Wolfe: "En EE.UU. no supieron leer a Borges"

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El novelista Tom Wolfe, seguramente uno de los más notables de los Estados Unidos, visita desde hoy -invitado por su embajada- la Argentina, país del que tiene referencias por su pasión por la música de Astor Piazzolla y la influencia -para él inconveniente- de Jorge Luis Borges en los escritores de su país. En un extenso diálogo que mantuvo ayer con este diario antes de subir al avión, el autor de «La hoguera de las vanidades» reflexiona sobre el futuro de la novela, su relación con el periodismo y la necesidad que ve en la literatura de recuperar su tradición realista. También cargó, como ha hecho en ensayos y artículos periodísticos, contra el «establishment» cultural de los Estados Unidos, al que ve comprometido con lo que llama el «marxismo rococó», habló de su próxima novela sobre la inmigración en Miami («Back to Blood», aparece el año que viene y recibió u$s 7 millones de adelanto por derechos de autor) y se declaró escéptico sobre las posibilidades cinematográficas de sus novelas. Reconocido como periodista, se hizo famoso en el mundo por la versión al cine de «La hoguera de las vanidades» y por la exitosa novela «Todo un hombre». Espera ahora el film sobre su última obra «Soy Charlotte Simmons», dedicada al mundo universitario. Wolfe se abocó la mayor parte de su vida al periodismo y ha escrito hasta ahora tres novelas, género que comenzó a practicar después de los 50 años y de consagrarse como el teórico del «nuevo periodismo» en su país, una manera de escribir historias en diarios inspirándola en la manera de escribir ficción. Aquí lo más importante de ese diálogo.

Periodista: ¿Usted estuvo antes en la Argentina?

Tom Wolfe: Sí, estuve en 2005; venía de una feria del libro en Brasil, en Rio de Janeiro. Estaba tan cerca de la Argentina que no pude resistir venir a Buenos Aires a escuchar la música de Astor Piazzolla.

P.: ¿De dónde le nació ese gusto por Piazzolla, que parece algo tan argentino?

T.W.: Me regalaron un CD que se titulaba algo así como «Tangos con amigos» («Tangos Among Friends», 1996), creo que fue Daniel Baremboin donde él tocaba su música. Pero Piazzolla me pareció el mejor de todos ellos. Después alguien me envió otro CD titulado «Astor Piazzolla en Central Park». Había dado un concierto allí a finales de los 80. No lo había escuchado ni, por supuesto, había ido a ese recital. Es un concierto maravilloso. Desde entonces me agarró una obsesión por Piazzolla. Creo que hace lo que los compositores estadounidenses debieron hacer y nunca lo lograron.

P.: ¿Usted es un aficionado a la música, tiene oído para ese arte?

T.W.: ¡No! Nunca estuve atraído antes por ningún compositor en particular.

P.: Ha declarado la muerte de la novela actual por su falta de realismo.

T.W.: Sí, pero déjeme primero hablarle de la novela en los Estados Unidos. Este país tuvo un gran período de este género. Comenzó en el 1900 con Theodore Dreiser, autor de «Sister Carrie» y terminó treinta años más tarde con la publicación de «Viñas de ira», de John Steinbeck. En esos años escribieron Ernest Hemingway, William Faulkner, Sinclair Lewis, Scott Fitzgerald. Fueron los más grandes, y era todos realistas. Fue el primer período de la literatura de los Estados Unidos que, por ejemplo, interesó en Europa, con la tremenda influencia de un John Dos Passos.

P:. ¿Ahí terminó todo?

T.W.:
Después de la Segunda Guerra Mundial el «establishment» literario de mi país descubrió lo que se estaba escribiendo en Francia. Usted sabe, en mi país hay gente que sigue como mascotas todo lo que se hace en Europa, en Francia. Por ejemplo, se ha idolatrado a Jacques Derrida y el deconstruccionismo.

Cuando en realidad uno va a Francia, dice «Derrida», le responden: «Ah, sí hay un tipo que se llama así». Mientras que en mi país es un gran personaje. Es curioso, pasa con los filósofos, con los psicólogos, pero no ocurre con la economía o con los militares, esta influencia de la cultura mediterránea. Todavía seguimos siendo colonizados.

P.: En su última novela «Soy Charlotte Simmons», usted describe a un profesor dando clase sobre la pelea entre conductistas y freudianos.

T.W.: Claro, porque eso se refleja mucho en los círculos académicos.

P.: En la novela el correlato es la escritura sin historia.

T.W.: Sí, hay una influencia de Borges entre nuestros novelistas jóvenes. Pero, no han tomado como puntos fundamentales, los más fuertes de su obra. Y eso los ha llevado a no escribir sobre los Estados Unidos. Eso nunca sucedió antes. ¿Sabe lo que pasa? Steinbeck no fue a la universidad, Hemingway tampoco. Si uno suma o combina sus años de educación formal, no llegarían al primer año de la universidad (ríe). Hoy, los novelistas son graduados de programas universitarios de Bellas Artes, salen de programas de escritura creativa, de talleres, con una poderosa tendencia antirrealista.

P.: ¿De dónde les viene esa inclinación?

T.W.: Es que tampoco es la tradición francesa, que es la de la novela realista. Yo creo que con mi obra estoy, en cambio, en la dirección correcta.

P.: Sin embargo usted tiene formación universitaria, estudio literatura en Yale. ¿Qué lo salvo? ¿El periodismo?

T.W.: Yo soy periodista de corazón. Por eso puedo escribir novelas realistas. Mi ídolo literario es Emile Zolá, que se dedicó a mirar su mundo, a diversas actividades de su tiempo, la industria, por ejemplo, y en sus novelas representó lo mejor que pudo la Francia que él vivió, las guerras, las conductas sociales. Escribió «La débacle» («La derrota», 1892) sobre la Comuna y la guerra franco-prusiana. Escribió «La Terre» («La Tierra», 1887). Su primer gran éxito fue «L'Assommoir» («La Taberna», 1877). Era un observador que escribía del campo, pero que nunca había vivido en el campo. Se informaba de todo. Escribió «Germinal» (1885) sobre el trabajo en las minas en Francia. No se llamaba a sí mismo un periodista sino «documentalista». Pasaba mucho tiempo inmerso en la búsqueda de documentación para lo que escribía.

P.: Cuando usted sanciona la muerte de la novela y el triunfo del periodismo, ¿no le pide al periodismo que también reemplace la función de entretener que tiene la novela?

T.W.: Es claro que la primera misión de un novelista es entretener al lector. Es algo fácil de definir; cualquier cosa que le haga pasar el tiempo placenteramente sin esfuerzo físico, es entretenimiento. Eso pasa con todos los temas. Mire a Tolstoi, que escribe «Ana Karenina» y es un libro muy entretenido, pese a que es un texto muy complejo. Pero, hasta quien escribe sobre alguna teoría tiene que ser entretenido.

P.: Le preguntaba si entretener como las novelas no afectará al periodismo.

T.W.: Entretener o de alguna manera recompensar al lector es parte de lo que se escribe. Cuando yo escribía para el «Herald Tribune», que es uno de los diarios en los cuales trabajé, cuando comencé le pregunté a mi editor qué cantidad de líneas quería que escribiese sobre un tema. Me respondió: preocupate sólo de que no sea aburrido (ríe). Muchas veces el periodismo da por descontado que logra el interés del público. Y no es tan así. Si uno mira los suplementos literarios de los domingos y ve la cantidad de palabras que repiten en cada nota, se da cuenta de lo monótonos que son. En cualquier cosa que escribo, lo primero de lo que me ocupo es de atraer la atención del lector.

P.: Si uno mira en perspectiva sus ensayos y artículos de crítica al « establishment» cultural de su país de los últimos, digamos, veinte años, ¿no cree que ganó una batalla?

T.W.: Creo que las personas acerca de las cuales yo he escrito se resistirán a admitirlo (ríe). Muchos se sienten seguidores de Zolá, que -como usted sabe- fue famoso por sus novelas, pero también por su debate sobre el caso Dreyfuss (militar judío acusado de espionaje a favor de Alemania en 1898). El intelectual de este tipo, el que vive de lo que escribe, no existía hasta que estalló el caso Dreyfuss, en el cual Zolá defendió su inocencia. Con este caso, un novelista popular se convirtió en un intelectual, término que hasta entonces sólo se usaba para designar a un académico. Eso dio origen a un modelo, fue la manera en que un escritor adquirió renombre social para protestar contra el gobierno. De eso se trata. Era una forma en que expresaba su indignación.

P.: ¿A qué llama indignación, que puede ser una actitud legítima?

T.W.: Marshall Mac Luhan, el experto en medios, decía que «la indignación moral es una técnica que se usa para dotar de dignidad a un idiota». Y yo veo cómo ejercen muchos intelectuales la indignación. Suelen mirar todo desde la cima de un Parnaso hacia abajo. No necesitan mezclarse con el resto, con los burgueses. Es una actitud muy ventajosa mirar hacia abajo a todos como corruptos, que hacen acuerdos, que establecen redes para vivir. Yo escribí hace algún tiempo sobre lo que llamo los «marxistas rococó», que es lo que caracteriza a muchos intelectuales de mi país cuando hablan de totalitarismo, capitalismo, cosas que son consideradas vulgares. La máxima alegría de los intelectuales marxistas de este tipo no ha sido cambiar el mundo, sino conformarse con la protesta indignada. Pasa lo mismo con algunos «verdes», que protestan por el ambiente, pero en el fondo lo hacen contra el capitalismo, aunque no usen esa palabra como los marxistas. El experimento marxista duró 70 años, desde 1917 hasta 1989, cuando cayó el muro de Berlín, pero quedan los marxistas rococó.

P.: En nuestros países se le atribuye al escritor un compromiso importante con la política. ¿Usted cree tener que cumplir algún rol en política?

T.W.: No creo que tenga nada que ver con la política. Nunca he querido escribir sobre política. La razón es que los Estados Unidos es un país tan estable que es aburrido escribir sobre política. El gobierno de mi país es como un tren en su riel, tironeado a un lado por la izquierda, y para el otro por la derecha. Pero, nadie puede cambiar el rumbo de un tren. Por ejemplo, Ronald Reagan dijo al asumir que iba a eliminar el Ministerio de Educación. Cuando terminaban sus ocho años de gobierno ese ministerio tenía el presupuesto más alto de su historia. Del mismo modo, Bill Clinton al asumir dijo que iba a cambiar por completo el sistema de salud pública. Y no hizo absolutamente nada con eso. ¡El tren está sobre sus rieles y nadie puede cambiar el rumbo!

P.: Usted está escribiendo una novela sobre la inmigración en Miami. ¿Qué le interesa de esa frontera de su país?

T.W.: Me interesó siempre Estados Unidos como país de inmigrantes, pero nunca había abordado una ciudad como Miami, que es muy interesante como único caso en donde más de la mitad de la población pertenece a una inmigración reciente, de los últimos 50 años, controlada políticamente por cubanos, que vienen de un país extranjero, con una lengua diferente, que tienen una cultura diferente. Les ha llevado hacerlo 30 años, sólo por el sistema electoral de Estados Unidos. Es un país maravilloso que permite esto de que con el voto se pueda alcanzar el poder en estas condiciones. Creo que no ocurre en ningún otro lugar del mundo. Y no sólo hay cubanos, hay nicaragüenses, asiáticos. De todo.

P.: ¿Cuándo sale la novela?

T.W.: Para el otoño boreal del próximo año.

P.: Su última novela «Soy Charlotte Simmons» va al cine.

T.W.: Sí, lo acabo de leer en «The Hollywood Reporter». Han terminado ya el libreto, y están para empezar la filmación. Hablan de varios directores.

P.: ¿Le gustó la versión al cine que hicieron de «La hoguera de las vanidades?

T.W.: En su momento omití hacer críticas negativas porque tenía todavía que cobrar el cheque (ríe). La dirigió Brian de Palma, quien dijo que fue un gran error, y tengo que coincidir. Me llevaron a una función privada con unas setenta y cinco personas. Me sentaron muy adelante, que no es muy cómodo. Cuando terminó le dije al oído a mi mujer: «¿Esta película es tan mala como creo?». Me respondió: «Sí», (ríe). Menos mal que estábamos en la fila de adelante y la gente al salir no me podía ver y decirme qué opinaba. Pero, en los Estados Unidos importa lo que diga el productor, no el director.

P.: ¿Ud. intentará controlar la película sobre su última novela?

T.W.: De ninguna manera. Nunca me interesó hacerlo con films que se han hecho sobre mis libros porque es casi imposible. A menos que uno haga como Larry Mac Murtry («Secreto de la montaña», «Paloma solitaria»), que hace la novela, pero además escribe el guión. Yo nunca he querido hacerlo, pero no hay problema: nunca nadie le echa la culpa al novelista si la versión es mala.

P.: Sobre las artesanías de la escritura, ¿cómo escribe?

T.W.: Escribo a mi manera, en una máquina de escribir y corrijo a mano. Escribo diez páginas a triple espacio por día de mis novelas. Cuando termino, dedico el resto a otras cosas. En la máquina de escribir uno no puede corregir con facilidad, sigue escribiendo hasta terminar las diez páginas. Con la computadora uno puede corregir, gasta tiempo y además no tiene mucha conciencia de la medida que le dan, por ejemplo, las diez páginas. Después viene la computadora. Pero en una de mis últimas novelas me rompí un dedo y tuve que escribirla a mano. No estuvo mal.

Entrevista de Ignacio Zuleta

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