El laberinto que camina Lula para sobrevivir a escándalos
-
La OIEA advierte el peligro de los ataques israelo-estadounidenses contra una central nuclear de Irán
-
Artemis 2 rompió un récord histórico y sus astronautas ya son los humanos que más se alejaron de la Tierra
Sérgio Abranches, uno de los comentaristas políticos más prestigiosos de Brasil, dijo a Ambito Financiero que «es cierto que hay un desencanto generalizado con los políticos y que Lula lo aumentó mucho. Pero su voto es puramente materialista, económico, determinado por el abaratamiento de los alimentos y otros productos, el aumento del empleo y de la renta disponible».
La mayor ironía de la izquierda brasileña es que los dos aspectos que más ha criticado en el gobierno de Lula, la libertad cambiaria y su rígida política monetaria, sean hoy la gran tabla de salvación de éste y la fuente de los mayores beneficios para los pobres que lo votarán.
La libertad cambiaria se tradujo en el actual mandato en una apreciación de 38% del real contra el dólar. Esto implicó un abaratamiento de los alimentos muy perceptible, al punto que una simple recorrida por un supermercado entrega sorpresas como una bolsa de arroz de 5 kilos (aquí ese cereal es un alimento básico y popular, como el pan para los argentinos) por poco más de 1 dólar. La caída del valor de ese producto fue de un tercio durante la era Lula, 5,2% sólo en el primer cuatrimestre de este año.
Como un comentario al margen, se podría decir que esto se produjo contrariando la idea de que el dólar barato hace imposible exportar. De hecho, las ventas externas de Brasil batieron todos los récords y se duplicaron en los últimos tres años.
En paralelo a esa política, Lula elevó el salario mínimo, que hoy alcanza a 350 reales (160 dólares). Con esa cantidad, según un relevamiento reciente de la revista «Veja», es posible comprar al mes 20 litros de leche, 8 kilos de carne, 10 de porotos (otro alimento muy popular), 17,5 de arroz, 16 de papas, 16,5 de tomates, 10 de pan, 2 de café, 17 docenas y media de bananas y 10 litros de aceite. ¿Sería esta la «revolución» que los pobres esperaban de Lula, muy diferente de la que imaginaba la izquierda intelectual de clase media?
Es cierto que las subas nominales del salario mínimo fueron menores que las que exigía la ansiosa ala izquierda del oficialismo, pero lo bueno fue que esos incrementos fueron reales debido a la baja inflación, ítem en el que Lula bate todos los récords históricos.
Aquí es donde entra a jugar la mencionada política monetaria restrictiva, de control de la inflación a través de elevadas tasas de interés, llevada a cabo por el presidente del Banco Central, el ex BankBoston Henrique Meirelles.
La escasa inflación, que este año cerrará en 3%, se transformó también en una poderosa herramienta de redistribución del ingreso. Aunque según el Banco Mundial Brasil sólo es más equitativo que Sierra Leona, la concentración de la riqueza es hoy la menor desde 1976, cuando comenzaron a hacerse mediciones. Así, según la Fundación Getúlio Vargas, entre 2003 ( primer año del actual gobierno) y 2005, la pobreza cayó de 28,2% a 22,7% de la población. Otro dato: según ese estudio, la renta de la mitad más pobre de la población creció 8,56% en la era Lula.
Más allá de todo esto, lo que no logró la gestión económica lo consiguió la activa política social del gobierno. Es cierto que el plan Hambre Cero, la estrella de la campaña de 2002, naufragó en las aguas turbulentas de las iniciativas irrealizables y la mala administración. Pero también lo es que fue sucedido por el plan Bolsa Familia, de prestaciones más austeras, pero muy abarcativo.
El Bolsa Familia consiste en la entrega de entre 15 y 95 reales por mes (7 a 44 dólares) a las familias cuyos ingresos son menores a los 120 reales (55 dólares). Según las últimas estadísticas, auxilia hoy a 11,1 millones de familias, 44 millones de personas en todos los municipios de Brasil, algunos tan pobres que la entrega de ese dinero les generó un impensado boom de consumo.
No es nada que no conozcamos en la Argentina: una prestación así es un arma electoral poderosa. Más allá de las críticas que merezca, que, como dice Abranches a este enviado, sea sólo «una distribución de recursos asistencialista sin foco y sin la contrapartida de forzar que los niños vayan a la escuela».
En cualquier caso, esto explica que el bastión electoral de Lula sea hoy el nordeste pobre en el que el mandatario nació (el segundo colegio electoral del país), y ya no las grandes ciudades del Sudeste (San Pablo, Rio de Janeiro, Belo Horizonte).
«El presidente tiene hoy un apoyo diferente del de 2002, porque consolidó una hegemonía en el Norte y el Nordeste, donde el impacto del plan Bolsa Familia es más efectivo. En las clases medias, hoy tiene un respaldo minoritario y circunstancial. Y perdió los votos de la izquierda», resume Abranches.
Hay que convenir que todos los votos son racionales a su manera. Para el Brasil rico, la política debería ser buena gestión y honradez. Para el pobre, lamentablemente, todavía es hablar de proteínas.




Dejá tu comentario