Del poder total al rechazo unánime
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En una concesión a sus críticos, Musharraf colgó poco después el uniforme y renunció a su cargo militar. Pero con esa medida perdió su principal base de poder: el Ejército era para él un segundo hogar; el uniforme, una « segunda piel», en sus propias palabras.
Musharraf levantó el estado de excepción en diciembre tras prometer a la oposición la convocatoria a elecciones parlamentarias libres y justas. Cuando éstas tuvieron lugar, los comicios fueron una debacle para el presidente y el partido que lo apoyaba, la Liga Musulmana de Pakistán (Quaid). Aunque Musharraf no se presentaba como candidato, la votación fue considerada una suerte de referendo sobre su política. La oposición obtuvo un triunfo aplastante y comenzó a impulsar la destitución del líder. Ni siquiera Estados Unidos, que durante años apoyó a su socio en la lucha contra el terrorismo, pudo evitar su derrota.
En un gesto poco usual, Musharraf presentó su autobiografía el año pasado, cuando aún estaba en el cargo. Se titula «En la línea de fuego», de la que se deduce que se consideraba un líder natural elegido por el destino para salvar su país.
El libro está dedicado al pueblo paquistaní, que se ganó «un gobierno comprometido y desinteresado». Incluso ayer, en el momento de presentar su renuncia, el presidente justificó la decisión como un medio de evitar daños al país. El hecho de que la mayoría de los paquistaníes lleven tiempo considerando que no es el hombre correcto para conducir el país no pareció tener para él ninguna importancia.



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