22 de mayo 2002 - 00:00
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D icen que odiaba el teatro y que, antes de convertirse en dramaturgo, hacía collages con corazones y vísceras de verdad. Una inclinación que de alguna manera intentó sublimar en las quince obras que escribió antes de morir -a los treinta y cinco años- en medio de una terrible borrachera.
Werner Schwab, al igual que otros escritores austríacos, entre los que se destacan Thomas Bernhardt y Elfriede Jelinek (la autora de «La profesora de piano»), se ocupó de criticar y sacar a la luz los rasgos más infames de la sociedad austríaca. «Las presidentas», su obra más difundida, pertenece al ciclo de piezas «fecales», que el autor llamó así debido a la sordidez en la que viven y se expresan sus personajes. En este caso tres empleadas de limpieza, de muy baja condición, que sueñan con alcanzar el amor, el bienestar económico y el reconocimiento social. El relato de esos sueños son los que dan cuerpo a la obra y los que irán revelando la verdadera esencia de estos personajes que, en definitiva, toman para sí los mismos patrones de la clase media, con sus ideales de consumo y su desprecio por todo aquello que atente contra su confort, seguridad y buena conciencia.
Pese a la rudeza (nunca gratuita) y a la ferocidad con que se expresan sus protagonistas, la pieza instala un extraño y fascinante mundo poético que por momentos bordea la comedia negra y en otros el ritual religioso. Erna (Graciela Araujo) y Greta (María Rosa Fugazot) se presentan como víctimas (de sus hijos, de sus maridos y del prójimo en general) pero terminan revelando toda su mezquindad e hipocresía. Mientras que Mariedl (Thelma Biral), la más marginal de estas mujeres -y la única realmente pura de espíritu-sólo se vanagloria de destapar inodoros. Para ella se trata de una «misión», bendecida por Dios, con la que intenta asegurarse el amor de los demás. La obra es muy rica en lecturas (es mejor no anticipar nada de lo que sucede en ella) y propone, además, un vigoroso juego teatral basado en el humor negro, la violencia física y verbal y el ensueño poético. Pero, lamentablemente, la versión dirigida por Manuel Iedvabni aborda el material con muy poca convicción. Algo que se refleja en la confusa mezcla de estilos (entre la mascarada y el realismo) y en la actuación más bien errática de sus intérpretes.


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