El «viejo hermoso, Walt EWhitman», como lo definiera García Lorca en uno de los poemas de «Poeta en Nueva York», simboliza la pujanza de Estados Unidos. Con su barba blanca, su cayado y su sombrero rústico, se irguió como un profeta de la grandeza del país al que cantó desde la alegría de su propia existencia en su poema: «Me celebro y me canto», hasta en las gestas de sus guerras y en las vastas praderas donde el ganado pacía mansamente.
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Vital, optimista, sano, Whitman fue un hombre que enfrentó la vida con sencilla grandeza. Nunca se dejó vencer por la melancolía. Su actitud, casi dionisíaca es una bocanada de salud y de potencia que desafía todavía hoy a los augures de la decadencia.
Oponiéndose al puritanismo de la época, Whitman celebró la desmesura, el optimismo, la felicidad de la vida. Censurado en su época por la libertad con la que exponía una franca sensualidad, él no se arredró y costeó de su bolsillo varias ediciones de sus libros, mientras trabajaba como periodista, fundaba gacetas y llevaba adelante a su familia, hacia la que guardó siempre un amor fidelísimo. Algunos biógrafos se centran en su homosexualidad, otros en cambio le endilgan varios bastardos. Lo cierto es que ese «Pan que soplaba su caramillo tendido entre la hierba», sigue siendo, aún hoy, el ejemplo de una voluntad optimista teñida de una religiosidad que era la fuente de su energía.
Con los escritos de Whitman, sacados de «Hojas de hierba», el «Canto a mí mismo» y páginas personales, Sergio Oviedo ha construido un monólogo en el que desarrolla los pensamientos y amores del poeta.
Voz potente
El actor pone en su interpretación el acento sobre la pasión y entona acertadamente las melodías de las canciones que se basaron en algunos de sus poemas.
Surge de lo que hace, la imagen de un hombre poderoso que rescata la potencia de una vida en la que no caben la degradación ni el pesimismo. Marcelo Mangone ha aprovechado el espacio de El Bardo, logrando con su puesta que las palabras de Whitman lleguen a los espectadores, involucrándolos en una conversación que apela a la complicidad. Y como esa complicidad invita a «conservar aún después de la muerte una sonrisa de alegría», merced a la voluntad de un alma que no supo de claudicaciones, no queda otro camino que aceptar la ofrenda.