Berlín - En los momentos finales de Juan Pablo II, Joseph Ratzinger, «el guardián del dogma», fue una de las contadas personas que lo acompañó junto a su lecho. Era lógico. El cardenal alemán, titular de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ex Santa Inquisición, perteneció al reducido núcleo de máxima confianza del Papa fallecido.
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Como a lo largo del prolongado vía crucis de Karol Wojtyla, Ratzinger vuelve a ser mencionado por los vaticanistas como uno de los candidatos más firmes a ser elegido por el cuerpo de 117 cardenales con derecho a voto (menores de 80 años). De lo que nadie duda, es de que si el alemán no es elegido Papa, el sentido de su voto será decisivo para el resto de los electores.
Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en Marktl am Inn. Su padre, policía de profesión, provenía de una familia de granjeros de Baviera. Su tierra natal marcó la impronta de su personalidad, según las palabras del propio cardenal: « colorista, barroca, mozartiana». A los 17 años fue convocado como auxiliar en la artillería antiaérea para el ejército alemán, en el último mes de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1946 y 1951, cuando fue ordenado sacerdote, estudió filosofía y teología en la Universidad de Munich y en Freising. Recibió un doctorado en 1953 para luego emprender una intensa actividad docente y pastoral en Freising, Bonn, Münster, Tubinga, Regensburg y Colonia.
Tras unos primeros esbozos de teología rebelde, dio un giro hacia el sentido opuesto. En 1977 fue electo por Pablo VI arzobispo de Munich. Su pase al Vaticano se produciría de la mano de Juan Pablo II, cuando lo nombró el 25 de noviembre de 1981 como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cuerpo creado por los reformistas para propagar la fe en reemplazo de la denostada Santa Inquisición.
Karol Wojtyla se dedicó en sus últimos años a diseñar un Colegio Sacro a su medida y concedió a Ratzinger un puesto clave en 2002, cuando lo designó decano del consejo cardenalicio. Hay causas objetivas que benefician una eventual designación papal de Ratzinger. Además del entramado ortodoxo que domina el colegio, los europeos son el grupo mayoritario, con 58 representantes (la mitad menos uno) de los miembros. Los latinoamericanos, que representan a 400 millones de católicos, sólo cuentan con 21 cardenales.
El cardenal bávaro cuentacon otra ventaja que destacan los vaticanistas: su avanzada edad. A punto de cumplir 78 años, queda claro que Ratzinger no protagonizaría un papado de más de 25 años como Wojtyla.
Dicen los expertos que el fuerte legado político y dogmático de Juan Pablo II, de ninguna manera va a ser contradicho con la designación de un papa progresista o liberal. Con debates en el horizonte inmediato como el celibato de curas y monjas, el sacerdocio de las mujeres, la castidad antes del matrimonio, las nuevas preguntas que dicta la genética, y los matrimonios homosexuales, por citar algunos temas que se avecinan, un cambio de rumbo en el Vaticano sólo sobrevendría después de un papado de transición, y en ese caso, no vendría mal que fuera corto.
• Cuestionamiento
Como encargado de velar por la doctrina de la fe, Ratzinger proclamó un claro «no» a casi todos los cambios. Llamó a prohibir la comunión a los divorciados que se volvieron a casar y rechazó abiertamente dar más poder a los laicos dentro de la Iglesia. «No todo lo que es científicamente posible es moralmente posible», recordó, fiel a la ética católica.
Ratzinger, como su amigo Wojtyla, también se ha enfrentado abiertamente con líderes políticos. Criticó tanto a George W. Bush y a Saddam Hussein por invocar a Dios para defender sus respectivas posiciones en Irak. «El Santo Padre subrayó numerosas veces que la violencia no puede ser invocada en nombre de Dios», advirtió Ratzinger en plena guerra.
Siempre cuestionó a ese «sistema ateo» que era el comunismo, pero suscribió las duras críticas a la « deshumanización del capitalismo» que hiciera de Juan Pablo II.
Pronto se sabrá si, con la fumata blanca, se consagra a un coterráneo de Martín Lutero.
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