Cuatro de los cinco abrigos
que la Presidente usó en su
estadía de tan sólo una
noche y dos días en París.
Hay que empezar con los tapados. Colgados, observados, admirados, pero jamás usados en esta Argentina sin estaciones o con la estación del calor perpetua. Debe ocurrir que el frío no llega más a la Argentina -gestión de Julio De Vido ante la naturaleza para no padecer crisis energética- y, entonces, un París inclemente, de invierno aún, permitía lucir ese atuendo estacionado en el guardarropa. Y fueron cinco los que exhibió Cristina de Kirchner en su viaje: 1) bajó del avión con uno de chinchilla rasada (afeitada) con efecto cuadriculado, casi seguro de Calfun (nadie del ecologismo protestó hasta ahora, antes se escandalizaban con María Julia Alsogaray); 2) utilizó un shearling de visón (nombre chic para denominar a los gamulanes de antes) el día de la manifestación por Betancourt, negro y con ribetes en reptil charolado, probablemente de Versace; 3) para ir a la Unesco, se sirvió de un impermeable forrado en visón, con el exterior en tafeta tornasolada en color berenjena (más apropiado es utilizar el término aubergine, su color preferido, como le reveló a Roberto Dvorik -modisto amigo de Lady Di- una tarde en el Congreso, al decirle también «me vestí para usted, ya que siempre atiendo todas sus recomendaciones»); 4) mostró un tapado de paño «pied de poule» blanco y negro en la plaza de los Desaparecidos; 5) cambió al color manteca para abrigarse con prenda semejante en la visita a Nicolas Sarkozy. Todo un vestuario para una noche y dos días, precavida la Presidente. Nadie puede imaginar lo que hubiera llevado a esa meca de la moda si permanece una semana.
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Llovieron las comparaciones con la socialista Ségolène Royal (Paul K la viste) y, naturalmente, Carla Bruni: ninguno de esos estilos va con Cristina, menos la gama de los grises que gasta la italiana primera dama francesa. Son tan opuestos como el de las argentinas -más bien apretadas en sus ropas-frente a las galas o europeas, escondedoras en la amplitud. Tampoco son las extranjeras de usar oro y sedas a la una de la tarde. De ahí que sorprendiera esa pretensión atribuida a Christian Dior para vestir a la señora de Kirchner, como dicen que hizo con Eva Perón o Marlene Dietrich: esa marca de paleta apagada, sin brillos, no encaja con la mandataria argentina. Además, cuentan, Dior ya contrató a la Bruni con un arreglo subterráneo -lo que se advirtió en la visita a Londres-por la relación de Sarkozy con Bernard Arnault del LVMH group. Como Cristóbal López con Néstor.
Críticas y alabanzas merecieron pañuelos, carteras, echarpes, cinturones y zapatos que aparecieron en París; también la extremada pintura en sus ojos (aflojó el martes), pero en esa porfía ocupó el centro un tocado de un único día: la gorra negra del día de la marcha, réplica de las Kangool. Para muchos, en esa jornada de la social democracia que se frustra en negociar con la guerrilla colombiana, ella estremeció a sus connacionales por el detalle (nada frecuente en la Argentina). Comentarios diversos hubo sobre el casquette, muchos hasta lo confundieron con una boina guevarista (en realidad, española o gaucha) y hasta le otorgaron significado político (en verdad, el Che se hizo famoso con la boina, no con la gorra, a pesar de que también se sirvió de esta protección en la selva boliviana). Pero casi nadie advirtió que a esta mujer que viene del frío (bueno, ha pasado mucho tiempo en Capital Federal) le gusta proteger sus ideas cada tanto y, cuando inauguró un horno siderúrgico, en setiembre, se calzó en la cabeza una boina guerrillera o de productor agropecuario. Extraño: entonces, a nadie conmovió, ni para halagar, objetar o sonreír.
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