20 de agosto 2001 - 00:00

Un cineasta iraní se atrevió a filmar el infierno talibán

Mohsen Makhmalbaf.
Mohsen Makhmalbaf.
Londres - Las atrocidades de los talibanes en Afganistán han tenido mucha prensa en el mundo. Sin embargo, cosa curiosa, el cine nunca se había ocupado hasta ahora del tema. El director iraní Mohsen Makhmalbaf, de quien en la Argentina se han visto hasta ahora dos de sus películas, «Gabbeh» y « El silencio», fue el primero que se atrevió a romper el fuego.

Su película «Kandahar» tiene como protagonista a una joven periodista afgana, que vive en Canadá y que regresa a su país para intentar disuadir a su hermana de las frecuentes tentativas de suicidio. Es la primera vez que la periodista se enfrenta cara a cara con la realidad de los talibanes, a la que define en un momento de la película como «el salvaje oeste con turbantes».

La pobreza, el fanatismo religioso y la violencia la asaltan allí donde vaya. El diario inglés «The Guardian», que se ocupó extensamente del film en ocasión de su lanzamiento en Londres, comparó una de sus escenas con el mundo de Buñuel, aunque hizo la aclaración: «Pero todo lo que ocurre aquí no es irónico, sino absolutamente realista, y corresponde a la vida diaria en Afganistán». La escena en cuestión muestra una procesión de mutilados, que han perdido algunas de sus extremidades en su trabajo en las minas, que circulan por un desierto esperando una caja de alimentos de la Cruz Roja que está por caer desde un avión.

«La realidad en Afganistán es surrealista en sí misma», le dijo Makhmalbaf a «The Guardian». «Es un país donde diez millones de personas, sus mujeres, no tienen rostro. Cuando uno las ve caminar por el desierto, no imagina una pintura más surrealista que ésa. Cuando uno ve que gente que perdió sus extremidades en explosiones toma una pala y la usa como pierna, le parece algo surrealista, pero es real.»

Recuerda «The Guardian» que hechos recientes en Afganistán le dieron a la película una resonancia mayor aún. El arresto, este mes, de ocho trabajadores sociales que intentaban predicar el cristianismo (un delito que se castiga con la pena de muerte) es justamente el tipo de situación estrambótica en la que abunda el film de Makhmalbaf, y que se convirtió en un lugar común entre los talibanes.

El realizador filmó «Kandahar» en la frontera con Afganistán, pero cuando estaba haciendo la preproducción logró filtrarse secretamente en el país para tener un conocimiento directo de lo que allí ocurría. Y dice que ese descubrimiento lo sacudió profundamente. En los últimos 20 años, huyeron de Afganistán seis millones y medio de personas. Quedaron muchos chicos sin padres que ahora son educados en los «madaris», escuelas religiosas militantes.

Makhmalbaf muestra una de esas escuelas en la película, donde los chicos rapados, sentados en largas hileras de bancos, recitan el Corán, mientras un severo maestro los controla. «Cuando alguien ve a los talibanes como un grupo político», dice Makhmalbaf «sólo se llega a una conclusión, pero cuando se los ve desde una perspectiva psicológica, llega a la conclusión de que no son más que un puñado de chicos hambrientos que han terminado en esas escuelas. Cuando las dejan, salen fanatizados».

Pocas películas fueron rodadas en o sobre Afganistán.
Makhmalbaf ya hizo una antes, «El ciclista», de 1988. Los rusos hicieron unas cuantas acerca de las vidas de sus soldados en el país, incluyendo varias de propaganda. Las cámaras no están permitidas dentro de su territorio. Como recuerda Makhmalbaf, «Es un país sin imagen». La única información de que dispone la gente es una transmisión radial diaria de dos horas.

«
No hay televisión, no hay cines, los diarios no llevan fotografías, sacar fotos está considerado 'impuro', la música está prohibida, y las mujeres no tienen derecho a nada. Antes de los talibanes, sólo había 14 cines, y se producía un puñado de películas imitando el cine indio. Hollywood hizo 'Rambo III' basándola en Afganistán. Lógicamente, la filmaron íntegramente en Hollywood y allí no aparecía ni un solo afgano. La única escena auténtica era la presencia de Stallone en Peshawar, y eso gracias a la retroproyección», dice el realizador. Tampoco hay industria, porque cualquier tipo de actividad económica está proscripta. Aun antes de la llegada de los talibanes, las mujeres no podían concurrir a la escuela.

Desde que concluyó su película, la situación se tornó peor. Filmar «
Kandahar», reconoce Makhmalbaf, significó un riesgo para su vida. «Los talibanes estaban matando opositores dentro de Irán. Uno nunca sabe lo que puede ocurrir. Tal vez, algún día me maten, no es imposible», dijo. Lo más irónico del caso es que al haber hecho una película sobre la sociedad más represiva del planeta, Makhmalbaf conquistó una libertad artística que difícilmente habría logrado en su propio país.

«
Si hubiera dicho 10% de lo que dije de Afganistán sobre Irán, mi película habría sido rechazada», admite. Dos de sus films, «Las noches de Zayandeh-Rood» (1991) y «Tiempo de amar» (1990), continúan prohibidas en Irán. Lo mismo ocurre con el documental de su hijo Mezssam Makhmalbaf «Cómo Samira hizo pizarrones», porque su hija Samira (también directora, y de quien se vio en la Argentina «La manzana») aparece muy escotada. «Cada vez que alguno de los comisarios políticos trata de impedirme hacer una película, empiezo otra», señala.

«En Occidente -se amarga
Makhmalbaf-, a la gente le afectó muchísimo más la destrucción de los Budas de piedra que lo que le ocurre a la población en Afganistán.» En un e-mail que le dirigió al periodista de «The Guardian», Makhmalbaf empieza diciéndole: «Si usted lee íntegramente este artículo, le tomará una hora de su tiempo. Durante esa hora, 14 personas habrán muerto en Afganistán por guerra o por hambre, y otras 60 habrán huido para refugiarse en otros países».

El realizador también cuenta algunas de sus experiencias mientras permanecía de manera clandestina en el país: «Nunca olvidaré las noches que pasamos en el desierto, iluminándonos intermitentemente con reflectores. Cada tanto, se nos aparecía la imagen de algunos desertores muriendo de hambre y de sed, caídos en el desierto como ovejas moribundas. Cuando llevamos a algunos hasta los hospitales de Zabol, creyendo que eran víctimas del cólera, nos dimos cuenta de que en realidad estaban muriendo de hambre».

En otro lugar de su carta,
Makhmalbaf relata una nueva experiencia: «Yo me proponía filmar a los afganos hambrientos. Me contacté entonces con Kamal Hussein, representante de las Naciones Unidas en Bangladesh. Le solicité que me tramitara un permiso para viajar al norte de Afganistán (controlado por Ahmad Shah Massoud) y Kandahar (controlado por los talibanes). Dos de nosotros recibimos autorización para desplazarnos con una pequeña videocámara. Fuimos a Islamabad, Pakistán, y subimos a un avión de 10 pasajeros de la UN».

Y agrega: «A la UN le llevó dos semanas averiguar si era conveniente que saliéramos. Nos dijeron que deberíamos esperar un mes más». 'Hará más frío dentro de un mes, y más gente morirá de hambre. Será más interesante para su filmación', me dijeron. Me recomendaron febrero. '¿Más interesante?', les pregunté. Me dijeron que tal vez eso llamara más la atención en el mundo. Yo no sabía qué decir».

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