Miguel Rothschild: las cúpulas como el lenguaje de lo religioso

Espectáculos

El artista, radicado en Berlín desde hace 30 años, presentó en la galería Ruth Benzacar la muestra "La eternidad de la noche", en la que vuelve a su tema dominante.

La semana pasada, la galería Ruth Benzacar presentó “La eternidad de la noche”, una nueva exhibición de Miguel Rothschild (1963). Radicado en Berlín desde hace más de 30 años, el artista vuelve sobre la religión, tema que trabaja con mayor o menor intensidad desde hace décadas. En la muestra actual presenta la bella arquitectura de las cúpulas góticas realizadas en vidrio y con procedimientos inusuales. La transparencia del material posibilita la visión de un cielo estrellado a través de todas las cúpulas. En una aguja de una catedral gótica, acaso la obra más llamativa y cristalina, se destaca el diseño de las estrellas en los pequeños estallidos del vidrio lastimado a martillazos. En la obscuridad de “la noche” que menciona el título, los haces de luz cortan la sombra y generan reflejos y resplandores que acentúan el brillo de las estrellas y que se reiteran en otra cúpula redondeada, pero también facetada y radiante.

Durante un diálogo con el artista sobre las imponentes iglesias y catedrales de Alemania y, sobre el efecto que le procura a la gente el encuentro con la estética de lo sagrado llevado a su máxima expresión, cuando ingresa en esos espacios imponentes, colmados de solemnidad, Rothschild asocia el sentimiento de la fe religiosa con la fe que le inspira el arte. De este modo, ubica en una misma dimensión el arte y la religión, lo natural y lo sobrenatural, las cuestiones visibles, como las cúpulas estrelladas de su propia invención, y las invisibles, del orden espiritual. Este parece ser el secreto poético de su arte. El gótico traza un camino hacia lo divino, las formas verticales y bellas de la arquitectura aspiran a trascender este mundo. Pero se trata de una belleza que pronto va a desligarse del compromiso religioso para volverse casi puramente estética. La escritora María Cecilia Barbetta, también radicada en Alemania y conocedora de la trayectoria y las búsquedas del artista, observa: “Parece que Rothschild leyó a los románticos; se intuye que está marcado por quienes se aferraron a la religión de forma estética no preocupándose por contradicciones, ya que en ellas descubrieron, nada más ni nada menos, que la belleza del misterio. ¿Será acaso este espíritu romántico lo que a modo de motor impulsa la creación de tantas bienaventuranzas? Rothschild sabrá y, claro, Dios dirá”.

Atracción visual

En las obras de Rothschild, si bien los aspectos conceptuales resultan determinantes, la atracción visual ocupa un lugar especial. Difícilmente sus obras se borren de la memoria del espectador. Desde el pasado surge el recuerdo de la serie de lugares donde escribió la palabra “Paraíso” . Y nada cuesta evocar la encrespada marea que inundó la gran sala de Benzacar con las turbulencias de un diluvio. Un desafío del diseño.

Hoy, unas obras con el conservador formato de cuadros enmarcados, replican en vidrio cortado al sesgo con bordes muy filosos, el dibujo de las rosetas de algunas bóvedas de catedrales, iglesias y monasterios. Los recortes se superponen a un vidrio blindado y desde el fondo de la obra aparece “La eternidad de la Noche”, la imagen de los cielos estrellados.

Desde que llegó a Berlín, en 1991, Rothschild ha ganado numerosos premios, becas y residencias en Alemania, Italia y EE.UU., pero nunca dejó de mostrar su obra en la Argentina. Además, ha realizado numerosas exhibiciones y publicó varios libros con la misma vocación estetizante, de factura exquisita.

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