25 de octubre 2002 - 00:00

Un burdo drama "antisistema"

«The Bank-El juego de la banca» («The Bank», Australia, 2001, habl. en inglés). Dir.: R. Connolly. Int.: A. LaPaglia, D. Wenham, S. Budd y otros.

E s probable que quienes tengan dinero retenido en el «corralito» experimenten simpatía por esta película burdamente anticorporativa, y que su villano, el CEO del «Centabank» australiano interpretado por Anthony La-Paglia, les despierte mayor rechazo que Lex Luthor. Sin embargo, esos sentimientos coyunturales no eximen al film de sus flaquezas de lógica y su tosquedad dramática.

«The Bank»
, que ni siquiera roza el tono crítico de «Wall Street» (aun cuando Oliver Stone esté lejos de ser el mejor ejemplo de la sutileza en cine), es una manipuladora trama de venganzas que sólo apunta a explotar el odio antisistema. Para ello, el guión no se detiene a reflexionar demasiado sobre la imposibilidad real de una martingala que prediga, como un barómetro de precisión, un crack bursátil, sino que tampoco tiene reparos en ahogar a un chico, sin otra justificación que la de caldear más los ánimos.

LaPaglia
, CEO de un banco en conflicto con la autoridad monetaria, que se autodefine como «Dios, pero mejor vestido» (pese a que en la película gasta siempre el mismo sobretodo), contrata a un genio de las matemáticas que le dirá con exactitud cuándo explotará la Bolsa, para que él se adueñe del mercado. El banco que comanda, además, suele malaconsejar a sus clientes para después embargarles bienes y propiedades, e inclusive hasta provoca la muerte de un chico, que se ahoga cuando recibe la comunicación de un embargo. Más tarde sabremos de otras muertes. El inexpresivo Satán confía ciegamente en su nuevo mago de las predicciones, y éste trabaja sin pausas, con un par de PCs un tanto obsoletas, sobre la base de fractales y jeroglíficos varios para acercarle a su jefe los datos del Día D (es el 25 de octubre de este año, como celebrando el lanzamiento local del film). En el medio hay una empleada que mete sus narices (quizá por eso la elección de una actriz tan poco favorecida en ese aspecto de la estética facial), con la que el guión juega, como elemento de suspenso adicional, a la ambigüedad de su lealtad.
Para predecir el final, en cambio, no hacen falta fractales ni excesivos cálculos, sino apenas haber visto un par de policiales de rutina y trazo grueso.

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