Por reflejar con destreza y humor la situación de sociedades cada vez más longevas y cada vez más hostiles con la gente mayor en su tragicómica novela “Cien cuyes”, el peruano Gustavo Rodríguez recibió el Premio Alfaguara 2023, dotado de 175.000 dólares. Rodríguez, que lleva publicadas ocho novelas, cuentos y ensayos, estuvo en Buenos Aires presentando su obra y dialogamos con él.
“Cien cuyes”, o la guerra del cerdo en el siglo XXI
Diálogo con el narrador peruano Gustavo Rodríguez, ganador del premio Alfaguara por su tragicómica novela sobre la situación de los longevos.
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Periodista: ¿Mezclar humor y empatía fue su clave para hablar del final de la vida?
Gustavo Rodríguez: El humor me vino muy bien para “Cien cuyes” que trata temas densos, oscuros. Desde pequeño ha sido una herramienta para navegar en aguas conflictivas. Fui un niño lector, tímido, mal futbolista, nada peleón, y mi humor prendía en mis compañeros; de otro modo hubiera sido el punto de la clase. Me ha servido para conquistar chicas y salir de situaciones complicadas. Así como me ha servido en la vida, me ha servido en la literatura. Humor y ternura han sido una constante en muchas de mis novelas.
P.: ¿Qué lo llevó a escribir sus novelas?
G.R.: Las fui escribiendo conforme a preguntas vitales que me iban surgiendo. En “La furia de Aquiles”, mi primera novela, traté de explicarme cosas de mi adolescencia, los primeros amigos, los primeros romances, qué hacer al terminar la escuela. Es una típica novela de aprendizaje. Luego he ido escribiendo sobre la vida de los casados, la pérdida del padre, cómo criar mujeres en una sociedad machista, hasta “Cien cuyes” donde me pregunto de mi vejez, qué será sentir lo que sienten mis padres, mis mentores, la gente que tanto ha nutrido mi vida.
P.: ¿Siempre parte de un interrogante personal?
G.R.: Siempre he usado la escritura para entender las situaciones conflictivas de mi pasado o de mi presente. Uso personajes para hacerme las preguntas necesarias. Con “Cien cuyes” es la primera vez que me hago preguntas para entender qué va a ser mi futuro. Me empezaban a tocar desmoronamientos, muertes de padres, familiares y mentores, tan fuertes en el pasado, a los que le brindo homenaje. Mi universidad han sido esos mayores que me han transmitido su sabiduría generosamente. Este libro me ayudó a entender lo que me espera en el envejecimiento, y a agradecerles. El reto de retratar la vejez se debe a que observé ese proceso en mi abuela, en mi madre que ya languidece, en mi suegro con su muerte. Todo escritor es antes de nada un lector; pero antes, debe ser un observador, más aún si se escribe ficción. Con la herramienta de la observación que me atreví a contar estas historias.
P.: ¿Cómo hace aparecer el tema de la eutanasia?
G.R.: Un hecho clave me ayudó a cerrar el argumento de la novela. Antes de escribir “Cien cuyes”, ya tenía el tema de la muerte como proceso natural y la necesidad de naturalizar ese hecho. Tengo un libro infantil sobre como naturalizarla, pero fue la muerte de mi suegro, a cuya memoria dedico la novela, lo que me llevó a escribir. Fue un médico que tuvo una vida muy discreta, elegante. En la novela hay doce personajes y el único que se basa en la línea de verdad descriptiva es Jack Harrison. El resto son mezclas de entidades que habitan mi cabeza. Harrison es un personaje troncal porque creo que su vida, a pesar de su sedentarismo y discreción, va a tener repercusiones en generaciones futuras.
P.: ¿Cómo surgen los otros personajes?
G.R.: Para que la novela fuera ágil y retara al lector necesitaba distintos perfiles. Así diseñé dos que ante la muerte dicen: quiero que el árbitro toque el fin del partido y que esto acabe, otros son vitales en la medida que se sienten acompañados y pueden conversar sus cosas, tienen ganas de seguir. Y no deja de aparecer el ¿hasta qué punto es bueno alargar la vida si no va a tener calidad, si en el último tramo no va a haber disfrute?
P.: ¿Cómo se siente en una tradición donde están Vargas Llosa y Ribeyro?
G.R.: Cuando recuerdo mis primeros escritos, me veo como un joven que tiene que tratar de demostrar que es un escritor, y que está en esa tradición que las sociedades conservadoras consideran que es la cultura, la libresca y la de los pedestales. Con el tiempo me he ido dando cuenta que, así como los libros me han formado las películas, la televisión y la música que hizo a mi educación sentimental. Me siento descendiente de la rica tradición literaria peruana, y no soy parricida. Los que estamos en ese caudal rompemos un poco con la tradición, pero honramos a nuestros antecesores. Ribeyro es el escritor que más me ha influido. Me gustaría tener su humor irónico. De él aprendí que escribir simple puede ser lo más difícil del mundo, y a circunscribirme al lugar que mejor conozco, Lima. Algo que él hacía con maestría, como Vargas Llosa. Pero ellos describieron una Lima de 70 años atrás, que no se parece a la Lima de hoy, que ha vivido muchas migración interna y externa desde entonces. Y el cogollo del poder mantiene una ignorancia y cierta falta de respeto a las demandas de lo que no sea su Lima, a pesar de que Lima se ha vuelto socialmente un resumen del país. Es inmensamente rica culturalmente gracias a la migración de todos los lugares del Perú que confluyen en ella, y desoye las demandas de las regiones que la han hecho rica. Políticamente hay ahí un desfase que una cierta élite mayormente “occidental y blanca” mantiene desde hace siglos. Una élite limeña asustada por la llegada de la turba. Eso se vivió hace 200 años cuando se decía que venían los bárbaros de las provincias a unirse a San Martín y a proclamar la independencia.
P.: ¿En qué está ahora?
G.R.: “Cien cuyes” confirma que mi camino sigue siendo la mirada desde la ternura condimentada con el humor. Voy a reescribir una novela que tengo en un cajón, bajo esa impronta.




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