Desde los Estados Unidos, el director del Teatro Colón, Tito Capobianco, renunció ayer a su cargo. Su alejamiento, que en realidad se produjo en los hechos hace algo más de un mes, corona la crítica situación en la que se venía hundiendo el Colón desde principios de esta temporada, como resultado del agravamiento de los conflictos gremiales que, al día de hoy, no se han resuelto más que parcialmente.
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Este diario anticipó ayer, en exclusividad, la inminencia del desenlace, en palabras del secretario de Cultura, Gustavo López: «Esta semana habrá novedades en el Colón», dijo el funcionario. «Hace tiempo que no tengo noticias de Capobianco, y es necesario tomar una decisión.» En una breve carta que le dirigió ayer, el saliente director le escribió a López: «Debo comunicarle que, por razones personales que usted muy bien conoce desde hace mucho tiempo, y de acuerdo con nuestra última conversación telefónica, le presento mi renuncia indeclinable al cargo de director general y artístico del Teatro Colón, efectiva al 30 de junio de 2005. Agradezco a usted y al doctor Aníbal Ibarra la confianza que depositaron en mí. Mil gracias a todos mis leales y honestos colaboradores, a los muchos amigos que me apoyaron en mi gestión y a ese gran público que aceptó y aprobó con aplausos el éxito de nuestros espectáculos».
Esa razón personal a la que alude, oportunamente difundida, es el delicado estado de salud de su esposa Lily, por lo que se vio obligado a permanecer junto a ella en el Estado de Florida en los EE.UU. Y si bien ésa es una realidad por todos conocida, ello no impidió otras especulaciones, dado que desde el momento mismo de su asunción, hace casi exactamente un año (el 16 de junio de 2004), su estado de salud era similar.
Según esas versiones, Capobianco no fue capaz de controlar el embate de los habitualmente duros gremios que controlan el teatro (ATE y Sutegba), y en medio de las confrontaciones se hizo público, a través de la prensa, que su sueldo ascendía a 25.000 pesos, de los cuales 10.000 eran un plus en concepto de «desarraigo». También molestaron las contrataciones de numerosos artistas extranjeros, muchas de ellas, realmente injustificadas, y la postergación de varios y valiosos representantes nacionales. El caso más irritativo fue el del prestigioso régisseur Roberto Oswald, un histórico del Colón, que se quedó por primera vez en décadas sin contrato.
Ayer, el secretario de Cultura López dijo a este diario: «Agradezco al maestro Capobianco su gestión, y por 48 horas no voy a hacer declaraciones. Pasado ese tiempo, tomaremos una determinación sobre el futuro del teatro. Capobianco llegó, es cierto, con muchas ideas; el día de su nombramiento, gracias a su ganado prestigio internacional, llenó la sala principal del teatro. De inmediato, se puso a trabajar en el plan para el centenario de la sala en 2008 (celebración a la que llamaba, curiosamente, el Bicentenario), para el que anunció una medida que dejó helados a los abonados: el cierre del Colón durante un año y medio para refaccionarlo (últimamente no había vuelto a insistir en esa idea, que parecía haber abandonado). También programó una temporada original para este año (pero cuyos elencos, en la práctica, iban siendo cambiados a toda velocidad y cierta improvisación). Su estrella se esfumó rápidamente: «Es agradable y hasta fácil dirigir una ópera como la de Pittsburgh como lo hizo él», dijo una vez un antiguo funcionario del teatro, «pero Capobianco se había olvidado de que estaba en la Argentina».
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