El embargo es la llave maestra
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Entre nosotros, Fernando Henrique, su adversario y sucesor Lula, los marxistas Ricardo Lagos y Tabaré Vázquez, socialdemócratas como Julio Sanguinetti, Michelle Bachelet y Alan García, entre otros, y, con sus diferencias, Juan Perón, Arturo Frondizi, Arturo Illia, Raúl Alfonsín y Carlos Menem representaron esfuerzos para convivir con la supremacía norteamericana articulando políticas que beneficiaran a ambas partes, lo más posible a la nuestra.
La otra posición, la extrema, ha tenido numerosas manifestaciones, de las cuales sobreviven tres: las FARC, el chavismo y la Cuba de Castro. Para ellos, toda negociación con Washington y la globalizaciónresulta impensable, y el único objetivo aceptable es la desaparición del gran Satán.
Es por ello que su accionar no se agota en combatir la voluntad imperial de Washington, sino que apunta más allá: la defenestración lisa y llana del capitalismo y la democracia liberal, hasta instaurar finalmente al socialismo redentor.
Tensamente convocados por visiones contrapuestas del mundo y de las cosas, los votantesde nuestra región han tendido casi siempre a respaldar al antiimperialismo responsable, pero el tamaño de las dificultades y la frecuente miopía de Washington muchas veces nos impulsan a la aceptación siempre aliviante de que nuestras responsabilidades son mínimas y el grueso de la culpa corresponde a los Estados Unidos. Ya instalados en esa óptica, muchos terminan percibiendo a Marulanda como si fuera Robin Hood y a Chávez y Castro como encarnaciones de una utopía después de todo quizá realizable.
La renuncia de Fidel pone a sus sucesores en la disyuntiva de persistir en la línea extrema, como los incita Chávez, o el gradual y ordenado reingreso al capitalismo y la democracia, de la mano de Lula y del envidiable peso que sigue adquiriendo Brasil como interlocutor ante Washington. Nada nuevo: se trata del mismo camino ya recorrido por Vietnam del Norte, toda la Europa oriental, las mismísimas Rusia y China, la mitad no capitalista del sudeste asiático y, más recientemente, la Corea del Norte que hasta hace unos meses se comía a los chicos crudos.
La tarea debiera haber recaído en la OEA, organismo desgraciadamente anodino, alguna vez descripto como el misterio de colonias de los Estados Unidos y que, en esta tesitura, no consigue articular ni siquiera a la unánime oposición latinoamericana al absurdo embargo norteamericano a Cuba.
Desde los tiempos del entendimiento de Arturo Frondizi con John Kennedy hasta los 90, cuando Guido Di Tella le dijo cara a cara a George Bush padre que se trataba de una torpeza monumental, todos nuestros gobiernos democráticos mantuvieron a la Argentina a la vanguardia del reclamo contra ese embargo, llave maestra del posible proceso de deshielo entre Washington y La Habana y cuya posta ahora está tomando Brasil para llevarlo adelante por las suyas. ¿La Cancillería argentina? Bien, gracias.




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