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Mike Huckabee, ex predicador y ex gobernador de Arkansas,
puso de moda otra vez lo religioso en la interna republicana.
Su ascenso en las encuestas ha sido imparable en las
últimas semanas.
En Iowa, donde los evangélicos cristianos funcionan como un apabullante ejército, el David de esta campaña viaja ya a 12 puntos por delante de todos sus seguidores.
El miércoles se midió por última vez ante ellos en un debate cargado de tensión bíblica y precedido de una pregunta insidiosa, formulada por el propio Huckabee en forma de artículo o anatema: «¿Creen los mormones que Jesús y el diablo son hermanos?». La religión, que hasta hace apenas un mes parecía agua pasada, vuelve a cobrar una relevancia celestial en estas elecciones. Los votantes evangélicos creen que Rudolph Giuliani es el anticristo y han jurado darlo todo por la ascensión de Mike Huckabee. Sólo así se explica el milagro. «Huckabee tiene el fuego en el vientre en estos momentos», certifica Rachel P. Caufield, profesora de Políticas en Drake.
«Con los mínimos medios ha logrado resultados sorprendentes. Lleva meses haciendo campaña en las iglesias de Iowa, y en la Universidad tiene el respaldo del grupo de estudiantes más numeroso, que es el de los cristianos evangélicos.»
Aunque Huckabee dé la campanada de Año Nuevo en los caucus de Iowa, está por ver si la devoción de la derecha cristiana será suficiente. El halo puede apagarse por la falta de dinero o de estructura, o por pasados patinazos como aquel del 92, cuando dijo que a los enfermos de sida había que « aislarlos en cuarentena» y condenó la homosexualidad como «un estilo de vida aberrante y pecaminoso». Pero el momentum es suyo. Armado con un bajo en lugar de un saxo, y asesorado en tiempos por Dick Morris (como Bill Clinton), está haciendo historia en el escenario y el púlpito.



