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El rey Fahd, junto a Ronald Reagan, en 1981. Desde entonces era considerado un estrecho y valioso aliado por la Casa Blanca.
Lo que lo motivaba era la seguridad nacional de Arabia Saudita, según explicó Allen Keiswetter, ex subsecretario adjunto del Departamento de Estado para Oriente Medio.
A las presiones internas que amenazaban con romper el monopolio económico y político del país de los Saud respondió con crudeza y decapitaciones públicas. En los '80 aumentó el poder de las autoridades religiosas conservadoras en un intento de ahogar el cambio social engendrado por la modernización económica que se produjo en el país gracias a la fabulosa riqueza del petróleo.
Su hermanastro y sucesor, el rey Abdullah, continuará ese acto de acrobacia política, segúnlos expertos. Desde que el rey Fahd sufrió un derrame cerebral en 1995, Abdullah asumió como príncipe heredero la dirección de la gran parte de los asuntos de Estado.
En la relación de Riad con Estados Unidos no se esperan cambios. «La familia real saudita gobierna en conjunto. Se los llama Saudi Inc., son como una corporación», dijo Phebe Marr, una experta del Instituto de Paz de EE.UU, un centro de estudios independiente.
El rey Fahd era un amigo de la familia Bush pero el presidente George W. Bush también ha establecido una buena relación con su sucesor, según Marr. Bush recibió al rey Abdullah dos veces en su rancho de Crawford, Texas, visitas que usa como «premio» simbólico a sus aliados más selectos.
Si el rey Abdullah significa la continuidad en política exterior, en política interna podría fomentar cambios del agrado de EE.UU.
Aunque dirigió el día a día del reino durante una década, su estatus de príncipe heredero, y no de monarca, en gran medida le ató las manos sobre el delicado tema de la reforma interna de un país que en términos de gobierno sigue anclado en la Edad Media.
La muerte del rey Fahd lo dejó en «una posición clara de autoridad», que le permitirá fomentar cambios aunque «nada revolucionarios», indicó Marr.
Esas reformas podrían incluir hacer más participativo el gobierno, combatir la corrupción y fomentar la transparencia en la economía, según Keiswetter, quien tampoco augura que Arabia Saudita dé «grandes pasos hacia la democracia».




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