Evo alentó la usina del rencor
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Muchos vieron en Morales a un émulo del presidente venezolano Hugo Chávez. Pero, al asumir, el mandatario boliviano agradeció los consejos del ex presidente Néstor Kirchner, quien le habría dicho: «Tenés que amasar poder de entrada». Traducido: agudizar las contradicciones, inventar antagonismos donde no los hay y, más en general, servirse de la crisis para acumular atribuciones y recursos en beneficio de la propia facción y en detrimento de la normalidad institucional. El contexto en el cual asumió Evo
Morales guardaba similitudes con la Argentina de 2001-2003: debilitamiento del Estado y de las instituciones, debacle económica y fragmentación social. Si se considera que en Bolivia todo reclamo sectorial es asimilado a un intento de golpe o secesión, que detrás de cualquier crítica opositora se ve la mano del «imperio» o si se recuerdan expresiones del presidente («las bases me piden armas») que atizan el conflicto en vez de apaciguarlo, parece que el consejo no cayó en saco roto. Es muy posible que haya tentaciones separatistas, así como motivaciones clasistas y racistas en ciertos sectores opositores, pero la respuesta no puede ser echar leña al fuego ni apelar a un racismo al revés, presente en muchos discursos oficiales.
Colocar lo étnico como elemento reivindicativo por encima de lo político o social es incurrir en otra forma del racismo que se cuestiona. La nueva carta magna -que aún debe ser aprobada por plebiscito- define a Bolivia como un «Estado plurinacional», concepto ambiguo y peligroso. Evo Morales pudo ser un Mandela, tendiendo puentes en un país dividido en dos: el alto, marginado y empobrecido; el llano, sojero y gasífero. Pero en vez de buscar la concordia, optó por la polarización que conlleva el riesgo de la fragmentación.
Tal vez no sea demasiado tarde. Los últimos llamados del presidente boliviano a la unidad nacional encienden una luz de esperanza.




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