"Yo no escribo para sufrir, como dice Sabato que le pasa"

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Nunca perteneció a grupos literarios, acaso porque llegó tarde a la narrativa. Poco difundido por los medios, sus libros se pueden ver en serie en la vidriera de librerías de la calle Florida. Rudy Hedemann es un caso curioso. Buscó «concretar un sueño que muchos profesionales y ejecutivos tienen alguna vez en su vida, escribir alguna historia como las del cine o la televisión». Dedicado al mundo de las corporaciones, donde se destacó como profesional en comercialización, llegó a vicepresidente de una importante empresa de transportes y logística. Su labor lo convirtió en viajero, y en lector de best sellers. Cuenta que al retirarse de la vida empresaria eligió como pasatiempo escribir novelas que fueran pasatiempos para otros, como las que lo habían sido para él, y en cuatro años publicó seis novelas. Dialogamos con Hedemann.

Periodista: Publicó seis novelas en tiempo récord...

Rudy Hedemann: Seis en cuatro años, y tengo la séptima en la etapa de corrección y revisión final. Eso sí, no escribo por obligación sino cuando tengo algo que contar y cuando tengo ganas. Lo que ocurre es que tengo ganas muy seguido. Si dejé de lado una actividad tensionante como la empresaria no me voy a poner a escribir para estar tensionado y sufrir, como creo que dice Sabato que le pasa.

P.: ¿Y a qué se deben esas ganas de escribir?

R.H.: Era una deuda que tenía pendiente desde siempre y que recién pude empezar a concretar cuando pude dejar de ser ejecutivo y empresario. Mi experiencia acaso pertenezca, a un nivel menor, obviamente, a la de los escritores tardíos hoy famosos que aparecieron a fines del siglo pasado.

P.: Pero, usted tomó como modelo el género best seller.

R.H.: Acaso porque son los libros que más leemos los ejecutivos de empresas, los viajeros corporativos. Son libros de evasión de los problemas, de la tortura de los viajes, de la rutina del trabajo. Desde las primeras páginas de vuelven entretenidos. Allí no importa el estilo sino lo que se cuenta. Una de las características es un lenguaje sencillo, que creo que es lo que yo puedo ofrecer. Es para mi un pasatiempo que me obliga a aprender muchísimas cosas, y que espero resulte un buen pasatiempo para otros. Claro, no he podido escapar a la influencia de las novelas de Sidney Sheldon o Tom Clancy, de Wilbur Smith o Forsyth. Y a una veintena de autores un poco olvidados, como los de Colleen McCullough, la de «El pájaro canta hasta morir» y como dentro de un tiempo lo será Dan Brown.

P.: ¿Qué aprendió de esos autores?

R.H.: La importancia de la intriga, cómo se va llevando al lector y sumiéndolo en la lectura. Me importó el modo en que los detalles, históricos o técnicos, enriquecen la historia. En el fondo todos esos libros, aún las biografías, se parecen a policiales o novelas de aventuras. En ese sentido mis ganas actuales de escribir me las dieron en la infancia las novelas de Dumas, Salgari, Verne, Stevenson, Defoe, Mark Twain, que aparecían en la inolvidable colección Robin Hood.

P.: Su primera novela fue «Cenizas».

R.H.: Trata de una siciliana que tras una catástrofe volcánica viaja a los Estados Unidos donde un italiano la pidió en matrimonio. Y allí, donde soñaba encontrar su paraíso, vive nuevas catástrofes de las que sale a fuerza de coraje. No me interesan los personajes de mujeres débiles, son caricaturas del pasado.

P.: ¿Qué quiso retratar en esa novela?

R.H.: El cine, en muchas películas, pareció mostrarnos que es fácil ser inmigrante en Estados Unidos, residí allí durante un tiempo y pude comprobar todo lo contrario. Es más fácil serlo en la Argentina. Estuve becado, en un intercambio cultural del Rotary Club, y viví en Los Angeles con todos los adelantos tecnológicos, pero no es el caso de los inmigrantes. Basta, por dar un ejemplo, dar un paseo por lo que en Nueva York se llama «el barrio», que es donde reside la mayoría de los latinos pobres, para darse cuenta. Piense una imagen del lugar más marginal de nuestro conurbano y va a tener una leve idea.

P.: «Petróleo», la segunda, ya habla de otra cosa....

R.H.: Es que en esa novela de espionaje me adelanté un año a la invasión de Estados
Unidos a Irak. Fue la visión de un argentino sobre la utilidad de una excusa para apoderarse de los recursos petroleros, tema que después sostuvieron hasta algunos ensayistas norteamericanos.

Algunos dicen que eso de adelantarse en su tiempo es una cosa de los narradores, los novelistas, yo lo considero un aspecto central de la formación de la mente empresaria.

P.: Ninguna de sus novelas transcurre en la Argentina.

R.H.: La siguiente, «El oro del Virrey», cuenta de un tesoro perdido en el virreynato que es hallado ahora por una ingeniera que está haciendo el entubamiento de un arroyo, y tiene que enfrentar a una red de delincuentes.

P.: Va saltando de tema en tema, ¿cómo le aparecen?

R.H.: Llevo cuadernos, anotaciones. A veces, los programas de televisión, navegar por internet o las noticias hacen volar la imaginación. Por ejemplo en «Rating asesino», como quería cuestionar los programas del tipo «Gran Hermano», que deterioran la mente de la gente, pensé que lo mejor era un policial. En la casa ocurren asesinatos que las cámaras no registran. Y en «Clave perdida» utilicé mi conocimiento del mundo empresario para tratar el tema de la contaminación ambiental. Pero, como usted dijo, no me quedo en una fórmula. «El secreto de Kalahari», mi ultima novela, la hice de aventuras. Va de una exploración que hizo David Livingstone en el siglo XIX a un complot internacional actual para apropiarse de una reserva que piensan que es de diamantes, pero es un tesoro de otro tipo y pertenece a las mayores potencias mundiales.

Entrevista de Máximo Soto

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