20 de agosto 2001 - 00:00
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Mohsen Makhmalbaf.
Makhmalbaf muestra una de esas escuelas en la película, donde los chicos rapados, sentados en largas hileras de bancos, recitan el Corán, mientras un severo maestro los controla. «Cuando alguien ve a los talibanes como un grupo político», dice Makhmalbaf «sólo se llega a una conclusión, pero cuando se los ve desde una perspectiva psicológica, llega a la conclusión de que no son más que un puñado de chicos hambrientos que han terminado en esas escuelas. Cuando las dejan, salen fanatizados».
Pocas películas fueron rodadas en o sobre Afganistán. Makhmalbaf ya hizo una antes, «El ciclista», de 1988. Los rusos hicieron unas cuantas acerca de las vidas de sus soldados en el país, incluyendo varias de propaganda. Las cámaras no están permitidas dentro de su territorio. Como recuerda Makhmalbaf, «Es un país sin imagen». La única información de que dispone la gente es una transmisión radial diaria de dos horas.
« No hay televisión, no hay cines, los diarios no llevan fotografías, sacar fotos está considerado 'impuro', la música está prohibida, y las mujeres no tienen derecho a nada. Antes de los talibanes, sólo había 14 cines, y se producía un puñado de películas imitando el cine indio. Hollywood hizo 'Rambo III' basándola en Afganistán. Lógicamente, la filmaron íntegramente en Hollywood y allí no aparecía ni un solo afgano. La única escena auténtica era la presencia de Stallone en Peshawar, y eso gracias a la retroproyección», dice el realizador. Tampoco hay industria, porque cualquier tipo de actividad económica está proscripta. Aun antes de la llegada de los talibanes, las mujeres no podían concurrir a la escuela.
Desde que concluyó su película, la situación se tornó peor. Filmar «Kandahar», reconoce Makhmalbaf, significó un riesgo para su vida. «Los talibanes estaban matando opositores dentro de Irán. Uno nunca sabe lo que puede ocurrir. Tal vez, algún día me maten, no es imposible», dijo. Lo más irónico del caso es que al haber hecho una película sobre la sociedad más represiva del planeta, Makhmalbaf conquistó una libertad artística que difícilmente habría logrado en su propio país.
«Si hubiera dicho 10% de lo que dije de Afganistán sobre Irán, mi película habría sido rechazada», admite. Dos de sus films, «Las noches de Zayandeh-Rood» (1991) y «Tiempo de amar» (1990), continúan prohibidas en Irán. Lo mismo ocurre con el documental de su hijo Mezssam Makhmalbaf «Cómo Samira hizo pizarrones», porque su hija Samira (también directora, y de quien se vio en la Argentina «La manzana») aparece muy escotada. «Cada vez que alguno de los comisarios políticos trata de impedirme hacer una película, empiezo otra», señala.
«En Occidente -se amarga Makhmalbaf-, a la gente le afectó muchísimo más la destrucción de los Budas de piedra que lo que le ocurre a la población en Afganistán.» En un e-mail que le dirigió al periodista de «The Guardian», Makhmalbaf empieza diciéndole: «Si usted lee íntegramente este artículo, le tomará una hora de su tiempo. Durante esa hora, 14 personas habrán muerto en Afganistán por guerra o por hambre, y otras 60 habrán huido para refugiarse en otros países».
El realizador también cuenta algunas de sus experiencias mientras permanecía de manera clandestina en el país: «Nunca olvidaré las noches que pasamos en el desierto, iluminándonos intermitentemente con reflectores. Cada tanto, se nos aparecía la imagen de algunos desertores muriendo de hambre y de sed, caídos en el desierto como ovejas moribundas. Cuando llevamos a algunos hasta los hospitales de Zabol, creyendo que eran víctimas del cólera, nos dimos cuenta de que en realidad estaban muriendo de hambre».
En otro lugar de su carta, Makhmalbaf relata una nueva experiencia: «Yo me proponía filmar a los afganos hambrientos. Me contacté entonces con Kamal Hussein, representante de las Naciones Unidas en Bangladesh. Le solicité que me tramitara un permiso para viajar al norte de Afganistán (controlado por Ahmad Shah Massoud) y Kandahar (controlado por los talibanes). Dos de nosotros recibimos autorización para desplazarnos con una pequeña videocámara. Fuimos a Islamabad, Pakistán, y subimos a un avión de 10 pasajeros de la UN».
Y agrega: «A la UN le llevó dos semanas averiguar si era conveniente que saliéramos. Nos dijeron que deberíamos esperar un mes más». 'Hará más frío dentro de un mes, y más gente morirá de hambre. Será más interesante para su filmación', me dijeron. Me recomendaron febrero. '¿Más interesante?', les pregunté. Me dijeron que tal vez eso llamara más la atención en el mundo. Yo no sabía qué decir».




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