Madrid - El «día D» -el de la Desconexión- ya llegó y encuentra a israelíes y palestinos absortos en las singulares batallas que libran sus jefes de Gobierno: pero esta vez no es Ariel Sharon contra Mahmud Abbas (Abu Mazen), sino Sharon-Abbas contra los otros.
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Toda la atención se concentra en dos campos de batalla: el que enfrenta a Sharon con los opositores a la Desconexión, en medio de la mayor crisis en la historia de la democracia israelí, con su supervivencia política en juego, y el de la pugna entre Abbas y los fundamentalistas radicales que corroen la autoridad de su régimen, amenazando con llevarlo al descalabro con su lucha armada. También la supervivencia política de Abbas está amenazada. Acaba de iniciarse un período crucial en la historia del conflicto.
El significado de la Desconexión es obvio: por vez primera desde la Guerra de los Seis Días, en 1967, 38 años atrás, Israel desmantela asentamientos en áreas en las que los palestinos esperan establecer un Estado propio. ¿Y quién lo hace? Aquel que fue su padrino y arquitecto. Mucho está en juego, sobre todo el destino de un plan de paz, la Hoja de Ruta, en la que muchos, israelíes y palestinos, norteamericanos y europeos, egipcios y otros, han depositado sus esperanzas en espera de que la Desconexión pueda conducir a la reapertura de la ruta hacia su destino, dos Estados, Israel y Palestina, conviviendo pacíficamente.
«Una retirada israelí pacífica (es decir, sin ataques terroristas palestinos) demostrará si los palestinos merecen o no un Estado propio», declaró la semana pasada el presidente palestino, mientras militantes -léase terroristas-palestinos, haciendo caso omiso, no cesan los disparos y los lanzamientos de cohetes contra objetivos israelíes y se exhiben abiertamente en las calles palestinas con sus armas -y encapuchados, por si acaso-en abierto desafío a la Autoridad Palestina. Sus dirigentes proclaman a los cuatro vientos que no renunciarán a las armas una vez concluida la retirada israelí y que nunca aceptarán como legítima la existencia de Israel, establecida sobre tierra islámica. Un dirigente fundamentalista islámico calificó de criminales los llamamientos de Abbas al desarme.
• Fantasma
La pesadilla de quienes esperan la reconducción del proceso de paz es que Gaza se transforme en un enclave de terror. Se agita el fantasma de una guerra civil que atormenta a Abbas, que de no imponer su autoridad y no acabar con la anarquía de las armas tendrá sus días políticos contados. El gran desafío que le espera el día después será el de establecer la ley y el orden en Gaza. Y tiene que hacerlo con unas fuerzas de seguridad divididas, débiles, sin motivación.
La lucha de poder entre palestinos entró en una fase crítica, recordó el profesor Sayigh. No faltan en Israel los pesimistas: «Gaza servirá como área de entrenamiento y base de apoyo para el contrabando de armas y la producción local, y ofrecerá santuario a terroristas buscados», advierte el prestigioso Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad de Tel Aviv.
Ariel Sharon (y con él la gran mayoría de los israelíes) quiere una retirada sin violencia. Pero no, esta vez no se trata solamente de aquella a la que nos acostumbraron los terroristas palestinos, sino la de una minoría militante cuya retórica y acciones lindan con la rebelión. Israel se encuentra en un serio embrollo cuyo desenlace es difícil de predecir. Lo que es evidente es que también está en juego el futuro de su sistema democrático.
En la incertidumbre reinante, todo el mundo se pregunta qué rumbo tomará el proceso de paz. Las expectativas son grandes: israelíes y palestinos están con la mirada fija en el día después. Pero es difícil ver el horizonte político con demasiado optimismo: las agendas de los líderes israelíes y palestinos son incompatibles.
Mientras Abbas aspira a la implementación inmediata de la Hoja de Ruta, rechazando las presiones para desmantelar a corto plazo las estructuras terroristas, Sharon la condiciona precisamente al cumplimiento de esta exigencia.
Otros temas son causa de enfoques contradictorios. Además, las elecciones israelíes y palestinas, previstas para 2006, entorpecerán el desarrollo de negociaciones. Hasta entonces serán mínimas las concesiones que otorgue un gobierno israelí necesitado de ganar tiempo, mientras que la AP tratará de mostrar a su electorado el máximo de logros. Los ingredientes para un nuevo enfrentamiento están servidos.
La llave para la solución de este rompecabezas imposible está en manos de la administración de Washington, que si quiere encarrilar el proceso político y evitar el estallido de una nueva espiral de violencia, está obligada a sobreponerse y modificar rápida y sustancialmente su estrategia en esta parte de Oriente Medio.
(*) Primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede.
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