25 de julio 2005 - 00:00

Este odio no es por Irak o Afganistán

Londres - A pesar de que las últimas explosiones en varias líneas de metro y autobús de Londres han sido, gracias a Dios, mucho menos serias que las de hace dos semanas, han hecho que muchos se planteen una cuestión inquietante: ¿Es que el Reino Unido (¿y también España?) ha sido «castigado» por Al-Qaeda por participar en las intervenciones militares comandadas por EE.UU. en Irak y Afganistán? Se trata de una argumentación razonable, que nos lleva necesariamente a una pregunta más amplia y pertinente: ¿Las raíces del terrorismo islámico están en los conflictos de Cercano Oriente?

Si la respuesta a esta cuestión es que sí, la solución es fácil de formular, aunque no de poner en práctica: dejemos Afganistán e Irak y resolvamos el problema palestino. Pero si la respuesta es que no, como sospecho que debe ser, habrá que examinar con más detenimiento la radicalización de los jóvenes musulmanes occidentalizados.

Los conflictos en Cercano Oriente tienen un impacto tremendo en la opinión pública islámica de todo el mundo. Justificando sus atentados terroristas por la Guerra de Irak, Al-Qaeda busca popularidad o, cuando menos, legitimación entre los musulmanes. Pero muchas de las declaraciones, las acciones y las omisiones del grupo ponen de manifiesto que esto, por lo general, es propaganda, y que Irak, Afganistán y Palestina difícilmente pueden ser los factores desencadenantes de su guerra santa en todo el mundo.

Consideremos la cronología en primer lugar. Los estadounidenses fueron a Irak y Afganistán después del 11-S, no antes. A Mohamed Atta y el resto de los pilotos no los impulsó Irak ni Afganistán. ¿Fue entonces el sufrimiento de los palestinos? No parece muy probable. Después de todo, el atentado fue planeado bastante antes de que comenzara la segunda Intifada, en setiembre de 2000, en un momento de relativo optimismo acerca de las negociaciones entre Israel y los palestinos.

Se nos dice que otro factor que motivó el 11-S fue la presencia de tropas «infieles» en los lugares santos del islam. Se contó que a Osama bin Laden le molestó que la familia real saudita permitiera entrar a soldados occidentales en su territorio antes de la Guerra del Golfo. Pero Bin Laden ya era un veterano combatiente comprometido con la yihad. El y los otros miembros de la primera generación de Al-Qaeda dejaron Cercano Oriente para luchar contra la Unión Soviética en Afganistán en los '80. Salvo en lo que respecta a la diminuta facción egipcia que lideraba Ayman al-Zawahiri, actualmente el principal lugarteniente de Bin Laden, no se metían en la política de la región. Desde el principio, los activistas de Al-Qaeda fueron yihadistas globales, y sus caballos de batalla se encontraban fuera de Cercano Oriente: Afganistán, Bosnia, Chechenia y Cachemira.

Para ellos, estos conflictos son una parte de la invasión occidental de la umma, la comunidad mundial de creyentes.

En segundo lugar, si los conflictos de Afganistán, Irak y Palestina fueran la clave de la radicalización,
¿por qué casi no hay afganos, iraquíes o palestinos entre los terroristas? Son más bien oriundos de la Península Arábiga, del norte de Africa, de Egipto y de Pakistán, o bien nacidos en Occidente convertidos al islam. ¿Por qué un paquistaní o un español estarían más enfadados que un afgano por la presencia de tropas de EE.UU. en Afganistán?

Precisamente porque no les importa lo más mínimo Afganistán en cuanto tal, sino que ven la implicación de EE.UU. como parte de un fenómeno global de dominación cultural.

Lo que valía para la primera generación de Al-Qaeda es igualmente relevante para la actual: incluso aunque estos jóvenes provengan de familias de Cercano Oriente o del sur de Asia, son en su mayoría musulmanes occidentalizados que viven o incluso nacieron en Europa y se pasaron al islamismo radical. Se pueden encontrar conversos en casi todas las células de Al-Qaeda: no se volvieron fundamentalistas por la Guerra de Irak, sino porque se sentían excluidos de la sociedad occidental (esto es especialmente cierto en el caso de muchos conversos procedentes de las islas del Caribe, tanto en Gran Bretaña como en Francia).

Conversos o «renacidos», son rebeldes en busca de una causa. Y la encuentran en el sueño de una
umma virtual y universal, el mismo modelo que acuñaron los ultraizquierdistas de los '70 (los Baader-Meinhof en Alemania, las Brigadas Rojas italianas) cuando proyectaban sus acciones terroristas en nombre del «proletariado mundial» y de la « revolución».

Es también interesante advertir que ninguno de los terroristas islámicos que han sido detenidos hasta ahora formaba parte activa de los movimientos contrarios a la guerra. Carecen de una estrategia racional que defienda los intereses del pueblo iraquí o del palestino. Incluso sus llamamientos a la retirada de las tropas europeas de Irak suenan a falsos. Después de todo,
la policía española ha frustrado atentados terroristas en Madrid incluso tras la retirada de sus fuerzas por parte del nuevo gobierno.

Los radicales de Occidente atacan allí donde viven, no donde han recibido instrucción ni donde obtendrán un mayor efecto político en nombre de sus causas habituales. Los terroristas islámicos asentados en Occidente no son la vanguardia de la comunidad musulmana, sino una generación perdida, desarraigada de su sociedad y cultura tradicionales y frustrada por una sociedad occidental que no ha cumplido con sus expectativas. Su visión de una umma global es igualmente un espejo y una forma de vengarse de la globalización que los ha convertido en lo que son.

(*) Profesor de la Escuela de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales de París, es autor del libro «El islam globalizado».

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