14 de febrero 2007 - 00:00

Virtuosa de viejo oficio lleva la alegría a Berlín

Berlín - Por razones que se irán conociendo a lo largo del film, a Irina Palm la llaman «la mejor mano derecha de todo Londres». Irina, que en realidad se llama Maggie y le da cuerpo la robusta Marianne Faithfull (una China Zorrilla londinense), es una abuela viuda, que se encuentra en la disyuntiva de tener que costearle a su pequeño nieto, gravemente enfermo, un viaje a Australia junto con sus padres, para que lo atiendan en la única clínica donde pueden tratar su mal. Pero, como no tiene recursos ni la aceptan, por edad, en ningún trabajo, termina empleada en un concurrido antro sexual de Picadilly Circus. Allí es cuando empiezan a comprenderse la razón de su apodo y su nombre de guerra.

Tímida y horrorizada al principio, Irina llega a convertirse, resignadamente, en una virtuosa de su oficio: tanto, que cuando corre la voz la competencia se interesa por ella y le hacen una oferta como a un jugador de fútbol.

Respetuosa del ambiente familiar, Irina cuida todos los detalles, y no deja de decorar el sórdido cubículo donde trabaja con floreros y paisajes campestres.

Así, luego de la participación del film argentino (ver vinculada), la alegría llegó por vez primera ayer a la sección competitiva con la exhibición de «Irina Palm», en cuya proyección de prensa hubo carcajadas rara vez escuchadas y uno de los más estruendosos aplausos en lo que va del festival (el film aún no tiene compradores argentinos, y sería una pena que no se viera). Pese a ser típicamente británica, se trata de una coproducción entre Bélgica, Francia y Alemania, dirigida por Sam Garbarski, y fue una de las raras perlas en esta sección que no ha encontrado, ni posiblemente lo haga por el escaso tiempo que resta, un homogéneo perfil de calidad.

  • Paralelas

  • Con algo de suerte, en el enorme bazar de películas fuera de competencia, o en secciones paralelas, pueden seguir hallándose buenos títulos. Algunos tienen la garantía de sus realizadores, como fue el caso de «Amor y honor», vista en la sección Panorama. Firmada por el veterano japonés Yoji Yamada, se trata de una obra fuertemente clásica, que contra el extremo experimentalismo asiático de estos años vuelve, en camino opuesto, al cine de samurais, aunque desde una perspectiva original. «Amor y honor», dentro de su severidad formal, cuenta la historia de un probador de comidas, oficio siniestro que tenían algunos pocos elegidos en el feudalismo japonés: degustar cada uno de los platos que iba a comer el señor de la casa, para comprobar que no estuvieran envenenados.

    Shinnojo, el protagonista, tiene la mala fortuna de probar un pescado que está en mal estado, lo que se interpreta en el momento como veneno. No era así, pero su ingestión le produce ceguera.

    A la manera de Kurosawa, a quien Yamada le rinde homenaje en cada toma, la historia se torna progresivamente más grave: Shinnojo queda en la ruina, y su esposa termina aceptando la ayuda de un caballero que tenía, como se sabrá, poco de tal. Enterado del sacrificio de ella, la escena final es tan extensa como majestuosa: un duelo de samurais, con uno de los contrincantes ciegos.

    Menos satisfacciones en cambio, salvo tal vez la de su protagonista, provocó en esa misma sección una película altamente publicitada como el «primer film gay húngaro de la historia», también candidato al subpremio Teddy de Oro. «Hombres desnudos», de Karoly Esztergalyos, ensaya una poco verosímil historia de un cincuentón mal casado, que se enamora de un chico de la calle luego de haber intentado, sin que le diera bolilla, la exuberante moza del restaurante donde suele ir a comer. Lo de poco verosímil se debe a que el guión, más que fundamentar dramáticamente el cambio de elección sexual, lo presenta casi como si se tratara de alguien que va a comprar una manzana y, como no hay, se lleva una pera. Dar otros ejemplos de fruta sería tal vez más explícito pero menos elegante.

    Al igual que en la olvidable «In memoria di me» (que sin embargo generó algunos incomprensibles elogios en una parte de la prensa internacional), «Hombres desnudos» tiene una banda de sonido recopilada a los apurones en las bateas de clásicos, que van desde los lieder de Schubert hasta Verdi y Wagner (sí, la Muerte de amor de «Tristán e Isolda»). Y a toda estridencia: al punto de que no se sabe si en Berlín hay sistemas de sonido descontrolados, o si algunas películas abusan de la capacidad auditiva del espectador. Parece más creíble lo segundo.

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