China, aún sin indicios de apertura
Contrariando las expectativas de una mayor apertura política en el país, el XVI Congreso del Partido Comunista Chino se ha enfrascado en reuniones secretas. Aunque todo indica que las deliberaciones alumbrarán una nueva generación de dirigentes, encabezada por Hu Jintao, el partido se apegó a sus viejas prácticas de censura y secretismo. Grandes cadenas internacionales como CNN y BBC fueron censuradas ayer -y sus señales, bloqueadas- mientras emitían entrevistas a líderes de movimientos disidentes. Este artículo explica el intrincado funcionamiento del régimen.
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Policías chinos, durante un cambio de guardia en la histórica Plaza de Tiananmen. La realización del XVI Congreso del Partido Comunista en Pekín ha obligado a reforzar los ya habitualmente rígidos controles de seguridad.
Por supuesto, nadie, ni siquiera en China, piensa que las elecciones de cuota diferencial son algo genuinamente democrático. Todos los candidatos siguen siendo seleccionados por los líderes, incluso si las figuras menos populares se sacan del escenario. En todo caso, el sistema diferencial fue un experimento que duró poco. Desde 1989, el partido ha consolidado implacablemente su liderazgo central, se ha suprimido la democracia interna del partido y los procedimientos de votación se han visto degradados en la práctica.
El XVI Congreso del Partido está compuesto por sesiones de pequeños grupos. Ninguno tendrá un mandato claro y cualquier debate estará castrado de antemano. Los delegados no tienen claridad acerca de sus funciones y poderes, y las condiciones son perfectas para crear una mayoría silenciosa. Cada sesión es como una velada para tomar el té a media tarde, en donde los representantes presentan reflexiones al azar, alaban la precisión de los informes de los líderes e intentan demostrar cuán concienzudamente los han estudiado y con qué profundidad los han comprendido.
• Cambios menores
Las sugerencias planteadas por los representantes en las veladas de té nunca se convierten en tema de debate por parte del congreso como un todo. Puede que como resultado haya cambios menores al informe final, pero los procedimientos de una democracia parlamentaria real (propuesta, debate, resolución) siguen ausentes.
Las graves realidades a que se enfrenta China (por ejemplo, la corrupción y una brecha social en constante aumento) no se plantearán como temas de debate. Los miembros del PCCh nunca tendrán la oportunidad de plantear ante un auditorio numeroso las preocupaciones que puedan tener. No llegarán a debatir la protección de los derechos de los ciudadanos, la relajación de los estrictos controles a los medios de comunicación, los derechos de los campesinos a migrar o tomar trabajos en las ciudades, o si se tolerará que los trabajadores se organicen en sindicatos independientes.
Entonces, ¿cuál será la importancia de este congreso? Ciertamente, no proporcionará un foro donde debatir las inevitables reformas políticas que China debe iniciar, largamente esperadas y urgentemente necesarias. Con su cambio de fecha para noviembre (aparentemente Jiang Zemin se había comprometido a dos cosas al mismo tiempo, al prometer viajar a Texas para reunirse con el presidente Bush en su rancho de Crawford), el XVI Congreso del Partido, en el cual se ungirá la próxima generación de líderes chinos, parece haber quedado en segunda fila, cediendo su lugar a una visita diplomática.
(*) Bao Tong, la autoridad de mayor rango que fue encarcelada por oponerse a la represión del gobierno chino en 1989 contra las manifestaciones estudiantiles en la plaza Tiananmen, fue miembro del XIII Comité Central del PCCh y director del comité de planificación del XIII Congreso.




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