4 de julio 2003 - 00:00

Hacendados reclutan hombres y los arman para una guerra

Presidente Prudente - A la misma hora en que el presidente Luiz Inácio Lula Da Silva negociaba el miércoles en Brasilia con el Movimiento de los Sin Tierra (MST) el fin de las invasiones y saqueos en el país, un grupo de 15 hombres hacía ejercicios de tiro en el interior de una hacienda en Pontal do Paranapanema (estado de San Pablo). No eran hombres ni armas cualesquiera. Son profesionales entrenados para operar con precisión desde simples revólveres calibre 38 hasta armas de uso restringido a las Fuerzas Armadas, como el fusil AR-15, escopetas calibre 12 de caño corto y carabinas 44.

La misión de ese ejército particular es una sola: a los hombres se les paga para reprimir una posible invasión de los sin tierra.

«Disparamos un tiro de alerta para que no entren, pero si lo hacen, la orden es bajar el caño», explica el líder del grupo. Este periodista presenció el ejercicio por invitación del propio hacendado.

Las escenas fueron registradas también por una emisora de TV. El dueño de la hacienda exigió solamente no ser identificado, al igual que los integrantes de su «fuerza de tareas», como denominó al grupo. Su objetivo es alertar a las autoridades sobre el riesgo de un conflicto en la región y mostrar que los hacendados de Pontal no están mintiendo cuando dicen estar preparados para repeler las ofensivas de los sin tierra.

El hacendado cuenta que ya sufrió cinco invasiones del MST, lo que le provocó perjuicios por los que nunca fue indemnizado. «Es mejor para todos que no lo intenten de nuevo», dijo.

El hacendado indicó el lugar de encuentro con uno de sus hombres, al costado de una ruta que atraviesa la región. Cuando el vehículo de este periodista frenó frente a un puesto de ingreso, un encapuchado salió de detrás de un arbusto. Tenía anteojos oscuros y llevaba un revólver. El indicó el camino, 3 kilómetros hacia adentro. Otros 14 hombres esperaban a la sombra de un árbol. Todos tenían sus cabezas cubiertas con capuchas y llevaban gorras y sombreros, camisas de manga larga, botas y armas en la cintura y en las manos.

El líder se presentó como «Zé». Dijo que parte del grupo es de la región y que los demás vinieron de otros lugares. Fueron contratados como personal de seguridad, pero también prestan servicios como peones y trabajan con el ganado. Ganan en promedio dos salarios mínimos por mes. Hacen patrullas a la noche, pero están alertas 24 horas por día.

Comienzan a mostrar las armas. Son 7 escopetas de calibre 12, 3 de caño corto de uso prohibido para civiles, una espingarda (escopeta de chispa larga) calibre 22 -«la bala camina dentro del cuerpo», explica el líder-, 2 carabinas 38, 2 carabinas 44, un fusil punto 30 «que acaba con un camión», un fusil 762 con mira telescópica -«alcanza a 3.800 metros de distancia»- y un AR-15, capaz de perforar el motor de un tractor. Y, además, revólveres para todos.

Luego vienen los disparos, durante 45 minutos, con las armas apuntadas hacia el horizonte. O ganado no se agita. Parece acostumbrado.

Los cartuchos vacíos son recogidos. Antes de despedirse, Zé va contando qué instrucciones tiene del hacendado:
«La orden es no dejar entrar. Si el tipo está en la ruta, en paz, todo bien. Si entra comiendo maíz asado, se va a llevar una bala».

«¿Y si viene con niños?», se pregunta. «No les tiramos a las mujeres ni a los niños, pero no permitiremos invasiones», dice. «¿De dónde vienen las armas?». «No me acuerdo, no estoy autorizado a hablar de eso. No sé si están prohibidas, usamos las que tenemos.» «¿Ya las usaron contra alguien?» «Aquí todavía no. Trabajamos acá desde hace más de un año y la mayoría de nosotros tenemos mujer e hijos que viven en la hacienda. Si se nos vienen encima, vamos a disparar.»

El coordinador regional del MST,
Valmir Sebastiao, al ser informado de esta milicia armada, no se sorprendió. «Ustedes vieron sólo una muestra, hay mucha más gente con armas más poderosas.»

El calcula que hay por lo menos 150 hombres armados bajo el mando de los hacendados de Pontal. «Son pistoleros traídos de Mato Grosso. Siempre lo denunciamos, pero parece que no se lo toma en serio», señaló.

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