Pyongyang - Decenas de misiles norcoreanos fueron desalojados en abril de sus hangares para ser exhibidos en la plaza de Kim Il Sung, en el centro de Pyongyang. El Ejército Rojo del autoproclamado Querido Líder Kim Jong Il celebraba su 70ª aniversario y los Scud, los músculos del régimen, desfilaron al son del himno a los revolucionarios inmortales. Sólo el mantenimiento de unas fuerzas armadas de 1,2 millón de soldados permite a la dictadura más hermética y déspota del mundo seguir en pie a pesar del aislamiento.
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Kim Jong Il ha realizado algunos sacrificios para pagar a sus hombres. Las ONG que han logrado entrar en el país denuncian que el heredero de «Kimlandia», donde el culto a la imagen del líder alcanza el surrealismo, reparte los alimentos de la ayuda internacional entre los soldados.
La política de la dictadura, conocida como «el ejército primero», ha llevado al país comunista a la ruina y ha costado la vida a miles de personas, pero ha evitado que el malestar llegue a los cuarteles y ponga en peligro al gobierno. En las calles de Pyongyang, los niños de 15 años aparentan ocho o nueve por falta de alimento. En el campo no es difícil ver a familias enteras recogiendo raíces y hierbas para paliar la hambruna. «Los tiempos de escasez han pasado y todo está bien ahora», dice un guía del gobierno repitiendo la versión oficial de que la emergencia alimenticia ha finalizado.
• Saludable
Los soldados siempre han presentado un aspecto saludable, incluso en los peores años de la crisis. Se los puede ver aparecer de la nada, formando en filas de dos, entre carteles que piden «que el Querido Líder viva otros 10.000 años».
El Ejército Popular norcoreano, el cuarto mayor del mundo, tiene la doble misión de defender sus fronteras y vigilar a una población desesperada por abandonar el paraíso marxista del último régimen stalinista en pie. El temido ministro de Defensa describía recientemente el país como «un fuerte inexpugnable»: nadie puede entrar, muy pocos consiguen salir.
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