14 de noviembre 2000 - 00:00

The Cult: show execelente pero sintético

(14-11-00) Como una vieja fonda de barrio sobreviviendo en medio de restoranes de comida étnica, The Cult es una banda que se distingue por no preocuparse en lo más mínimo por actualizar su sonido. En los '80 grabaron un par de discos memorables («Electric», «Sonic Temple») y uno que puede ser incluido entre lo mejor del rock de la década, «Love». A 15 años de hits como «She Sells Sanctuary» y «Revolution», The Cult sigue fiel a su concepto original. Lo suyo es rock & roll duro, fuerte e imaginativo, con un decibel menos que el heavy metal, toques darks propios de la escena de comienzos de los '80 y un alto grado de inspiración en músicos esenciales como Hendrix, Zeppelin y los Stones (al punto de que su «Love Removal Machine» es casi una versión acelerada de «Start me Up»).
Sin ser pretenciosos, son una banda que puede mostrar cierta sutileza de arreglos aun en medio del rock duro más elemental. Y, sobre todo, tienen un guitarrista fabuloso, Bill Duffy, que, además, tiene el buen gusto de no caer en los virtuosismos vacíos que suelen caracterizar a muchos de sus colegas.
Todos los fans que agotaron las entradas del show que The Cult dio el viernes pasado en Obras conocían estas cualidades. Lo que no sabían es lo bien que le hace al grupo la presencia del ex Guns N Roses, Matt Sorum, un baterista temible que con su aporte logró que muchos temas que la banda ya había interpretado en sus visitas anteriores a la Argentina sonaran mejor que nunca. Por eso lo más destacado del concierto fue la solidez general de cada versión de los grandes éxitos del Culto (más algún nuevo tema que sin estar a la altura de los clásicos del grupo tampoco desentonó).
El comienzo con «Little Devil», «Sun King» y «Sweet Soul Sister» fue demo-ledor, y la temperatura siguió subiendo con canciones como «Fire Woman» y «Rain» (uno de los temas que más levantaron a un público superfanático, al que de todos modos el hiperkinético cantante arengó sin pausa para arrancarle aun más fervor). Hacia el final, «Wildflower» y «She Sells Sanctuary» sacudieron el estadio, y los bises «Phoenix» y «Love Removal Machine» (con uno de los grandes solos de guitarra del rock de los '80) dejaron claro que The Cult está en plena forma. El lado flojo del concierto fue su escasa duración, poco menos de 90 minutos en los que los músicos aprovecharon cada oportunidad para autohomenajearse (acompañando el «olé olé olé» y otros cantitos de sus fans), para luego dejar fuera del concierto varios temas que no hubieran estado de más. Al menos, la incansable furia punkie de Ian Astbury arrojando el soporte del micrófono y saltando por todo el escenario y entre sus seguidores marcó un nivel de entrega que el público agradeció.

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