20 de junio 2005 - 00:00

Venecia: sobredimensionada Bienal, difícil de abarcar

Venecia - La Bienal de Venecia es un tablero de gran visibilidad donde colocan sus fichas todos los actores del sistema, desde los artistas, galeristas, coleccionistas, críticos, curadores y patrocinantes, hasta los operadores y funcionarios culturales. Aunque en el arte no hay fórmulas seguras, pues reinan la arbitrariedad y las modas, cada uno apuesta lo mejor y, por supuesto, algunos ganan y otros pierden, pero nada pasa inadvertido.

En esta edición, las primeras en perder, más que nada su prestigio, fueron sus dos directoras, las cuestionadas María de Corral y Rosa Martínez, al igual que Francesco Bonami, quien tuvo a su cargo la Bienal anterior.

Las directoras pueden haber cometido errores, pero las críticas no ocultan que lo cuestionable son estas exposiciones sobredimensionadas, que para recorrerlas demandan cuatro días de intensa dedicación y, aún así, se torna imposible abarcar las innumerables muestras paralelas que se multiplican por toda la ciudad. Es decir, el arte contemporáneo demanda concentración y una mirada prolongada, atenta a pequeños detalles, y resulta en extremo improbable que al salir de los Giardini y el Arsenale, donde las presentaciones nacionales son cada vez más abundantes, los críticos visiten las exhibiciones dispersas en el laberinto que es Venecia.

Sin embargo, este año hay dos exposiciones alejadas del circuito que alcanzaron un amplio poder de convocatoria, la de la suiza Pipilotti Rist, y el envío de la Cancillería argentina curado por la directora de la Fundación Proa, Adriana Rosenberg, que presenta «La ascensión» de Jorge Macchi.

En esta instancia, y más que la difusión de las muestras, el medio de comunicación por excelencia son los comentarios que circulan en el ambiente. Así, el «no dejes de verlo» o, el «no pierdas tu tiempo», terminan determinando el éxito o el fracaso de los artistas. Junto al argentino Leandro Erlich, Macchi también exhibe una instalación en el pabellón de Italia, el espacio más visitado de la Bienal, y el objetivo de Rosenberg al elegirlo, fue potenciar su visibilidad.

«La ascensión»,
con música de Edgardo Rudnitzky, para viola de gamba, es una obra multidisciplinaria de carácter religioso que consiste en una instalación, performance y concierto, que ocupa el pequeño Oratorio de San Filippo Neri hasta septiembre. El acceso al Oratorio no es fácil, no figura en los mapas y es preciso descubrirlo entre las estrechas callejuelasque rodean la iglesia Santa María de la Fava, generalmente vacía, a pesar de su auténtico Tiziano y de un órgano, «que ya nadie toca, aunque es uno de los tres mejores del mundo», según su párroco.

El dato no es novedad, la fe religiosa se extingue. Pero, justamente, este es el tema de la compleja obra que presenta Argentina. «La ascensión» opera en dos categorías, lo sagrado y lo profano. A la imagen celestial del fresco «La asunción», pintado en el techo del Oratorio en el siglo XVIII para relatar el milagroso ascenso de la Virgen María a los cielos, se contrapone -a menos de un metro del piso- una terrenal cama elástica color azul, un objeto extraño, algo así como el tenso parche de un inmenso tambor.

Al reproducir las curvas y contracurvas del fresco, la abstracta superficie azul establece un contrapunto con las figuras barrocas del fresco (y dista mucho de parecerse a una Pelopincho, como dijo bromeando el artista). Aunque su carácter terrenal se ve exaltado por los resortes que
Macchi utiliza a la vez como tensores y -al igual que en otras obras-, como clara metáfora de la tensión.

En este contexto, los elementos utilizados acentúan una patética distancia entre lo elevado, el glorioso fresco y la arquitectura que lo alberga, destacado por la música de
Rudnisky, y la vulnerabilidad de lo humano, exacerbado por la performance de un gimnasta que salta sobre la cama elástica. Pero el contrasentido entre lo divino y lo profano cobra otra dimensión con la música, la dulzura de la viola da gamba suscita de inmediato la emoción.

Hace más de un siglo
Walter Pater escribió que «todo arte aspira constantemente a la condición de la música», y este afán se reitera en muchas de las obras de Macchi. Los chirridos que provocan los saltos, que mantienen un ritmo monótono y controlado, están incorporados a la partitura configurando la unidad de una obra que enfrenta al espectador con el concepto de eternidad, desde esa prosaica plataforma elástica que difícilmente sirva de trampolín para ascender a los cielos.

Se trata de un conceptualismo sensible que se expresa con intensidad. La sed de trascendencia planteada a través de las acrobacias cotidianas, habla de la eterna ambición del hombre por lo perdurable y, sobre todo, genera sensaciones, dudas y reflexiones sobre la misteriosa relación entre la condición humana y la condición divina. La obra tiene además la gracia de lo efímero, porque nació y va a morir en ese lugar especial para el que fue creada.

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