22 de mayo 2001 - 00:00

También recreando a otros se luce Roos

Jaime Ross.
Jaime Ross.
Es difícil encontrarle puntos débiles a un show del uruguayo Jaime Roos. Los riesgos que siempre depara el vivo redundaron, en el concierto del sábado, en un único desencuentro con sus músicos, un pequeño olvido en la letra de su clásico «Durazno y Convención» y una guitarra que se negó a sonar brevemente. Es que Roos es de esos artistas que prefieren no dejar nada librado al azar y el resultado es siempre impecable.

A lo largo de muchos años dedicado a este género personal que mezcla el candombe y la murga con el rock y el pop (heredero, a su vez, de artistas como Hugo Fattoruso, Rubén Rada y Eduardo Mateo), ha ido constituyendo un importante cuerpo de repertorio. A Roos se le deben muchas de las mejores canciones escritas en el Río de la Plata en los últimos 25 años.

Pero con él, además, ocurre lo que con muchos compositores que son además intérpretes fundamentales de sus temas: es prácticamente imposible imaginar la mayoría de sus canciones en boca de otros cantantes y sólo excepcionalmente -la argentina Liliana Vitale es el caso más paradigmático en ese sentido-han aparecido versiones que superaran alguna de las suyas. Podría decirse que estos conciertos del Gran Rex que forman parte de una gira argentina y uruguaya, tienen como eje la presentación de «Contraseña».

Se trata de un disco que dedicó, por primera vez, a recrear piezas escritas por grandes autores montevideanos, en una línea que une a Jorge Drexler («No pienses de más»), con Alberto Wolf (la imponente «Amor profundo», cantado de manera inigualable por Freddy Bessio), Gastón Ciarlo («Tablas»), Alfredo Zitarrosa («El loco Antonio»), Eduardo Mateo («Esa tristeza») y Roberto Darvin («Calle Yacaré»).

Muchos de esos temas estuvieron en el largo recital que, con los bises, superó las dos horas y media y en el que incluyó también muchos clásicos de su repertorio y grandes piezas de otros autores. Su banda no merece más que elogios. Los hermanos Ibarburu son absolutamente brillantes; el «Nego» Haedo sigue siendo otro de sus sostenes desde la percusión; la cuerda de murga es un conjunto de voces excelentes entre las que sobresale Bessio, pero el resto no le va en zaga; y Gustavo Montemurro es un puntal desde los teclados.

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