4 de enero 2007 - 00:00
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Los técnicos de RESPONDE advierten que la extinción de una comunidad no sólo repercute en las grandes ciudades, sino que afecta fuertemente a sus habitantes, que rompen sus vínculos familiares y pierden el patrimonio cultural, la historia y la identidad del lugar en el que nacieron.
"Hay pueblos que de un censo a otro se volvieron parajes de 300 o 400 habitantes que tienen planes de irse", graficó el director del área de proyectos de la organización, Alvaro Zone, y afirmó que históricamente, el factor que más contribuyó a la extinción fue la suspensión del ferrocarril.
El cierre de emprendimientos de envergadura que concentraban el trabajo de la población, como las explotaciones mineras, la falta de ofertas educativas que superen la escuela básica y la ausencia de transporte público y carreteras para zanjar grandes distancias, también influyen a la hora de migrar.
Marisa Ayala nació en Andalgalá, que en lengua indígena quiere decir "cosa redonda de cobre", un pueblo del norte de Catamarca, a 180 kilómetros de la vecina San Miguel de Tucumán, y que hoy tiene 300 habitantes.
"Me mudé a Santa María (en Catamarca) para estudiar, porque en el pueblo no hay escuela secundaria", contó Ayala y dijo que entre los jóvenes la migración es el único proyecto, sea para continuar sus estudios o para buscar trabajo.
No obstante, Ayala dijo que "las cosas no siempre fueron así", porque en Andalgalá, había una producción fuerte de nogales, duraznos y vid, en la que sólo ganaban los intermediarios y que se estancó en el tiempo, a falta de inversión tecnológica y capacitación.
Ñorquinco es un paraje en Río Negro, a 200 kilómetros de San Carlos de Bariloche, que a principios del siglo XX era el poblado más importante de la zona y paso obligado del tren "la trochita" que transportaba lana, en donde hoy viven unas 400 personas.
"Con el cierre del ferrocarril, el pueblo se extinguió", lamentó el párroco del lugar, José Luis Genáro, y contó que la ausencia del tren no fue suplida por otro medio de transporte y los pobladores prácticamente quedaron incomunicados.
Muchas de las familias que viven en Ñorquinco son mapuches que crían ganado ovino y hace tres años ni siquiera tenían una escuela secundaria donde mandar a sus hijos a estudiar.




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