Imagen de «Tierra de Mandelbrot», coreografía de Edgardo Mercado: una
de las obras que transitaron por una poco comprensible experimentación de
imágenes y sonidos.
La V edición del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), que finalizó el domingo luego de tres semanas de actividad teatral, tuvo como siempre un fuerte respaldo en la programación nacional en la que figuraron entre otros trabajos de muy buen nivel, «La señora Macbeth» de Griselda Gambaro; «De mal en peor» de Ricardo Bartís y «La estupidez» de Rafael Spregelburd. Entre los espectáculos programados por instituciones oficiales se destacaron «Enrique IV» protagonizado por Alfredo Alcón y la celebrada comedia de Javier Daulte, «Nunca estuviste tan adorable».
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El menú internacional, dividido entre propuestas tecnológicas y teatro de texto, decepcionó a algunos y desconcertó a otros porque dejó abierta una incógnita con respecto al destino de las artes escénicas, ya que como pudo verse en varios de los espectáculos presentados, hoy la cibernética, la computación y la robótica se han adueñado de la escena convirtiendo al actor-bailarín o performer en un inestable partenaire. Guste o no, éste es el lenguaje que se está imponiendo en los más prestigiosos festivales del mundo.
Pese a que con su presupuestode 2.400.000 pesos, al FIBA se le dificulta la contratación de grandes producciones -sobre todo por la elevada cotización del euro-, hubo dos espectáculos de gran atractivo: «Night moth» de la coreógrafa checa Petra Hauerová, quien protagonizó una pesadilla de rayos láser, y «Erection» de Pierre Rigal, donde sobre la base de proyecciones digitales el espacio cambiaba de forma y color en estrecha interacción con el bailarín. Ambos exhibieron una intensa carga metafórica, algo así como la dolorosa inserción de lo humano en un medio deshumanizado y destructivo que se ha independizado de su creador.
La gran belleza plástica de estas dos propuestas no fue suficiente para derribar prejuicios (salvo entre el público joven, mucho más familiarizado con la tecnología). Anunciados como espectáculos de danza, terminaron irritando a los habitués del género que todavía insisten en defender una estricta divisoria entre las diversas disciplinas escénicas cuando en realidad sus límites ya se han desdibujado hace tiempo. Uno de los propósitos de los Festivales es justamente estirar los límites de lo establecido hacia zonas más experimentales y, por lo tanto, más difíciles de aceptar.
Nadie puede prever si alguno de estos espectáculos quedará en el recuerdo, pero los que sin duda dejarán una huella son aquellos que con recursos casi artesanales siguen ratificando la vigencia del teatro de texto.
Estos fueron «Noche de reyes» dirigido por el inglés Declan Donnellan y la versión de «Tío Vania» de Luk Perceval. En ambos casos hubo que leer largas tandas de subtitulado, puesto que ambas puestas (la primera en ruso, la segunda en holandés) sobrepasaron las dos horas de duración. Aún así, el público quedó encandilado con la excelente calidad de los dos elencos. «Endstation Amerika», controvertida versión de «Un tranvía llamado deseo» del alemán Frank Castorf, despertó las reacciones más variadas, al igual que el magnífico show de Laurie Anderson, «The end of the moon», que fascinó a sus seguidores pero dejó algo fríos a quienes esperaban oirla cantar y finalmente tuvieron que sobrellevar dos horas de anécdotas y experiencias de vida, también con subtitulado electrónico.
El Proyecto Cruce, con sus cuatros propuestas de intervención urbana en distintos espacios públicos de la ciudad (Plaza de Mayo, Palacio Pizzurno, Pasaje Rivarola y Cementerio de la Recoleta) promete afianzarse en las próximas ediciones como una alternativa del espectáculo de calle. Aunque sería deseable que la producción de dicho Proyecto viniese acompañada de un estudio de campo más exhaustivo y con un asesoramiento técnico más eficaz. Sirva de ejemplo la precaria instalación de globos con forma de dirigibles que ofreció «Antiáereos» de Gabriel Valansi, y que se terminaron pinchando contra las palmeras de Plaza de Mayo.
Entre las múltiples actividades paralelas que caracterizan al FIBA se destacó, por último, la Escuela de Espectadores coordinada por Jorge Dubatti que en cada edición promueve un interesante espacio de análisis y discusión crítica entre el público y los artistas nacionales y extranjeros que participan del Festival.
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