4 de mayo 2007 - 00:00

Candidato a la norteamericana

Candidato a la norteamericana
Paris - Abanderado de los valores de «trabajo», «mérito», «respeto» y «autoridad»; autoproclamado «candidato del pueblo» en la recta final de la campaña, el hiperactivo y voluntarista Nicolas Sarkozy espera alcanzar este domingo el sueño de su vida: la presidencia de Francia.

Como su rival socialista, Ségolène Royal, el líder de la conservadora Unión por un Movimiento Popular (UMP), y apóstol de una «derecha republicana» sin complejos, encarna, a sus 52 años, una nueva generación y libra su primera competencia presidencial, culminación de tres décadas en la política.

Hijo de un aristócrata húngaro refugiado en Francia a finales de la Segunda Guerra Mundial y nieto, por el lado materno, de un judío de Salónica -lo que dio pie al ultraderechista Jean-Marie Le Pen para negarle el derecho de aspirar a la jefatura de Estado-, Sarkozy dice que quiere devolverle a Francia todo lo que ésta le ha dado.

  • Urgencias

  • Abogado y diplomado en Ciencias Políticas, este hombre con prisas, se adhiere en 1974 a la gaullista UDR y en 1976 a su sucesora, el RPR del actual presidente saliente francés, Jacques Chirac. Elegido a los 28 años alcalde de Neuilly-sur-Seine, localidad selecta de las afueras de París, y diputado a los 33, fue ministro de Presupuesto a los 38 en el gobierno de Edouard Balladur.

    En las Presidenciales de 1995, apostó por Balladur contra Chirac, un error que pagaría con una larga travesía del desierto. Sarkozy, que se había introducido en el círculo privado del entonces alcalde de París, pasó de ser «el pequeño Nicolas» al « pequeño traidor» para el clan Chirac.

    En 2002, después de la reelección de Chirac, por la que «mojó la camisa», volvió al gobierno. Primero, como ministro de Interior, donde su lucha contra la delincuencia y la inmigración ilegal lo convirtieron en el político más popular de la derecha y luego, como titular de Finanzas, hasta que en 2004 tomó las riendas de la UMP, creada en 2002 por Chirac y que debía servir para impulsar a su delfín Alain Juppé al Elíseo.

    Sarkozy derrotó las maniobras de los seguidores de Chirac de la primera encarnación del frente «Todo Salvo Sarkozy» e hizo de la UMP una poderosa maquinaria al servicio de su ambición presidencial.

    Tras el «no» de los franceses a la Constitución europea en 2005, Chirac no tuvo más remedio que recuperarlo para el gobierno como ministro de Interior. A finales de marzo, Chirac dio su frío apoyo a Sarkozy para tratar de sucederlo en el Elíseo. Su esposa, Bernadette, lo acompañó en un mitin antes de la primera ronda de las presidenciales.

    Amenazado por un nuevo frente «Todo Salvo Sarkozy» de izquierda, en el que engloba a supervivientes o herederos de la ideología del mayo del 1968 a la que achaca muchos de los males del país, se presenta como el «candidato del pueblo» al que ofrece construir el «nuevo sueño» de una «Francia fraternal».

    Padre de tres hijos y casado en segundas nupcias con Cecilia, de ascendencia española, Sarkozy quiere ser amado, pero asusta, según los sondeos, por su autoritarismo.

    Hay quienes incluso predicen una «explosión» en las barriadas periféricas la noche electoral si es elegido el que, como titular de Interior, prometió limpiarlas con «manguera de presión» y llamó «gentuza» a los jóvenes delincuentes que las habitan, poco antes de que estallaran las revueltas del otoño ( boreal) de 2005. Sarkozy reivindicó estos calificativos, a tono con su forma de hablar directa y comprensible por todos, en las antípodas del lenguaje propio de la elite francesa.

    En la percepción de sus compatriotas, Sarkozy supera a Royal en competencia, coherencia, talla presidencial y capacidad de aportar soluciones, pero queda muy lejos en cuanto a «simpatía».

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