2 de agosto 2005 - 00:00

Espera EE.UU. una apertura política cauta

El rey Fahd, junto a Ronald Reagan, en 1981. Desde entonces era considerado un estrecho y valioso aliado por la Casa Blanca.
El rey Fahd, junto a Ronald Reagan, en 1981. Desde entonces era considerado un estrecho y valioso aliado por la Casa Blanca.
Washington - Con la desaparición del rey Fahd de Arabia Saudita, EE.UU. pierde al hombre que transformó la relación de ambos países y cimentó un vínculo militar clave para la política de Washington en la región.

El rey Fahd apostó por Washington en política exterior, a pesar de la alianza de EE.UU con Israel. Permitió la entrada de 550.000 soldados estadounidenses «infieles» en la Península Arábiga durante la primera Guerra del Golfo, a pesar de autodenominarse «Guardián de las Dos Mezquitas Sagradas» (La Meca y Medina).

Además, su política petrolera se orientó hacia la estabilidad de precios y no usó su extraordinario control sobre la producción de crudo mundial como arma de política exterior.

También le hizo a Washington trabajos sucios, como ayudarlo durante los años 80 a vender ilegalmente armas a Irán, una transacción que trajo beneficios que la administración del presidente Ronald Reagan usó para financiar a los «contras» en Nicaragua.

Esta política favorable a Washington no fue fruto de una afinidad natural del rey Fahd hacia Occidente o a oscuros negocios con la familia Bush, que son denunciados por libros de mucha popularidad pero escaso rigor.

Lo que lo motivaba era la seguridad nacional de Arabia Saudita, según explicó Allen Keiswetter
, ex subsecretario adjunto del Departamento de Estado para Oriente Medio.

Su interés era preservar el dominio absoluto de la familia Saud sobre el reino, y su alianza con Washington había sido el mecanismo para resistir a las presiones externas, según los expertos.

A las presiones internas que amenazaban con romper el monopolio económico y político del país de los Saud respondió con crudeza y decapitaciones públicas. En los '80 aumentó el poder de las autoridades religiosas conservadoras en un intento de ahogar el cambio social engendrado por la modernización económica que se produjo en el país gracias a la fabulosa riqueza del petróleo.

Su hermanastro y sucesor, el
rey Abdullah, continuará ese acto de acrobacia política, segúnlos expertos. Desde que el rey Fahd sufrió un derrame cerebral en 1995, Abdullah asumió como príncipe heredero la dirección de la gran parte de los asuntos de Estado.

En la relación de Riad con Estados Unidos no se esperan cambios
. «La familia real saudita gobierna en conjunto. Se los llama Saudi Inc., son como una corporación», dijo Phebe Marr, una experta del Instituto de Paz de EE.UU, un centro de estudios independiente.

El rey Fahd era un amigo de la familia Bush pero el presidente
George W. Bush también ha establecido una buena relación con su sucesor, según Marr. Bush recibió al rey Abdullah dos veces en su rancho de Crawford, Texas, visitas que usa como «premio» simbólico a sus aliados más selectos.

Si el rey Abdullah significa la continuidad en política exterior, en política interna podría fomentar cambios del agrado de EE.UU.


Aunque dirigió el día a día del reino durante una década, su estatus de príncipe heredero, y no de monarca, en gran medida le ató las manos sobre el delicado tema de la reforma interna de un país que en términos de gobierno sigue anclado en la Edad Media.

La muerte del rey Fahd lo dejó en «una posición clara de autoridad», que le permitirá fomentar cambios aunque «nada revolucionarios», indicó Marr.

Esas reformas podrían incluir hacer más participativo el gobierno, combatir la corrupción y fomentar la transparencia en la economía, según Keiswetter, quien tampoco augura que Arabia Saudita dé «grandes pasos hacia la democracia».

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