1 de octubre 2026 - 07:00

Elecciones en Brasil: la fractura política que Lula no logró cerrar

Este domingo 4 de octubre hay elecciones en Brasil. La recuperación económica, las políticas sociales y el regreso al escenario internacional marcan el balance de Lula, pero no alcanzan para disipar el malestar ni la polarización.

Elecciones en Brasil: la fractura política que Lula no logró cerrar.

Elecciones en Brasil: la fractura política que Lula no logró cerrar.

El 8 de enero de 2023, Brasil se quedó sin ventanas. Apenas una semana después de la asunción de Luiz Inácio Lula da Silva, miles de seguidores de Jair Bolsonaro invadieron el Congreso, el Palacio del Planalto y el Supremo Tribunal Federal. Destrozaron mobiliario, obras de arte y símbolos de la República. Afuera, el resultado electoral seguía siendo el mismo. Adentro, las instituciones que debían garantizarlo acababan de ser puestas a prueba.

La elección de octubre de 2022 había sido la más ajustada desde el retorno de la democracia: Lula obtuvo el 50,9 por ciento de los votos frente al 49,1 por ciento de Bolsonaro. Los números demostraban que el bolsonarismo no era una expresión marginal ni una anomalía pasajera, sino que contaba con una base electoral consolidada, presencia en el Congreso y capacidad de movilización.

Aquel domingo dejó al descubierto una crisis que iba mucho más allá de la herencia de un gobierno. En las urnas, Brasil había elegido al líder petista para una tercera presidencia, y la mayoría de la sociedad había aceptado el resultado. Sin embargo, la escena reveló una tensión profunda: la democracia brasileña había logrado procesar una elección disputada, pero todavía debía afrontar las consecuencias de una polarización que ponía a prueba sus instituciones.

Para comprender la dimensión de aquella crisis, hay que volver al Brasil que dejó Bolsonaro, quien gobernó entre 2019 y 2022. Su presidencia combinó una agenda económica liberal con un conservadurismo social que convirtió la confrontación en método de gobierno.

Este domingo 4 de octubre hay elecciones en Brasil.

Este domingo 4 de octubre hay elecciones en Brasil.

Durante la pandemia, minimizó la gravedad del COVID-19 y confrontó con autoridades sanitarias. Al mismo tiempo, debilitó los controles ambientales en la Amazonia y mantuvo un discurso hostil hacia las instituciones, la prensa y sus adversarios. Su afinidad con Donald Trump reforzó los vínculos con la derecha conservadora estadounidense, que su hijo, Eduardo Bolsonaro continuó cultivando incluso después de la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca.

La herencia, sin embargo, fue más compleja que un catálogo de decisiones presidenciales. Brasil arrastraba años de inestabilidad, desigualdad y desconfianza en la representación política. Aunque no había creado todas esas fracturas, Jair Bolsonaro supo convertirlas en una identidad política y una fuente de movilización. Por eso, su derrota electoral no significó la desaparición del bolsonarismo.

Lula y el desafío de gobernar entre el gasto social y las cuentas públicas

Con el regreso de Lula, el Partido de los Trabajadores (PT) recuperó una promesa conocida: devolver al Estado su capacidad de proteger a los sectores más vulnerables. Bolsa Familia —el programa de transferencias monetarias a familias de bajos ingresos creado durante el primer gobierno de Lula, en 2003— volvió a ocupar un lugar central. Se reforzaron las políticas contra el hambre y la inclusión social recuperó prioridad. La mejora del empleo, el crecimiento económico y la reducción de la desigualdad le permitieron al gobierno mostrar resultados concretos.

Sin embargo, el desempeño macroeconómico no siempre se tradujo en una sensación equivalente de bienestar. El costo de vida, el endeudamiento de los hogares y las dificultades de acceso al crédito siguieron condicionando la percepción de la economía. La expansión del consumo convivió con familias que destinan buena parte de sus ingresos a pagar deudas.

La contradicción más persistente aparece en las cuentas públicas. Lula necesita sostener el gasto social y ampliar la inversión, pero enfrenta restricciones fiscales y tasas de interés elevadas. El desafío consiste en definir qué prioridades puede sostener el país sin comprometer la estabilidad. En esa tensión se cruzan los intereses de los sectores populares, los mercados financieros, el empresariado y un Estado con un margen presupuestario limitado.

Gobernar en ese escenario exigió negociar con un Congreso fragmentado y con fuerzas que no compartían el programa del Ejecutivo. El presidencialismo de coalición permitió sostener la gobernabilidad, pero también impuso concesiones. La alianza con los sectores moderados tuvo su expresión más clara en Geraldo Alckmin, exgobernador de São Paulo y antiguo adversario electoral de Lula, quien asumió la vicepresidencia en 2023 y vuelve a acompañarlo en la fórmula presidencial de 2026. La continuidad de ese acuerdo busca ampliar la base electoral del oficialismo, aunque no elimina las diferencias que atraviesan la coalición.

La Amazonia ofrece otra imagen de avances y contradicciones. El gobierno restituyó capacidades de fiscalización y convirtió la protección ambiental en una prioridad diplomática. La deforestación cayó durante su mandato, en una reversión del rumbo de los años de Bolsonaro. Sin embargo, la administración también respaldó la exploración de hidrocarburos en áreas ambientalmente sensibles.

El agronegocio, la minería y la explotación energética continúan siendo fuentes de divisas y poder político. La aspiración de liderar la agenda climática convive con un modelo de desarrollo que todavía depende de actividades intensivas en recursos naturales. La contradicción define el alcance real de la transición ecológica brasileña.

En el escenario internacional, Lula recuperó una ambición relegada durante el gobierno de Bolsonaro: convertir a Brasil en una potencia con voz propia. La diplomacia volvió a apostar por el multilateralismo, la reforma de las instituciones globales y una mayor representación del Sur Global. La presidencia brasileña del G20 en 2024, la organización de la COP30 en Belém en 2025 y el activismo dentro de los BRICS fueron plataformas para proyectar esa agenda.

Si bien el gigante latinoamericano recuperó presencia en los debates internacionales, esa visibilidad no siempre se tradujo en capacidad para incidir sobre los conflictos. La crisis venezolana expuso esos límites. Lula apostó por el diálogo y reclamó garantías sobre los resultados electorales, pero no consiguió acercar posiciones ni ejercer una mediación decisiva. En Ucrania, sus propuestas de negociación también despertaron críticas por no diferenciar con suficiente claridad las responsabilidades de Rusia en la invasión.

En América Latina, el líder petista intentó recuperar el protagonismo que Brasil había perdido. Pero el escenario regional ya no era el de sus primeros mandatos: el avance de las derechas y las diferencias entre los gobiernos redujeron el margen para construir una agenda común. El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, firmado en enero de 2026 tras más de dos décadas de negociaciones, fue uno de los avances concretos de esa estrategia. Sin embargo, la búsqueda de una mayor autonomía también encuentra sus límites en la relación con Washington.

Durante el segundo mandato de Trump, las tensiones comerciales y las presiones vinculadas al proceso judicial contra Bolsonaro deterioraron el vínculo bilateral. Pese a ello, el diálogo se mantuvo abierto: en mayo de 2026, ambos presidentes se reunieron en la Casa Blanca para abordar aranceles, comercio, seguridad y minerales. El desafío de Lula es preservar esa relación sin que las presiones de Washington condicionen las decisiones de Brasil.

En paralelo, los vínculos con China adquieren una dimensión económica y estratégica cada vez mayor. Pekín es uno de sus principales socios comerciales y una fuente de inversiones en energía, industria y tecnología. Lula busca profundizar esa relación sin reemplazar una dependencia por otra. Su objetivo es fortalecer la autonomía brasileña y evitar que la rivalidad entre las grandes potencias obligue al país a alinearse con uno de los dos bloques.

La elección del 4 de octubre vuelve a poner esas tensiones en primer plano. La candidatura de Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente, busca capitalizar la persistencia del bolsonarismo y el desgaste del oficialismo. Para Lula, el desafío consiste en convertir los avances de gestión en respaldo político, en una sociedad donde la recuperación económica no disipó el malestar y la polarización sigue organizando buena parte de la competencia electoral.

Pero lo que se juega en Brasil excede sus propias fronteras. En una América Latina atravesada por la polarización y la presión de Washington, el rumbo que elija la mayor potencia de la región tendrá consecuencias sobre el equilibrio político del continente. Porque no está en disputa solo quién ocupará el poder, sino también qué modelo de país y de región, prevalecerá en los próximos años.

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