5 de septiembre 2026 - 00:00

Por qué nacen cada vez menos niños en Argentina: las razones detrás de una caída histórica en la natalidad

Si bien disminuyó el deseo de maternar y paternar, la explicación aborda varias aristas en un carácter multidimensional. Relevamientos como los realizados por UNICEF y por la UNFPA, exhiben las principales causas de una baja sin precedentes.

La natalidad najó históricamente en Argentina.

La natalidad najó históricamente en Argentina.

Unicef

Argentina atraviesa una transformación demográfica de una magnitud inédita. En apenas una década, los nacimientos pasaron de 777.012 en 2014 a 413.135 en 2024, una caída del 47%, mientras la tasa de natalidad bajó de 18,2 a 8,9 nacimientos cada mil habitantes. El fenómeno llevó a la fecundidad a los niveles más bajos de la historia nacional y abrió un interrogante que excede largamente al contexto socioeconómico: ¿por qué cada vez menos argentinos tienen hijos, incluso cuando una parte importante todavía desea hacerlo?

El diagnóstico no admite una respuesta única. La precariedad laboral, las dificultades para acceder a una vivienda y el costo de criar un hijo pesan, pero conviven con transformaciones culturales, mayor autonomía reproductiva, postergación de la maternidad, desigualdad en las tareas de cuidado, modificaciones en las relaciones de pareja, nuevas aspiraciones individuales y una percepción más incierta sobre el futuro.

UNICEF sintetizó esa complejidad al advertir que la fecundidad resulta de la combinación entre decisiones personales y condiciones culturales, económicas, institucionales y de organización del cuidado.

El Monitor de UNICEF, con estadísticas vitales de 2024, ubicó la tasa global de fecundidad en 1,5 hijos por mujer, por debajo de los 2,1 necesarios para el reemplazo generacional y cerca del umbral de fecundidad ultrabaja de 1,3. Otros relevamientos y estimaciones más recientes utilizados por UNFPA colocaron el indicador todavía más abajo. Más allá de esa diferencia temporal y metodológica, todas las mediciones describen la misma tendencia: la Argentina ingresó en una etapa de fecundidad extraordinariamente baja.

La caída no empezó solamente con la crisis

Reducir el fenómeno al deterioro económico actual sería tentador, pero insuficiente. Argentina ya era históricamente un país de fecundidad relativamente baja dentro de América Latina, pero lo singular de la última década fue la velocidad del descenso. Desde 2014 se produjo un quiebre que no tuvo antecedentes recientes y que duplicó, aproximadamente, el ritmo de caída global registrado durante las últimas décadas.

Uno de los cambios más importantes ocurrió en la fecundidad adolescente, que cayó a menos de la mitad. Para UNICEF, este proceso constituye una buena noticia porque gran parte de esos embarazos no eran intencionales. El mayor acceso a información y métodos anticonceptivos permitió que numerosas mujeres pudieran decidir mejor cuándo y en qué condiciones tener hijos.

El problema demográfico no surge, por lo tanto, de esa conquista de autonomía, sino de otro fenómeno simultáneo como que la reducción de nacimientos entre los 20 y 29 años no fue compensada suficientemente en edades posteriores.

Mariana Isasi, jefa de Oficina del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en Argentina, remarcó precisamente que el eje debe ponerse en la posibilidad de elegir. “La caída de la natalidad no puede analizarse únicamente a partir de cuántos niños y niñas nacen. También debemos preguntarnos si las personas pueden decidir libremente si quieren tener hijos, cuántos y en qué momento”, sostuvo.

La primera encuesta nacional sobre intenciones reproductivas, realizada por UNFPA junto con Voices!, agregó una pieza fundamental: el 57% de las personas de entre 18 y 45 años todavía no alcanzó la cantidad de hijos que desearía tener si no existieran determinadas limitaciones. La baja natalidad, entonces, no significa simplemente que los argentinos dejaron de querer formar familias.

Para el 65% de la población, tener hijos es parte principal de las condiciones para una vida plena. Es decir, esta idea de salvar todavía está vigente fuertemente en la Argentina. Qué es entonces lo que impide que estas personas puedan completar estos deseos o ideales de maternidad o paternidad”, planteó Isasi.

La economía pesa, pero explica solamente una parte

Las restricciones materiales ocupan un lugar central. De acuerdo con el estudio de UNFPA, el 62% de las razones que impidieron alcanzar el número de hijos deseado estuvo relacionado con condiciones económicas y de cuidado. El 47% mencionó dificultades económicas o financieras, el 29% problemas de desempleo o precariedad laboral y el 27% obstáculos para acceder a una vivienda digna.

“Ahí aparecen como principales cuestiones vinculadas con temas factores materiales y de cuidado. El 62% de los motivos tiene que ver con estas cuestiones. El 47% tenía las limitaciones que tienen que ver con lo económico y financiero. El 29% adjunta al desempleo, a las condiciones de precariedad laboral. El 27% menciona la necesidad de acceso a una vivienda digna. El 11% resalta directamente la falta de opciones de cuidado infantil”, detalló Isasi.

Para el economista Jorge Paz, consultor de UNICEF e investigador del Instituto de Estudios Laborales y del Desarrollo Económico (IELDE), una de las claves está en distinguir entre fecundidad deseada y fecundidad efectiva. Ese desfasaje permite entender por qué sectores diferentes enfrentan obstáculos también diferentes, ya que históricamente, las mujeres de menores niveles socioeconómicos mostraron una mayor posibilidad de tener más hijos que los deseados, mientras que entre aquellas con niveles educativos más altos creció la situación inversa.

La educación amplió la autonomía y la participación laboral femenina, pero las instituciones sociales no evolucionaron a la misma velocidad. El informe de UNICEF advierte que las mujeres incrementaron su presencia educativa y laboral mucho más rápido de lo que cambió la organización doméstica, donde las tareas de crianza continúan recayendo desproporcionadamente sobre ellas. Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo de INDEC, una mujer trabaja, sumando tareas remuneradas y no remuneradas, alrededor de siete horas semanales más que un varón.

Tener un hijo todavía penaliza especialmente a las mujeres

La brecha de género atraviesa prácticamente todas las dimensiones del problema. A las dificultades económicas se les suma una estructura de cuidados que continúa asignando a las mujeres la mayor responsabilidad y políticas laborales que, según los especialistas, no acompañaron las transformaciones familiares.

Gala Díaz Langou, directora del International Panel for Social Progress (IPSP), apuntó directamente a esa desigualdad: “El género atraviesa esta discusión de una manera inesumible. Y hoy tenemos políticas que replican y amplifican estas brechas. Lo de la necesidad de una mayor licencia por paternidad, por ejemplo, es evidente”.

La especialista planteó que la diferencia comienza desde el nacimiento, donde las licencias de maternidad y paternidad continúan siendo profundamente asimétricas y, además, millones de trabajadores informales o independientes quedan afuera de los esquemas tradicionales de protección. Esa distribución inicial repercute después sobre el empleo, los ingresos, las posibilidades de crecimiento profesional y la decisión de tener un segundo hijo.

La elección reproductiva aparece, entonces, vinculada con una pregunta cada vez más concreta: ¿quién cuidará?. Si tener un hijo obliga a interrumpir una carrera, perder ingresos, sostener en soledad gran parte de la crianza o pagar servicios privados inaccesibles, el deseo puede existir y aun así postergarse indefinidamente.

Parejas, digitalización y un creciente individualismo

El relevamiento de UNFPA mostró que el 20% de quienes no concretaron sus proyectos reproductivos señaló que no encontró una pareja adecuada para tener hijos. Esto exhibe que hay otro conjunto de variables menos cuantificables que también modificó la natalidad.

“Me parece que suma un componente distinto para pensar qué está pasando con los vínculos, con las relaciones en este momento en la Argentina, aunque sea algo que también está sucediendo en todo el mundo”, señaló Isasi.

La mayor digitalización de las relaciones, los cambios en las formas de conocer parejas, una menor duración de determinados vínculos y la caída en la frecuencia de relaciones sexuales entre jóvenes forman parte de una transformación más amplia. A eso se suma un mayor nivel de exigencia respecto de la pareja ideal, atravesado también por representaciones construidas en redes sociales.

Al mismo tiempo, tener hijos dejó de funcionar como un mandato automático de la adultez. El estudio de la Universidad Austral mostró que la proporción de personas que vinculó la crianza con la realización personal cayó del 77% en 2015 al 46% en 2025. Entre los jóvenes de 18 a 34 años, solo un tercio realizó esa asociación. Para quienes directamente descartaron tener hijos, la respuesta más extendida no fue económica: el 57,3% sostuvo que simplemente no formaba parte de su proyecto de vida.

Esa modificación conecta la natalidad con un proceso cultural más profundo vinculado la creciente búsqueda de autorrealización individual. Viajar, estudiar, desarrollarse profesionalmente, consumir experiencias, priorizar el ocio y preservar autonomía compiten hoy con un modelo familiar que durante generaciones se presentó como recorrido casi obligatorio.

Además, dicha individualización tampoco está completamente separada de la economía, ya que cuando alcanzar independencia, estabilidad habitacional o desarrollo profesional requiere cada vez más tiempo, la conformación familiar también se desplaza hacia adelante.

Postergar no significa simplemente tener hijos más tarde

La edad del primer hijo constituye otra pieza decisiva, y según explicaron los especialistas, se desplazó aproximadamente desde los 27 hasta los 29 años durante la última década. El problema es que la postergación no derivó luego en una recuperación equivalente del número de nacimientos.

Paz explicó que esa compresión del calendario reproductivo reduce el período disponible para concretar la cantidad de hijos inicialmente deseada y además interactúa con factores biológicos asociados a la fertilidad. Los datos censales también empiezan a mostrar un crecimiento de mujeres que llegan al final de su etapa reproductiva sin hijos.

Así, conviven al menos dos fenómenos diferentes: personas que no desean tener hijos y otras que sí los desean pero terminan teniendo menos de los proyectados. Confundir ambos grupos lleva a diagnósticos equivocados y, sobre todo, a políticas públicas que podrían intentar aumentar nacimientos sin preguntarse primero qué quiere cada persona.

El futuro también pesa en la decisión

La decisión de traer un hijo al mundo implica proyectarse durante décadas. Allí aparecen factores que exceden el salario del próximo mes, como la crisis climática, la incertidumbre política, la transformación tecnológica, guerras, la inseguridad económica y la dificultades para imaginar una mejora sostenida de las condiciones de vida, entre otras cosas.

Díaz Langou ubicó esa percepción del futuro entre los cuatro grandes componentes del fenómeno junto con el acceso a tecnologías reproductivas y anticonceptivas, las restricciones económicas y la transformación de los vínculos sociales. Para la especialista, el crecimiento del individualismo, los hogares unipersonales y la menor estabilidad de las parejas también intervienen en la decisión reproductiva.

La incertidumbre puede combinarse además con ansiedad, sensación de insuficiencia y dudas acerca de la propia capacidad para asumir una maternidad o paternidad. Sin embargo, los informes aportados no permiten establecer una relación causal entre la caída de la natalidad y fenómenos de salud mental, por lo que esa asociación requeriría evidencia específica antes de presentarse como explicación.

Menos nacimientos no significa menos problemas

La transformación ya obliga a mirar más allá de las causas. Según las proyecciones recogidas por UNICEF, hacia 2036 Argentina podría tener casi un millón menos de niñas y niños que en la actualidad. Si la fecundidad permanece alrededor de 1,3-1,5 hijos por mujer y no aparece una recuperación en edades posteriores, la reducción podría consolidarse.

Eso implicará menos presión cuantitativa sobre algunas escuelas, servicios pediátricos o espacios de cuidado, pero no necesariamente menores necesidades. Si los nacimientos se reducen principalmente entre sectores medios y altos mientras permanecen relativamente elevados en hogares vulnerables, la infancia futura podría ser más pequeña pero encontrarse proporcionalmente más concentrada en contextos de privación.

Por eso, tanto UNICEF como UNFPA rechazan que la respuesta pase simplemente por convencer a la población de tener más hijos. La discusión está en garantizar autonomía para quienes no desean hacerlo y, al mismo tiempo, remover los obstáculos que impiden concretar el proyecto familiar de quienes sí quieren.

Mejoraas en el acceso a la vivienda, empleo estable, ingresos, cuidados, licencias más equitativas, salud reproductiva y políticas capaces de reducir la penalización económica de la crianza, entablarían un inicio para cambiar las cifras.

Como resumió Isasi, “Esto va a continuar. Un poco la propuesta que venimos haciendo desde el Fondo de Población de Naciones Unidas es poder mirar qué es lo que está pasando para la idea de resiliencia demográfica. ¿Cómo nos adaptamos a estas cuestiones que ya vienen sucediendo?”.

La caída de la natalidad no parece, entonces, el resultado de una generación que simplemente dejó de querer hijos. Es la expresión demográfica de una sociedad donde cambiaron al mismo tiempo la economía, el lugar de las mujeres, las relaciones, los proyectos personales, la tecnología, las expectativas sobre la crianza y hasta la confianza en el futuro. Entender esa multidimensionalidad es el primer paso para evitar respuestas simples frente a uno de los cambios sociales más profundos que atraviesa Argentina.

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