Desesperanza en Medio Oriente
Todos los indicios muestran un deterioro de la situación en Medio Oriente. Los palestinos ensayan una unidad de viabilidad dudosa, Israel padece bajo un gobierno debilitado, la ecuación siria sigue sin cerrar, Irak continúa desangrándose y nada parece detener la emergencia de Irán como potencia nuclear. A continuación, un interesante análisis de Alberto Mazor publicado por la revista de asuntos judíos y de Medio Oriente «Horizonte».
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Israel debería tratar de entablar negociaciones con Siria, y quizás éste sea el momento más adecuado para hacerlo; el gobierno de Damasco se encuentra en una posición muy frágil dentro de la comunidad internacional y sus interminables conflictos internos lo debilitan cada vez más. Incluso los Servicios de Información del Ejército indican que el presidente Assad busca desesperadamente una salida apropiada.
Las negociaciones con Siria no son solamente recomendables, sino necesarias. Siria no es un país fundamentalista como Irán o como los grupos terroristas Hizbollah y Hamas. La obligación estratégica de Israel es evitar que llegue a esta posición.
Las consecuencias visibles de la guerra entre Israel y Hizbollah son por lo pronto que, a pesar de la imposición de la Resolución 1.701 de la ONU, el Estado judío no tiene garantizada la tranquilidad en su frontera norte ya que el grupo fundamentalista continúa movilizándose para recuperar poder y convertirse en el corazón del gobierno libanés.
La apuesta del jeque Hassan Nasrallah es a que el gobierno de Siniora caiga. De ser así, podría conseguir una mayor tajada de poder a partir de resultados positivos para él en nuevas elecciones, aunque si esto no sucede, de cualquier forma seguiría presionando desde la oposición, pero en mejores condiciones que ahora. Para el actual gobierno libanés, el gran peligro es que con el apoyo del sector cristiano de Michel Aoun, Hizbollah logre deshacerse de Siniora o, al menos, atarlo de manos dentro de un nuevo gobierno. El cuadro cambiaría entonces radicalmente: Hizbollah pasaría a ser la fuerza hegemónica en el país, con lo cual estaría en posibilidad de reconstruir sus arsenales y la capacidad de usarlos, lo mismo que de imponer su voluntad sobre el ejército del Líbano hoy desplegado en el sur del país.
La situación es muy frágil y cualquier chispa puede calentar los ánimos, provocando nuevos e inesperados episodios de violencia. Las últimas irrupciones de Nasrallah, apelando a la guerra santa contra Israel, no hacen presagiar nada bueno. Cualquier movimiento o acción armada de una de las partes podría reanudar un conflicto de impredecibles consecuencias. . La armonización e integración de los diferentes grupos humanos que habitan Irak ha sido siempre el máximo problema nacional. Eliminado Saddam Hussein, queda abierta la puerta para la desintegración y balcanización del país, alentada activamente por la ideología irracional del fundamentalismo islámico. Los iraquíes pueden ahora optar por dispararse entre sí o disparar todos juntos contra americanos e ingleses, útiles chivos expiatorios de la pésima situación actual. Claro que ése no era exactamente el plan de George W. Bush para reconstruir Irak cuando envió sus tropas allí.
La profundización de la violencia sectaria en Irak y los constantes ataques a las fuerzas de EE.UU. y Gran Bretaña hablan de un escenarioclaro de guerra civil de cada vez más difícil solución.
Los desastrosos resultados de la política de Bush confirman el último vaticinio del Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, según el cual EE.UU. es lo bastante fuerte como para dictar el orden del día internacional, pero demasiado débil para ponerlo en práctica. La pretensión neoconservadora de democratizar Irak a cañonazos y transformarlo en un paraíso de paz y prosperidad, bajo la protección norteamericana, ha desembocado en un estrepitoso fracaso.
Cabe entonces el interrogante: ¿qué pasaría si las sanciones no sirvieran de nada? En algún momento Irán podría llegar a dominar la tecnología de enriquecimiento de uranio. Esto, según los expertos, tarde o temprano sucederá.
Occidente e Israel alegan que no se puede confiar en Irán, que la tecnología empleada para enriquecer uranio para combustible serviría más tarde para provocar explosiones nucleares.
Si uno domina una de estas técnicas, señalan dichos expertos, domina la otra. Esto le permitiría a Teherán abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear y fabricar armas nucleares; eso sería ya un desafío iraní a la comunidad internacional.
Si eso ocurriera -o tal vez antes de que ocurra-, Occidente e Israel tendrán que decidir nuevamente qué medidas tomar.




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