«Conversaciones con mamá» ( Argentina, 2004, habl. en esp.). Guión y Dir.: S. C. Oves, sobre obra homónima. Int.: Ch. Zorrilla, E. Blanco, U. Dumont, S. Bosco, F. Bloise, T. Mendoza.
No todo tiene que ser nuevo cine joven ni esas cosas. También la gente grande quiere ir al cine y esta película es para ella, una comedia más o menos como las de antes, para reírse, lagrimear un poco, disfrutar unos diálogos deliciosos a cargo de unos artistas excelentes, y pensar después, si uno quiere. Es un poco irregular, y un tantito teatral, como que nació a partir de una pieza de teatro leído, pero en este caso eso no es ningún pecado. Al contrario.
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Precisamente, los pilares de la obra están en las referidas conversaciones. Cada vez que el hijo visita a la madre, el público se inclina hacia adelante. Encima, hasta pareciera que China Zorrilla y Eduardo Blanco son parientes de veras, los dos con la misma mirada entre tristona y sonriente, atenta y un poquito perdida al mismo tiempo, y con esa expresión del rostro, como medio caído, levísima señal de un comienzo de declinación, y con ese modo tan reconocible de querer disimular cuando la procesión va por dentro, ya que el hijo está en la crisis de los 50, y en la económica, y la vieja está en el balance de la vida, y en la evaluación del hijo.
Cada uno tiene cositas que reprocharle al otro, y cosas que reprocharse a sí mismo, o no. Ella, respecto a su matrimonio. El, respecto a sus ideales cambiados por una pretensión de medio pelo que ahora se le viene abajo. En plan de ajustes, quiere vender (instigado por la esposa) el departamento donde vive la madre. Pero la vieja no se da por aludida, y encima trae un inquilino. Un novio, dice, pero en realidad es casi como recuperar al hijo que admiraba y alimentaba diariamente. No corresponde decir más, salvo que el tercero (pero no en discordia) es Ulises Dumont, y que también el resto de la familia aparece retratado, a veces en diálogos muy reveladores, a veces de un solo pantallazo (como que basta un solo plano de la suegra para saber qué guantes calza).
Junto a los elogios, caben algunos reproches menores. Digamos solo dos. Uno, de locación: ese departamento vale menos que la 4 x 4 que el hijo también pone en venta (y que permite ver lo chico del garage, evidenciando una casa de apariencias, pura fachada). Otro: tampoco pegan las arengas del anarcojubilado a los demás viejos. ¿Pero no habrá sido así también de inconducente e infantil el protagonista cuando era joven? Dicho sea de paso, al fin alguien en nuestro cine recuerda esas tonterías de juventud con una sonrisa, sin necesidad de agregarle la menor sombra dramática sobre la época de la represión o cosas por el estilo.
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