Custodiada por sus dos celosos hermanos, que se consideran guardianes de su honra, la dama duende idea mil estratagemas para poder cumplir con los reclamos que su ímpetu juvenil le impone.
Sorprendida en un paseo por uno de ellos, es defendida por un viajero al que acompaña su criado, lo que permite a la embozada dama escapar de su vigilancia. Pero, por esos azares típicos de las comedias, el galán resulta ser un íntimo de su hermano mayor, al que éste ha de albergar en su casa.
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Un armario que sirve de pasadizo entre las habitaciones de la dama y su defensor brinda a la primera la ocasión de urdir un romance cuyos hilos parecen tejer los duendes.
Como en todas las comedias, que siguen el curso de los enredos trazados por la Commedia dell' Arte, seguidos luego también por Molière, todo termina felizmente, y cada pareja termina comiendo perdices.
También el mayor lucimiento de los criados es característico. No viéndose constreñidos por las severas reglas morales de la época, son los personajes más ricos, y es en sus escenas en las que Calderón muestra su capacidad para el juego y los retruécanos. El canto y la danza, además, hacían los placeres de los espectadores de la época.
La puesta de José Luis Alonso de Santos respeta los cánones tradicionales. Es prolija, se apoya en el texto y saca buen partido de las situaciones. Como sucede casi siempre en los teatros oficiales, el espectáculo no pretende innovar en lo más mínimo, y la espontaneidad no es uno de los logros. Todo es muy profesional y si algunos momentos alcanzan cierta pasión, ésta corre por cuenta de las interpretaciones.
En el caso de la versión presentada por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, son los dos actores que representan al criado y al galán de Doña Beatriz, amiga de la dama boba, los que se llevan las palmas. Alonso Lara encarna con gracia al asustadizo Cosme, al que los duendes tienen a mal traer, y la prestancia, convicción y flexibilidad de Antonio Castro, en el rol del hermano celoso cuya pasión lo arrastra hacia Doña Beatriz, logran que su apasionado pedido amoroso resalte sobre el resto de la obra.
Es correcto el desempeño de Lola Baldrich, aunque Cecilia Solaguren logre imponerse sobre ella.
La música de Javier Alejandro y la coreografía de María José López son atractivas y atinadas, lo mismo que el suntuoso vestuario de Lorens Corbella, cuya escenografía es demasiado pesada y poco imaginativa. Las escenas de esgrima demuestran un excelente dominio técnico, condición imprescindible cuando la obra participa de los duelos y el honor que se defiende a capa y espada.
El intenso calor que reinaba en la sala provocó la estampida de muchos espectadores al final del primer acto. Y los abanicos y las botellas de agua mineral, casi casi se transformaron en los verdaderos protagonistas de la jornada que abrió la muestra de teatro iberomericano en el Cervantes.
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