21 de agosto 2022 - 00:00

Milo Lockett y una vuelta por el Miloverso

Milo Lockett desarrolló una colección de piezas digitales NFT. De qué se trata el proyecto y dónde se vende. Qué busca con esta innovación artística.

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Vila Terra es un centro comercial muy bonito, a pocas cuadras del ramal Escobar de la ruta 9, altura Maschwitz, aunque pertenece al partido de Tigre. En el primer piso, el taller de Milo Lockett ocupa la superficie de dos locales, completamente vidriados. A las 10, con el sol que embellece la mañana, el hombre está pintando, tal como se lo indica su cultura de trabajo, que lo empuja a meterse a crear todos los días, sin falta, salvo que esté de viaje.

Para alguien que jamás pisó un atelier, el olor de las pinturas y los bastidores y la mezcla de colores y tramas en un lugar espacioso, lleno de obras listas para ser entregadas, obliga a usar el tacto y el olfato.

Porque, aunque Milo Lockett se dedique al arte pictórico, a las imágenes, como a las cosas en general, hay que tocarlas y olerlas para percibirlas. Así que mientras acepto un café, camino, me acerco todo lo que puedo a un cuadro enorme en el que hay mil hombrecitos color gris, dibujados con trazo casi infantil, rodeando el rostro marrón y descentrado que se destaca en la tela.

¿Por qué no está en el centro, esa figura que predomina en la imagen? Porque a Milo no le gusta la perfección, y ese detalle le confiere carácter a la obra. El mundo y la vida no son perfectos, me explica él, así que no hay por qué intentar representaciones de una perfección que la realidad no ofrece.

¿Será así también en el Miloverso, su proyecto tecnológico de elefantes convertidos en NFT’s?

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Periodista: ¿Cuál es tu relación con la tecnología, o cómo era ese vínculo, hasta que te zambulliste en el mundo del arte digital?

Milo Lockett: Vos sabés que, en general, a mí me resuelven todo. Yo tengo un equipo de personas que se ocupan de responder mensajes, de las redes, del sitio web… porque a mí no me da el tiempo. Por suerte, tengo obras vendidas a cuarenta días, entonces yo tengo que pintar y pintar.

Así que, aunque te parezca mentira, y supongo que también por mi edad, yo no escribo de corrido en WhatsApp, ni en la computadora -se ríe. Y ya muchos me habían ofrecido hacer cosas en el entorno virtual, pero no me convencía la manera. O sea, yo no pretendo que lo principal del proyecto sea vender los NFT, y verle el costado únicamente comercial, porque me va bien con las pinturas.

Por eso me gustó la propuesta de Guillermo Mutis, que lo encaró diferente, pensando en un trabajo por etapas, en el que hiciéramos algo en tres dimensiones, o sea, que no fuera una foto pegada, plana, en una pantalla. Ahí me enganché, me fueron explicando, ¡y ahora se me abrió un mundo!

P.: ¿Crear estos elefantes para el mundo virtual te cambió la forma de encarar el arte?

Milo Lockett: No, yo creo que me enriqueció, porque así pienso las herramientas tecnológicas. Uno tiene que entender que cada tiempo tiene su lenguaje, y las pantallas son el lenguaje de hoy. Entonces, me encantó trabajar en equipo, cosa que igual siempre hago.

Pero en este caso armamos un grupo de once personas, con artistas digitales incluso de otros países, y yo estoy pensando en que este sea el principio de una comunidad. Lo que más me interesa es que ya ahora, antes de que las obras estén a la venta, cuando presentamos algunos elefantes en plataformas, por ejemplo, de México, o España, la gente se engancha muchísimo, y hasta me preguntan cómo hay que hacer para comprarse un elefante. ¡Eso me mata! -admite con fascinación- porque los ven tan reales que piensan que están hechos físicamente, y los quieren tener en su casa.

Cómo se hicieron los elefantes

Guillermo Mutis, de la agencia digital The Collections, fue quien le acercó a Milo la idea: desarrollar una colección de piezas digitales que se conviertan en Non-Fungible Tokens y estuvieran bajo un paraguas conceptual. Así nació el Miloverso.

“Milo hizo mapas a mano de cada pieza -explica Mutis- y con eso, nosotros trabajamos con Massless -un equipo de artistas digitales con base en Gran Bretaña- y se sumaron Facundo Sueiro y Carlos Serrano de Neo DG para darle forma 3D a cada elefante y las particularidades que se ven en las imágenes”.

Las primeras piezas van a venderse desde el sitio web de Milo, pero luego, subidas a sitios específicos como Open Sea, pasarán a la etapa de ‘minteo’: una vez que se agota la venta de una colección, se llama mintear a acuñar, fraguar una pieza (generalmente, desde la óptica castellana, una moneda) para que se pueda vender con la autenticidad y unicidad propia de las obras de arte.

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En la charla con Mutis, algo aparece con total claridad: “Para mí, Milo es claramente un artista Web 3, por la cantidad de obras que produce, por lo masivo que es. Aunque ni él ni nosotros lo supiéramos, nació Web 3. No es esa clase de pintores que están alejados del mundo. A Milo la gente lo quiere y él se deja querer”.

Milo Lockett se define como “un laburante”. De hecho, para empezar a grabar la mañana en que lo visité en su taller, tuve que interrumpirlo. Su pasión por lo que hace lo envuelve, y en algunas imágenes captadas por el equipo que lidera Guillermo se puede observar esa simbiosis entre artista y obra en proceso.

Pero al mismo tiempo, su intención de acercarse al público permanentemente tiene que ver con las comunidades tipo DAO – autónomas, descentralizadas, colaborativas- que surgen sobre Blockchain.

“Bueno, de hecho escuchando a la gente empezamos a pensar en cómo fabricar elefantes físicos, imprimiéndolos en 3D, para que Milo los intervenga y quienes pidieron tenerlos en sus manos, lo puedan hacer. Eso es lo fabuloso de este proyecto” remata Mutis.

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P.: Suele haber controversias sobre si el arte debe volverse masivo, cómo y por qué. ¿A vos no te hizo ruido eso?

Milo Lockett: Mirá, yo siempre creí que el arte no debe ser de elite. Es algo que venimos discutiendo hace décadas, y ha quedado obsoleto (…) además, hoy todo tiene arte y diseño. Es difícil ver algo en este mundo, que no tenga un aspecto estético…

P.: Claro, pero se supone que si la creación de un artista aparece en todas partes, se pierde esa condición de obra elevada…

Milo Lockett: Sí, pero aunque está bueno que la obra de arte sea ese objeto único e irrepetible del que siempre hablamos, también está bueno que esa creación aparezca aplicada a objetos cotidianos, que baje al mundo de las cosas comunes, porque entonces cobra otro alcance. En los noventa, los museos europeos estaban casi todos vacíos y lo que hizo que la gente los llenara fueron los drugstores de arte -se ríe. ¡Es increíble, pero en un momento la gente iba al drugstore que estaba en la entrada, como primera intención, y después veía si entraba al museo!

Hay que pensar en nuestro tiempo. A lo mejor, antes el arte tenía un determinado rol en la sociedad. Hoy, el arte tiene que estar al alcance de todas las personas. Creo que es un derecho universal.

Otra cosa, las redes sociales nos permiten, de pronto, expandirnos a niveles que nunca habíamos imaginado. Y ellas son el lenguaje de nuestro tiempo. ¡Subís un cuadro y lo ven en Europa, Estados Unidos y cualquier otro lugar del mundo al mismo tiempo! Y además pueden decirte ’me gusta’ o ‘no me gusta’. Eso para un artista también es algo completamente nuevo y democrático.

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Las formas en que la tecnología permea la sociedad son, por lo general, desconocidas incluso para los tecnólogos. En ese sentido, si bien hoy todavía no queda del todo claro el valor y los posibles usos de un token de arte digital (su valor fluctúa con los vaivenes de las criptomonedas, por ejemplo) la buena noticia es que, paradójicamente, no hay nada más esencialmente humano que la innovación tecnológica.

Milo lo entendió aún sintiéndose “un hombre de Cromañón”. Quizá porque sus cuatro hijos, incluyendo a la más pequeña, de tres años, le resultan balizas que indican la experiencia digital del mundo de hoy. O, a lo mejor, porque su aproximación estética al mundo le simplifica lo que nosotros, en ocasiones, complicamos demasiado.

Después de todo, para Milo Lockett (un artista autodidacta que no para de crear, después de fundirse más de una vez en la búsqueda de su propio camino) lo único que importa es hacer lo que siente y que a la gente le guste.

“Las tecnologías -reflexiona el hombre cuyos cuadros aman los niños- nunca van a reemplazar a las personas. Son herramientas, nos simplifican la vida, nos ayudan, pero nada más”.

Así de sencillo. El Miloverso es una nueva oportunidad para que un espíritu inquieto se siga divirtiendo. Qué bueno que podamos disfrutarlo.

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