25 de febrero 2008 - 00:00

El embargo es la llave maestra

Los imperios son, por definición, dominantes. Y la historia universal enseña que eso siempre ha generado el resentimiento de sus vecinos. El caso de Estados Unidos y sus vecinos no ha sido una excepción.

Si existe un común denominador de la treintena de países al sur del río Bravo es precisamente un fuerte sentimiento antinorteamericano que -con sus matices- lleva más de un siglo formando parte de nuestras políticas externas e internas.

Terminada la Guerra Fría, se formuló la Teoría de la Dependencia, un considerable esfuerzo intelectual y político que ubicaba la raíz de nuestros males en la vigencia del imperialismo norteamericano.

Fernando Henrique Cardoso, uno de sus máximos promulgadores, llegó a la presidencia de Brasil en los 90, cuando ya había cambiado profundamente su visión del problema, pero millones de latinoamericanos crecieron al influjo de esa explicación de nuestros males que pone todas las responsabilidades en la de la superpotencia dominante.

A lo largo de los últimos cincuenta años, el antinorteamericanismo ha transitado dos vías excluyentes: la de la oposición sin cuartel o la de la convivencia constructiva.

  • Convivencia

    Entre nosotros, Fernando Henrique, su adversario y sucesor Lula, los marxistas Ricardo Lagos y Tabaré Vázquez, socialdemócratas como Julio Sanguinetti, Michelle Bachelet y Alan García, entre otros, y, con sus diferencias, Juan Perón, Arturo Frondizi, Arturo Illia, Raúl Alfonsín y Carlos Menem representaron esfuerzos para convivir con la supremacía norteamericana articulando políticas que beneficiaran a ambas partes, lo más posible a la nuestra.

    La otra posición, la extrema, ha tenido numerosas manifestaciones, de las cuales sobreviven tres: las FARC, el chavismo y la Cuba de Castro. Para ellos, toda negociación con Washington y la globalizaciónresulta impensable, y el único objetivo aceptable es la desaparición del gran Satán.

    Es por ello que su accionar no se agota en combatir la voluntad imperial de Washington, sino que apunta más allá: la defenestración lisa y llana del capitalismo y la democracia liberal, hasta instaurar finalmente al socialismo redentor.

    Tensamente convocados por visiones contrapuestas del mundo y de las cosas, los votantesde nuestra región han tendido casi siempre a respaldar al antiimperialismo responsable, pero el tamaño de las dificultades y la frecuente miopía de Washington muchas veces nos impulsan a la aceptación siempre aliviante de que nuestras responsabilidades son mínimas y el grueso de la culpa corresponde a los Estados Unidos. Ya instalados en esa óptica, muchos terminan percibiendo a Marulanda como si fuera Robin Hood y a Chávez y Castro como encarnaciones de una utopía después de todo quizá realizable.

  • Disyuntiva

    La renuncia de Fidel pone a sus sucesores en la disyuntiva de persistir en la línea extrema, como los incita Chávez, o el gradual y ordenado reingreso al capitalismo y la democracia, de la mano de Lula y del envidiable peso que sigue adquiriendo Brasil como interlocutor ante Washington. Nada nuevo: se trata del mismo camino ya recorrido por Vietnam del Norte, toda la Europa oriental, las mismísimas Rusia y China, la mitad no capitalista del sudeste asiático y, más recientemente, la Corea del Norte que hasta hace unos meses se comía a los chicos crudos.

    La tarea debiera haber recaído en la OEA, organismo desgraciadamente anodino, alguna vez descripto como el misterio de colonias de los Estados Unidos y que, en esta tesitura, no consigue articular ni siquiera a la unánime oposición latinoamericana al absurdo embargo norteamericano a Cuba.

    Desde los tiempos del entendimiento de Arturo Frondizi con John Kennedy hasta los 90, cuando Guido Di Tella le dijo cara a cara a George Bush padre que se trataba de una torpeza monumental, todos nuestros gobiernos democráticos mantuvieron a la Argentina a la vanguardia del reclamo contra ese embargo, llave maestra del posible proceso de deshielo entre Washington y La Habana y cuya posta ahora está tomando Brasil para llevarlo adelante por las suyas. ¿La Cancillería argentina? Bien, gracias.
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