«Zoolander» (id., EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: B. Stiller. Int.: B. Stiller, O. Wilson, C. Taylor, M. Jovovich, J. Voight.
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H ace tiempo que cierto tipo de humor norteamericano renunció al ingenio y a las sutilezas. La especie zoológica de «Zoolander», es noble reconocerlo, no cae en las honduras escatológicas de «Irene, yo y mi otro yo» y groserías similares, aunque las iguale en lucidez. Es curioso: muchos de los que consideran tontos a quienes miran la boda de Máxima y Guillermo por televisión gozan a mares con las apoteóticas tonterías de este tipo de películas, de donde podría desprenderse que la corrección política alcanza, también, a la clase de tonterías con las que sí se puede gozar.
Sin embargo, «Zoolander» no sería el mejor ejemplo de corrección política: según su visión del mundo, todos los modelos masculinos son tontos, y su masculinidad muy discutible (quizás, en el Greenwich Village, la escena en que Derek Zoolander, rey de la vida fashion, regresa al pueblito de su padre y hermanos, todos ellos rudos mineros, no haya tenido gran popularidad).
Con todo, la película escrita, dirigida y protagonizada por Ben Stiller («Loco por Mary», «La familia de mi novi a») no es irritante ni desagradable. Apenas es inofensiva, insípida y, desde luego, alegremente tonta. Tiene una ventaja, además, hoy inapreciable: dura apenas 87 minutos.
El héroe de la historia, basado en un personaje que Stiller ha popularizado en la TV de su país, es un modelo en decadencia con un toque del Súper agente 86. Según la hipótesis del libro, detrás de todos los magnicidios de las últimas décadas ha estado la mano de los grandes estilistas internacionales (el film hasta da una explicación), y para el atentado que ahora se pone en marcha, el de un carismático líder asiático que amenaza a Occidente con eliminar la mano de obra barata, Derek es elegido como arma ejecutora por el villano Mugato, un Valentino del mal. Por supuesto, no es muy necesario lavarle el cerebro a Derek, que ya bastante lavado lo tiene.
Las contadas escenas que provocan una módica sonrisa (un duelo en pasarela, por ejemplo, y no muchas más) son la humilde recompensa de la película, que contó entre sus invitados especiales a David Bowie, Donald Trump y Lenny Kravitz, y entre sus actores a Jon Voight, más perdido en la noche que nunca.
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