10 de septiembre 2008 - 00:00
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En diciembre de 2006, un mes después, la Asociación de la Industria y Negocios de Radiodifusión del Japón hizo su presentación en las oficinas de NEC Argentina. Tadayoshi Mochizuki, consejero de la Embajada del Japón, dijo entonces a este diario aquello que hoy pondera De Vido: que la norma ISDB-T es «la más flexible en su utilizaciónde la banda. Las empresasemisoras pueden transmitirgratuitamente sus señales a los celulares y otros aparatos portátiles junto con la emisión a los televisores, sin requerir una inversión aparte».
Brasil, país beneficiado por las inversiones japonesas y el desarrollo de una industria de decodificadores digitales a la que hoy aspira emular el gobierno, había adoptado en soledad la norma ISDB-T a mediados de 2006. Japón siempre sostuvo que la europea obligaba a realizar inversiones en equipos de transmisión diferenciados, ya se trate de celulares y televisión, en tanto que la norma japonesa unifica su emisión por la utilización de una « división de banda en 13 segmentos, de los cuales uno de ellos tiene alcance directo, y gratuito, a los celulares».
Sin embargo, el horizonte que se avecina no es técnico sino político: más allá de que se adopte la norma japonesa, el Estado deberá decidir en un futuro cercano si los actuales licenciatarios de ondas de televisión continuarán reteniendo una única señal, o si ésta se multiplicará en ocho señales diferentes.
Con el fin de la era analógica, el ancho de banda de cada una de las ondas digitales será de 6 Megahertz. En la actual tecnología analógica, eso sólo permite la existencia de una única señal; pero, en la modalidad digital, ese ancho hace que, gracias a la compresión de datos, sea posible la simultaneidad de cuatro canales, y ahora eventualmente de ocho (si se adopta, como parece, la norma japonesa-brasileña, cuya forma de compresión MPG4 admiten esa cantidad de canales).
Pero aquí se plantea un nuevo problema: si el Estado decide que los licenciatarios de los canales de aire retengan una única señal, y se reserva para sí las siete restantes de una misma frecuencia para otorgar otras tantas licencias, esto impediría a las emisoras la futura transmisión en alta definición (HD), que requiere el empleo de la totalidad del ancho de banda, y obviamente esto sólo es posible si los canales disponen de ella. Pero, en ese caso, para los radiodifusores tampoco es una bendición disponer repentinamente de siete señales más, porque se plantearía el problema de los costos: tendrán el mismo ingreso publicitario para mantener no una, sino ocho señales.
Y esto, que se limita al escenario de la televisión de aire (la modalidad más antigua), es apenas la punta del iceberg de lo que será el futuro digital. El «apagón analógico», que en los Estados Unidos se anuncia para febrero del año próximo, dejará «espacios en blanco» inmensos, que serán mayores a medida que en otros territorios cese el mundo analógico.
En los EE.UU. se ha formado una Alianza para la Innovación Inalámbrica formada, entre otros, por punteros tecnológicos como Google, Microsoft, Motorola, Philips, Hewlett-Packard y Dell. Intentan ante el gobierno, a cambio del control publicitario de ese espacio que quedará vacante, anchos de banda de una rapidez y economía tales que dejarían obsoleto al actual modelo de conexión Wi-Fi. Esa nueva autopista se llamaría Wi-Fi 2.0, y su puesta en práctica no deja de producir algunos temores similares al extinto fantasma del 2YK (el miedo tecnológico al nuevo milenio).
Hay quienes dicen que cualquier señal, ya sea televisiva a gran escala como hogareña ( micrófonos inalámbricos y webcams en las PC, por ejemplo) o, inclusive, los recitales de rock, podrían verse interferidos de manera caótica, aunque los mismos patrocinantes de esa autopista digital ya están desde ahora conteniendo esas angustias. El futuro es indetenible.




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