis.
Después del autoritarismo de la dictadura que recluyó a los artistas en la soledad del taller, el mundo que los alberga no es el de la calle y las manifestaciones políticas que se exhiben en Proa ni las instituciones o galerías, sino el submundo del café Einstein, el de Cemento, el Parakultural, más ligados a la cultura underground. En esos espacios se produce el cruce interdisciplinario con la música y el teatro, y la virtud de la muestra es rescatar ese incomparable clima de excitación, previo al desencantado «no hay futuro», como pronosticaba la canción.
•Epicúreos
El compromiso social del ambiente se reduce al «siluetazo» y unas pocas expresiones aisladas. Ya en ese entonces comienza a perfilarse la actitud que lleva a los artistas a crear un mundo propio y a dedicarse, en un sentido epicúreo, a cultivar las plantas de su propio jardín. El ciclón hiperinflacionario y el fin del estado paternalista acentuarían una tendencia que se refleja en el arte con la desaparición del gesto atrevido, la pasión y el énfasis que predominaba en las obras de los hoy lejanos '80.
De esos años quedan los testimonios fotográficos de las psicodélicas reuniones de artistas, de Omar Chabán, Katja Alemann y Vivi Tellas; el retrato de Batato Barea de Schvartz y el cuadro que pintaron juntos Prior y Kuitca; la mejor música de Charly García, los Twist, Luca Prodán o el grupo Virus; carteles de muestras memorables como «La Anavanguardia», parodia local de la Transvanguardia italiana, y objetos como el piano de media cola realizado en bosta y gomaes-puma por Majo Okner. Fragmentos, en suma, de una historia que recuerdo aquel preciso momento en que muchos creyeron el mensaje «la casa está en orden».
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