18 de junio 2001 - 00:00
Valencia va por su propia Bienal
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Entretanto, la Comunidad de Valencia inauguró su propia Bienal el 10 de junio, con la presencia de la reina Sofía, una fanfarria interpretada por 2.001 músicos, y « La navaja en el ojo», provocativo espectáculo que estrenó la Fura dels Baus en el Hemisféric, el imponente ojo de cemento y hierro diseñado por Santiago Calatrava.
Como los griegos, los valencianos aspiran a la conjunción entre las distintas disciplinas del arte, y las ofertas se multiplican. La estrategia de la subsecretaria de Cultura, Consuelo Ciscar, no es competir con los venecianos, sino incorporar a Valencia en la gira que culminó la semana pasada con la Feria de Arte de Basilea.
El polémico Achile Bonito Oliva, creador de la Transvanguardia, movimiento posmoderno por excelencia que en la década del ochenta puso a los artistas italianos en el candelero, es el curador junto con el artista y director de cine Peter Greenaway de «El cuerpo del arte», muestra que reúne a más de 100 artistas en el Convento del Carmen.
El contraste entre el arte contemporáneo y la arquitectura de los claustros ejerce un extraño efecto en el espectador, provoca cierta perplejidad. Greenaway instaló su «Enciclopedia del cuerpo» sobre blancos pedestales que dominan el patio central. Son cubos de acrílico que contienen elementos que se relacionan con el cuerpo, como cucharas, preservativos, jeringas, zapatos o bolsas de sangre.
Al ingresar en este espacio, cerrado y techado con un tul de vinilo también blanco, se tiene la sensación de estar en una nube. El montaje es tan estetizante y cuidado, que las obras lucen, aunque difieren en interés. Se destaca, en primer lugar, la austera ciudad gris de Miquel Navarro; la instalación del brasileño Tunga, que ha creado formas orgánicas que se acoplan; un inquietante monumento minimalista de Jaume Plensa; y el gesto amable de Yoko Ono, que ofrenda un souvenir a los visitantes.
Los artistas valencianos, como entre otros los del Equipo Límite, José Sanleón, José Antonio Orts y Manolo Valdés, que recibe al visitante con un mensaje que evoca la Ilustración, una biblioteca que muestra el paso del tiempo, tienen, una vez más, la posibilidad de codearse con los del circuito inter-nacional.
En el puerto, bajo los arcos ojivales de las Atarazanas, en un edificio que fue un astillero en sus orígenes renacentistas, el norteamericano Robert Wilson confronta su obra con la de doce artistas rusos de la última generación.
Según observan los propios autores soviéticos, la instalación tiene como propósito reflejar la «locura rusa», y para comenzar, no se sabe dónde comienzan las obras de uno o dónde terminan las del otro. En este plan, exhiben el fin de un banquete en el que sólo quedan restos caóticos y desordenados de un festín que, se adivina, tuvo un fin abrupto; unas cursis, pero nostálgicas, imágenes del Volga; un vestuario abandonado; una máquina alucinada que gotea agua del techo; fotos; videos; y una performance donde el arte se confunde con la vida.
Al igual que en Venecia, los rusos hicieron una de las apuestas más jugadas. Allí, un grupo de personas envueltas en túnicas negras e hincadas en actitud de oración se mecía en un rito de alabanza al compás de los discursos fundamentalistas que transmitían dos televisores ubicados frente a ellos.
Es decir, que si mirar la vida a través de los ojos de los artistas puede ayudar a descubrir perspectivas inusitadas, más amplias y más plenas, estas bienales parecen ser el lugar indicado para constatarlo.




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