La Argentina quedó desde ayer más involucrada en el crítico trance que atraviesa Bolivia, a instancias de Carlos Mesa, el presidente cuya renuncia debe tratar hoy el Congreso de ese país. El propio Mesa llamó ayer a Néstor Kirchner para solicitarle que su gobierno envíe a un observador del proceso sucesorio abierto el lunes por la noche, con la dimisión presidencial. Kirchner resolvió designar para ese fin al radical Raúl Alconada Sempé. La solicitud boliviana se extendió a Brasil. Lula da Silva insistió con que sea Marco Aurelio García quien se encargue de viajar a La Paz, como sucede desde que se abrió la primera crisis, con la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada. El subsecretario Roberto García Moritán mantuvo informado al canciller Rafael Bielsa sobre la reacción brasileña. Mesa reclamó también que intervengan en esa misión de observación las Naciones Unidas. El secretario general Kofi Annan designó para esa misión al colombiano José Antonio Ocampo, el único latinoamericano que forma parte de su staff más inmediato.
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El pedido de Mesa, el comitéde observadores designados y el sentido general de esta operación cobijan significados múltiples:
• Kirchner y Bielsa enviaron a Sucre, donde sesiona el Congreso, al radical que desde hace años opera la agenda internacional de Raúl Alfonsín. Alconada estuvo ligado a la política exterior latinoamericana de la Argentina desde su paso por la Cancillería (fue, por ejemplo, el encargado discreto de gerenciar las relaciones con las distintas corrientes chilenas durante la transición de ese país a la democracia y también de representar a la Argentina en las misiones que se realizaron en la Nicaragua sandinista).
La selección de este abogado platense presenta otros flancos interesantes. El más obvio: se trata de un radical bonaerense ligado a Alfonsín, es decir, un dirigente que orbita en lo que, para Kirchner, es la «galaxia Duhalde». La interna bonaerense condiciona todo hoy en la cabeza del santacruceño. Hasta la política exterior. Sobre todo, la sudamericana, por la que Duhalde deambula desde que «se fue de la política». Además, Alconada tiene la virtud de ser platense e inspirar «saudades» en la primera dama, quien desde adolescente estuvo próxima al San Luis, el colegio de maristas donde estudió el enviado a Bolivia. Finalmente, al elegir a este radical, Kirchner dio por clausurada una etapa de la política boliviana del gobierno, que consistió en ofrecer a ese país interlocutores más cercanos a la insurgencia indigenista que al orden vigente. El piquetero Isaac Rudnik fue el último exponente de esa inclinación por potenciar el desequilibrio. Por su lado, Alconada parecía venir entrenándose para este desafío: el miércoles de la semana pasada, participó activamente, junto con el aspirante a diplomático K Chacho Alvarez, en la conferencia sobre la crisis boliviana que organizó el Club de Cultura Socialista, con dos funcionariosde la ONU como expositores:-Fernando Calderón y Carlos Felipe Martínez.
• La selección de un representante de la ONU también esconde un matiz conflictivo. Como informó ayer este diario, el canciller de Mesa, Juan Ignacio Siles, les había advertido a sus colegas de toda América durante un almuerzo en Fort Lauderdale que no aceptaría ninguna aproximación de la OEA a la crisis boliviana si esto significaba la intervención del nuevo secretario general, el chileno José Miguel Insulza.
La manifestación de Siles (cuya madre es chilena) expresa otra vez la aversión boliviana por Chile, reanimada desde que Ricardo Lagos comenzó a impulsar la construcción de un gasoducto que conecte a los consumidores del Norte Grande chileno y del NOA con el yacimiento de Camisea, en Perú. No podría haber mayor agresión al gobierno de Bolivia que este emprendimiento, que supone quitarle un cliente importante como la Argentina y, tal vez, otro como Brasil. Lagos hablará del tema con Kirchner en su encuentro de los próximos días y está previsto un viaje de Julio De Vido y Dilma Rousseff, la ministra de minería de Lula, para analizar en Santiago este proyecto que, bajo la mirada de varios expertos en energía, resulta disparatado.
• ¿Cuál es el interés de Mesa por garantizarse la supervisión internacional de su sucesión? Ayer circulaban varias hipótesis sobre esta cuestión. En primer lugar, la posibilidad de que el Congreso rechace la renuncia del presidente. Sería una razón suficiente para que el interesado relance su gobierno bajo el amparo de un respaldo internacional.
Una posibilidad acaso más verosímil es que, como varios bolivianos decisivos, Mesa suponga que el trámite de su sucesión puede terminar en la instalación de dos gobiernos. Uno, con sede en Sucre, el del presidente del Senado Hormando Vaca Díez, avalado por una alianza de los partidos tradicionales (Min, MIR, ADN); y otro, con sede en La Paz, con el sostén inestable de los movimientos indigenistas y los alcaldes de esa ciudad (Juan del Granado) y de El Alto (José Luis «Peperucho» Paredes), quienes reclaman que el control de Bolivia pase al presidente de la Corte, Eduardo Rodríguez.
Quienes analizan esta posibilidad imaginan una administración,la de Vaca Díez en Sucre, con imperio sobre Santa Cruz, Tarija, El Beni y Pando; y otra, la paceña, con mando sobre Cochabamba, Oruro y Potosí.
Tal vez, esta alternativa se resuelva si Rodríguez insinúa cuál será su política ante la vieja clase política boliviana, que teme un barrido general producido desde la Corte para descomprimir la escena pública, sobre todo en La Paz. Sería ante ese futuro que los viejos leones de los partidos tradicionales resistirían alrededor de Vaca Díez, profundizando la crisis.
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