28 de septiembre 2006 - 00:00

El laberinto que camina Lula para sobrevivir a escándalos

San Pablo (enviado especial) - Desde hace al menos un año y medio, en Brasil se discute obsesivamente sobre los escándalos de corrupción en el gobierno de Lula da Silva. Una prensa fuerte y crítica divulga cada detalle, cada nombre, cada negociado, al punto que los acusados ya no discuten la existencia de los delitos, sino a quién le cabe la responsabilidad por ellos.

Esto es lo que ha hecho Lula permanentemente, según las encuestas de intención de voto, con un éxito tal que es concreta la posibilidad de que sea reelecto este domingo en primera vuelta. A pesar de todo.

Teflonado, el presidente se ha despegado de los distintos escándalos, serios todos ellos, más con comparaciones efectistas con un Cristo traicionado por sus Judas que con argumentos sólidos. La oposición (que, ciertamente, tiene también polvo bajo sus alfombras) no entiende cómo la gente hace caso omiso de semejantes evidencias. ¿A los brasileños no les interesa un «contrato moral» a lo Carrió? Calma, no es tan así. Todo tiene su explicación.

Por un lado, hay que tener en cuenta que muchos brasileños no leen los diarios, y si algo les interesa de la TV no son precisamente las noticias políticas. Cuatro de cada diez ni han oído hablar de los escándalos. Si la prensa en este país es vigorosa, es por la munificencia de su mercado de 180 millones de almas, donde es posible darse el lujo de renunciar de movida a 40% de los potenciales lectores.

La prensa y los «formadores de opinión» irradian hacia el exterior la imagen de un país estable y con sus cuentas macro ordenadas, pero con un crecimiento económico mediocre, una competitividad declinante (cayó nueve lugares hasta el puesto 66, tres por encima de la Argentina, en el ranking del Foro Económico Mundial), crédito inaccesible y dólar peligrosamente barato. Cierto o no, no es esto lo que desvela a una mayoría de los votantes.

La verdadera raíz de la supervivencia de Lula debe encontrarse entre los pobres de este país, una legión que lo admira, que se siente identificada con su ascenso, su modo de ser y de hablar, y que se ha beneficiado enormemente con sus políticas.

  • Voto materialista

    Sérgio Abranches, uno de los comentaristas políticos más prestigiosos de Brasil, dijo a Ambito Financiero que «es cierto que hay un desencanto generalizado con los políticos y que Lula lo aumentó mucho. Pero su voto es puramente materialista, económico, determinado por el abaratamiento de los alimentos y otros productos, el aumento del empleo y de la renta disponible».

    La mayor ironía de la izquierda brasileña es que los dos aspectos que más ha criticado en el gobierno de Lula, la libertad cambiaria y su rígida política monetaria, sean hoy la gran tabla de salvación de éste y la fuente de los mayores beneficios para los pobres que lo votarán.

    La libertad cambiaria se tradujo en el actual mandato en una apreciación de 38% del real contra el dólar. Esto implicó un abaratamiento de los alimentos muy perceptible, al punto que una simple recorrida por un supermercado entrega sorpresas como una bolsa de arroz de 5 kilos (aquí ese cereal es un alimento básico y popular, como el pan para los argentinos) por poco más de 1 dólar. La caída del valor de ese producto fue de un tercio durante la era Lula, 5,2% sólo en el primer cuatrimestre de este año.

    Como un comentario al margen, se podría decir que esto se produjo contrariando la idea de que el dólar barato hace imposible exportar. De hecho, las ventas externas de Brasil batieron todos los récords y se duplicaron en los últimos tres años.

    En paralelo a esa política, Lula elevó el salario mínimo, que hoy alcanza a 350 reales (160 dólares). Con esa cantidad, según un relevamiento reciente de la revista «Veja», es posible comprar al mes 20 litros de leche, 8 kilos de carne, 10 de porotos (otro alimento muy popular), 17,5 de arroz, 16 de papas, 16,5 de tomates, 10 de pan, 2 de café, 17 docenas y media de bananas y 10 litros de aceite. ¿Sería esta la «revolución» que los pobres esperaban de Lula, muy diferente de la que imaginaba la izquierda intelectual de clase media?

    Es cierto que las subas nominales del salario mínimo fueron menores que las que exigía la ansiosa ala izquierda del oficialismo, pero lo bueno fue que esos incrementos fueron reales debido a la baja inflación, ítem en el que Lula bate todos los récords históricos.

    Aquí es donde entra a jugar la mencionada política monetaria restrictiva, de control de la inflación a través de elevadas tasas de interés, llevada a cabo por el presidente del Banco Central, el ex BankBoston Henrique Meirelles.

    La escasa inflación, que este año cerrará en 3%, se transformó también en una poderosa herramienta de redistribución del ingreso. Aunque según el Banco Mundial Brasil sólo es más equitativo que Sierra Leona, la concentración de la riqueza es hoy la menor desde 1976, cuando comenzaron a hacerse mediciones. Así, según la Fundación Getúlio Vargas, entre 2003 ( primer año del actual gobierno) y 2005, la pobreza cayó de 28,2% a 22,7% de la población. Otro dato: según ese estudio, la renta de la mitad más pobre de la población creció 8,56% en la era Lula.

    Más allá de todo esto, lo que no logró la gestión económica lo consiguió la activa política social del gobierno. Es cierto que el plan Hambre Cero, la estrella de la campaña de 2002, naufragó en las aguas turbulentas de las iniciativas irrealizables y la mala administración. Pero también lo es que fue sucedido por el plan Bolsa Familia, de prestaciones más austeras, pero muy abarcativo.

  • Arma poderosa

    El Bolsa Familia consiste en la entrega de entre 15 y 95 reales por mes (7 a 44 dólares) a las familias cuyos ingresos son menores a los 120 reales (55 dólares). Según las últimas estadísticas, auxilia hoy a 11,1 millones de familias, 44 millones de personas en todos los municipios de Brasil, algunos tan pobres que la entrega de ese dinero les generó un impensado boom de consumo.

    No es nada que no conozcamos en la Argentina: una prestación así es un arma electoral poderosa. Más allá de las críticas que merezca, que, como dice Abranches a este enviado, sea sólo «una distribución de recursos asistencialista sin foco y sin la contrapartida de forzar que los niños vayan a la escuela».

    En cualquier caso, esto explica que el bastión electoral de Lula sea hoy el nordeste pobre en el que el mandatario nació (el segundo colegio electoral del país), y ya no las grandes ciudades del Sudeste (San Pablo, Rio de Janeiro, Belo Horizonte).

    «El presidente tiene hoy un apoyo diferente del de 2002, porque consolidó una hegemonía en el Norte y el Nordeste, donde el impacto del plan Bolsa Familia es más efectivo. En las clases medias, hoy tiene un respaldo minoritario y circunstancial. Y perdió los votos de la izquierda», resume Abranches.

    Hay que convenir que todos los votos son racionales a su manera. Para el Brasil rico, la política debería ser buena gestión y honradez. Para el pobre, lamentablemente, todavía es hablar de proteínas.
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