18 de abril 2001 - 00:00

Util estudio sobre la influencia británica

Nacido en Buenos Aires en 1944, hijo de padre escocés y madre inglesa, Graham-Yooll ingresó en el «Buenos Aires Herald» en 1966. Debió, como tantos, exiliarse del país en 1976 y retornó en el '94 para dirigir el mencionado diario. Hoy, además, colabora en otros medios locales y extranjeros. Este libro, comenzado en el '70 y cuya primera edición inglesa data del año '81, se enriquece con un importante anexo dedicado a la Guerra de Malvinas. Gracias a la traducción de César Aira se lee muy bien lo escrito por Graham-Yooll.

Señala el autor, al comienzo, que la influencia británica (dentro del calificativo se agrupa a todas las colectividades de habla inglesa) se hizo notar en nuestro país en cuatro áreas fundamentales: el comercio, la educación, los transportes y los deportes. Pese a esta influencia, lo cierto es que -a diferencia de otras colectividades-los británicos sólo parcialmente se integraron en el medio local. Apegados a sus tradiciones, ingleses, galeses, escoceses, irlandeses y norteamericanos, se han considerado depositarios de una cultura diferente a la vernácula. Esta autoestima diferenciadora, en la que se percibe cierta subvaloración de los rasgos típicos locales, aparece bien reflejada en el texto de Graham-Yooll; por eso, algunas frases no sonarán simpáticas a los oídos argentinos.

Dentro del interés general que despierta la obra hay que destacar algunos capítulos. Atrae, en particular, lo referente a los años 1806-1807 (Invasiones Inglesas), a las relaciones de la colectividad con el gobierno de Rosas, a los relatos de los viajeros ingleses durante los siglos XIX y XX, a los empresarios y bandidos norteamericanos (Butch Cassidy, Sundance Kid y Etta Place) y todo lo referente al caso Malvinas. En cuanto a su estructura, el libro acusa algunas falencias: se repiten varias veces los mismos datos. Tampoco está exento de errores: se afirma, por ejemplo, que el poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín es el autor de «Don Juan Tenorio» y de «Tabaré», cuando, como es sabido, el autor del primero es José Zorrilla, un español (pág. 246). Se afirma, también, que William Shand colaboró con Alberto Girri en 1990 en un libreto operístico («Beatrix Cenci») para Alberto Ginastera, músico éste que falleció en 1983 (pág. 247). No es exacto, por último, que Paul Groussac haya muerto en 1939 (pág. 326).

Aun con estos deméritos el libro de Graham-Yooll será de suma utilidad para quienes deseen profundizar el tema de la influencia británica en la Argentina. La bibliografía citada es realmente cuantiosa.

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