20 de junio 2005 - 00:00
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«La ascensión», con música de Edgardo Rudnitzky, para viola de gamba, es una obra multidisciplinaria de carácter religioso que consiste en una instalación, performance y concierto, que ocupa el pequeño Oratorio de San Filippo Neri hasta septiembre. El acceso al Oratorio no es fácil, no figura en los mapas y es preciso descubrirlo entre las estrechas callejuelasque rodean la iglesia Santa María de la Fava, generalmente vacía, a pesar de su auténtico Tiziano y de un órgano, «que ya nadie toca, aunque es uno de los tres mejores del mundo», según su párroco.
Al reproducir las curvas y contracurvas del fresco, la abstracta superficie azul establece un contrapunto con las figuras barrocas del fresco (y dista mucho de parecerse a una Pelopincho, como dijo bromeando el artista). Aunque su carácter terrenal se ve exaltado por los resortes que Macchi utiliza a la vez como tensores y -al igual que en otras obras-, como clara metáfora de la tensión.
En este contexto, los elementos utilizados acentúan una patética distancia entre lo elevado, el glorioso fresco y la arquitectura que lo alberga, destacado por la música de Rudnisky, y la vulnerabilidad de lo humano, exacerbado por la performance de un gimnasta que salta sobre la cama elástica. Pero el contrasentido entre lo divino y lo profano cobra otra dimensión con la música, la dulzura de la viola da gamba suscita de inmediato la emoción.
Hace más de un siglo Walter Pater escribió que «todo arte aspira constantemente a la condición de la música», y este afán se reitera en muchas de las obras de Macchi. Los chirridos que provocan los saltos, que mantienen un ritmo monótono y controlado, están incorporados a la partitura configurando la unidad de una obra que enfrenta al espectador con el concepto de eternidad, desde esa prosaica plataforma elástica que difícilmente sirva de trampolín para ascender a los cielos.
Se trata de un conceptualismo sensible que se expresa con intensidad. La sed de trascendencia planteada a través de las acrobacias cotidianas, habla de la eterna ambición del hombre por lo perdurable y, sobre todo, genera sensaciones, dudas y reflexiones sobre la misteriosa relación entre la condición humana y la condición divina. La obra tiene además la gracia de lo efímero, porque nació y va a morir en ese lugar especial para el que fue creada.


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