Paz - La central del Movimiento Al Socialismo (MAS), en Cochabamba, casi se viene abajo con los bailes y los gritos de esa multitud de adherentes que festejaba la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada. La chicha corría a raudales por las gargantas enronquecidas de tanto gritar «mueras al tirano» y «vivas a la revolución permanente».
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La juerga siguió hasta que de pronto, la voz de Evo Morales retumbó como uno de esos truenos que estremecen las estribaciones de Los Andes en días de tormenta. Con un sonoro «más respeto, carajo, que aquí ha muerto gente», el líder del MAS y uno de los promotores de la rebelión que tumbó a Goni, impuso el silencio entre sus seguidores. Ellos no pestañean si no es por orden de este mestizo que de algún antepasado inca debe haber sacado esa capacidad de liderazgo que asombra a sus partidarios tanto como a sus oponentes.
Entre las víctimas de los enfrentamientos, hay dos primos suyos, lo que lo ha sumergido en una gran tristeza. ¿Lamenta también el sacrificio del resto de los huelguistas? Entre sus enemigos más recalcitrantes, como el ex presidente, corre la voz de que Morales es un auténtico robot, en lo que atañe a los sentimientos. Que mide cada paso y cada palabra en función de los beneficios políticos que el tata Kapac, como le denominan sus admiradores en alusión al famoso inca, pueda obtener en su camino hacia el palacio presidencial. En vez de celebrar la más resonante victoria de su carrera política -es la primera vez en la historia de Bolivia que un régimen cae abruptamente sin la intervención del ejército- Evo Morales se encastilló en uno de esos desconcertantes silencios.
¿Por qué esa ofuscación? Según el politólogo Marcos Ordanza, a Morales le habría convenido que el conflicto se prolongara para que acabara de fraguar su imagen de líder incuestionable. «El líder cocalero necesitaba más tiempo para doblegar la voluntad de Carlos Mesa, antes de que éste se ciñera la banda presidencial», dice Ordanza.
En la única entrevista que mantuvo con el actual presidente, Evo Morales se desmoralizó con la actitud escéptica, que encontró en su interlocutor. En esa reunión, Mesa demostró que se mantendría fiel a los principios de los que había hecho fe, en el discurso que pronunció al romper con el gobierno de Sánchez de Lozada.
«No me dejaré avasallar por quienes esgrimen la violencia como un instrumento de Estado (en referencia a la política de mano dura empleada por el gobierno para reprimir a los manifestantes), ni por aquellos que pretenden arrastrarnos, en virtud a sus dogmas o utopías, a un aventura que conduciría al país hacia el abismo», afirmó Mesa. En este caso aludía a la plataforma ideológica del MAS, que apunta a instaurar en Bolivia un estado socialista, como bien lo señalan las siglas del movimiento. Armado Mamay, el secretario de Mesa, cuenta que Morales enrojeció de rabia cuando el entonces vicepresidente le advirtió, con la máxima franqueza, que en el caso de que asumiera el poder, mantendría vigente el plan de erradicación de la hoja de coca, que se cultiva en la zona subtropical del Chapare, bastión político y semillero del MAS.
¿Qué sucederá cuando por orden de Mesa, las avionetas de la brigada antinarcóticos vuelvan a fumigar los campos de esa comarca? Hete aquí una de las bombas de relojería que si Carlos Mesa no actúa con cautela, estallaría en el camino que acaba de emprender.
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