18 de mayo 2004 - 00:00

Tres artistas de los años '80

En la Galería Principium, Esmeralda 1357, se expone la muestra Tres artistas de los años '80. Ya a comienzos de esa década, Osvaldo Monzo, nacido en 1950, materializaba sus juegos virtuales en el espacio de las dos dimensiones de la tela. Participa del fenómeno casi universal de lal pintura en un regreso, no necesariamente una involución artística: una vuelta a la fruición de pintar, de volver a las dos dimensiones de la tela, luego de la ruptura epistemológica del arte conceptual y las estructuras primarias.

La obra de Monzo en aquellos años, fundamentalmente «Prometeo», y « Prometeo y el águila», 1983, planteaba criptogramas, que sólo eran susceptibles de descifrar como si fueran jeroglíficos. Monzo iba ubicando sus inscripciones, que eran su propio código, con las cifras del sueño: un discurso vertido sobre la tela, y caracterizado por la fuerza del trazado y el valor simbólico de sus imágenes. Su actitud lo ubicaba en la cultura de lo surreal, porque en ella no hay otra convención que la no convención.

La obra de Alfredo Prior (1952) rescatalas tradiciones y los mitos antiguos, pero también se ocupa de leyendas contemporáneas y los episodios históricos, sin olvidar, entre aquellas y éstos lo que atañe al arte, a su evolución, a sus formas y modos. Dueño de un lenguaje muy contemporáneo, excitaba la imaginación del espectador mediante una apelación -donde el humor y la ironía solían llevar la delantera-a lo onírico, la fantasía, lo lúdico, pero también a las asociaciones del conceptualismo, dentro de una esfera que se relaciona con las experiencias precursoras de Marcel Duchamp, un creador a quien siempre reverenció.

Hemos señalado ya en esta sección la importancia del rescate de lo popular en la obra de José Garófalo (1964). Sería muy simple calificarla de pintura ingenua,categorización que el propio artista ha sugerido en una de sus telas («San Galo perdido en paisaje naif», 1989). Pero no hay candor en las representaciones artísticas, convertidas en moda y en estilo hace un par de décadas. Hay, en cambio, una manera de ver los seres y las cosas de este mundo, los sentimientos y los sueños, las relaciones y las costumbres, la Naturaleza y la Cultura.

Garófalo
no es un improvisado: tiene técnica y capacitación de pintor. Y su obra no es ingenuista. Pertenece al arte ingenuo ya que no busca la naturalidad y la sencillez como resultado, sino que las ejerce como principio. Pero una definición más ceñida nos lleva a precisar que esa pintura ingenua es popular por antonomasia, como lo fueron y lo son los pintores de las tribus a las que solemos catalogar, con un reduccionismo arbitrario, de sociedades primitivas (también se ha denominado así a los artistas naifs).

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